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 Karol Nawrocki i Donald Tusk na tle Trybuna艂u Konstytucyjnego

 

 

 

 

Ren茅 Fuchslocher Raddatz

La noche del 30 de octubre, el edificio del Tribunal Constitucional polaco amaneci贸 bajo custodia policial. Su presidente, Bogdan 艢wi臋czkowski, qued贸 en la vereda. Adentro, una jueza cuyo juramento nunca recibi贸 el jefe del Estado se proclamaba conductora del 贸rgano. Karol Nawrocki tuvo que dar vuelta su avi贸n rumbo a Senegal.

La historia corta es esta. En marzo, la mayor铆a parlamentaria de Donald Tusk design贸 seis magistrados. El Presidente, que debe tomarles juramento, acept贸 a dos y objet贸 a los dem谩s. Los objetados juraron entonces ante el Sejm (la c谩mara baja del Parlamento), como si la forma constitucional fuera un tr谩mite prescindible. Meses despu茅s, Anna Korwin-Piotrowska se atribuy贸 la calidad de jueza m谩s antigua. Para eso comput贸 su carrera desde 1995 y no su permanencia en un tribunal que no la reconoce. Con esa credencial suspendi贸 al presidente y al vicepresidente, apoy谩ndose por analog铆a en normas que asignan esa potestad a otra autoridad.

Como abogado, me cuesta encontrar el fundamento. S铆 encuentro el m茅todo: primero se crea el hecho y despu茅s se busca la norma. El comisario europeo de Justicia se apresur贸 a respaldar al Gobierno de Varsovia. El embajador polaco en Rumania, en cambio, prefiri贸 renunciar antes que avalarlo.

La calle no acompa帽a el relato oficial. Consultados por IBRiS sobre la pugna, los polacos dan la raz贸n a Nawrocki por sobre Tusk (32 % contra 27,8 %), y la diferencia se ensancha entre los menores de 49 a帽os. Un tercio, harto de ambos, no se la da a nadie.

Ese desencanto juvenil tiene nombre propio: Konfederacja, en sus dos vertientes. La de Mentzen y Bosak, y la Corona de Grzegorz Braun y Roman Fritz, forman el bloque que la prensa polaca ya llama simplemente “las Konfederacje”. Juntas superan la quinta parte del electorado y dominan con holgura entre quienes tienen entre 18 y 29 a帽os. Hoy negocian con el entorno del Presidente una lista com煤n de la derecha. Polonia se suma as铆 a una corriente continental que no acepta que la moral familiar, la composici贸n demogr谩fica de la naci贸n o la participaci贸n en guerras ajenas se decidan en oficinas de Bruselas.

Para Hispanoam茅rica la lecci贸n no es menor. Los tribunales constitucionales son la 煤ltima trinchera institucional de una rep煤blica. Cuando se ocupan por la fuerza con jueces afines, lo que est谩 en juego ya no es una mayor铆a coyuntural sino las reglas mismas. Y quien aplaude hoy porque el ocupante le resulta simp谩tico, ma帽ana no tendr谩 con qu茅 reclamar cuando cambie el inquilino.

El veredicto llegar谩 en las urnas de 2027. Mientras tanto, Europa ofrece una paradoja digna de estudio: un Estado de Derecho que, para restaurarse, necesita cerrar con candado la puerta del tribunal.

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