Cuando la espiritualidad se convierte en instrumento del neoliberalismo.


Nicolas Maxime


Los estantes de las librerías, los medios de comunicación, las plataformas y las redes sociales nunca han estado tan llenos de promesas de desarrollo personal. Bienestar, mindfulness, coaching de vida son las nuevas palabras de moda.

La búsqueda espiritual, antes relacionada con la reflexión sobre la condición humana y la pertenencia religiosa, se reduce cada vez más a una simple mejora de uno mismo. El objetivo ya no es comprender el mundo o dar sentido a la existencia, sino funcionar de manera más eficiente en él. Así, cada práctica se convierte en una herramienta para aumentar el capital individual: la meditación, el yoga o el coaching buscan mejorar el rendimiento en todos los ámbitos de la vida. Cada uno está invitado a convertirse en el gestor de su propio equilibrio psíquico, como un empresario dirige su empresa.

La película “Gourou” de Yann Gozlan ofrece una ilustración especialmente oscura de esto a través del personaje interpretado por Pierre Niney. Aunque el largometraje explora la fragilidad mental del protagonista, que acaba perdiéndose en los rincones más extremos de la locura, demuestra que estos empresarios de la espiritualidad toman tanto del lenguaje espiritual como del de las start-ups. A medio camino entre coach, influencer y jefe de empresa, manipula a las masas en grandes conferencias donde utiliza la búsqueda de sentido de sus seguidores para transformarla en un producto de consumo.

El éxito de estos nuevos gurús también se explica por el vacío dejado por el debilitamiento de los marcos colectivos tradicionales. Cuando los sindicatos, los partidos, las asociaciones o las religiones pierden influencia, la promesa de una solución individual a las dificultades de la existencia resulta especialmente seductora.

Sobre todo, la gran mutación ideológica consiste en un desplazamiento de la propia noción de emancipación, donde se invita a cada uno a encontrar en sí mismo soluciones a problemas cuyas causas son sociales, económicas o políticas. Se observa con la popularidad de conceptos como la “ley de la atracción”, donde, según esta teoría, cada uno atraería a su vida los acontecimientos que corresponden a sus pensamientos o a su estado interior. El éxito sería consecuencia de un buen alineamiento mental, mientras que el fracaso revelaría bloqueos psicológicos.

Tal concepción conduce a una forma de culpabilización permanente, incluso cuando uno está agotado por el trabajo, tiene dificultades para pagar el alquiler o sufre precariedad. Las relaciones de dominación ligadas al capitalismo o las decisiones económicas de los gobiernos pasan así a un segundo plano. La responsabilidad recae en el individuo, a quien se supone que no ha creído lo suficiente en sí mismo, no ha trabajado en su actitud mental o no ha cultivado las “buenas intenciones”, según el pensamiento positivo, que se ha convertido en la nueva moral burguesa de nuestra época posmoderna.

Esto constituye una de las grandes victorias culturales del neoliberalismo: hacer pasar problemas colectivos por deficiencias personales, contribuyendo a neutralizar toda protesta al devolver la responsabilidad únicamente al individuo.

Pero esta lógica también se encuentra en ciertos movimientos religiosos pentecostales o carismáticos influenciados por la teología de la prosperidad. Aquí, el pastor-director general realiza predicaciones que mezclan discurso religioso y lógica empresarial. En esta visión del mundo adaptada al capitalismo neoliberal, el éxito material se convierte en la prueba de que uno ha recibido los favores de Dios. Es bastante sencillo de entender: cuanto más se testimonia la fe, más se supone que uno es bendecido y puede enriquecerse. Por el contrario, la pobreza se interpretaría como una debilidad espiritual o moral.

Así es como este fenómeno puede denominarse un neoliberalismo espiritual, que actúa como un lubricante psicológico del capitalismo. Porque, al manipular la cuestión del sentido para convertirla en un problema estrictamente individual de bienestar, contribuye a disimular el nihilismo contemporáneo y el colapso interior de Occidente.

La búsqueda del bienestar y la espiritualidad, evidentemente, no tiene nada de condenable, pero cuando se convierte en un sustituto de la acción colectiva y en instrumento del neoliberalismo, deja de ser un camino de emancipación para convertirse en un mecanismo de aceptación del orden social.


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