Alain de Benoist, el pensador de la otra Europa.
Pablo Anzaldi
Alain de Benoist es, probablemente, uno de los
intelectuales europeos más prolíficos del siglo XX y lo que va del XXI. Nacido
en 1943 en el seno de una familia pequeño burguesa en la República de Vichy, ha
escrito más de cien libros junto con centenares de artículos, entrevistas y conferencias, lo que determina las
virtuales imposibilidades para seguir el ritmo a semejante obra. Es también, arduo de catalogar dentro de las
categorías políticas convencionales. Y esa dificultad no es un desperfecto de
su pensamiento, sino, en buena medida, una de sus grandes aportaciones.
Fundador y principal referente intelectual de la Nouvelle Droite,
impulsor del GRECE y autor de una obra vastísima que atraviesa la filosofía, la
antropología, la historia, la geopolítica y la crítica cultural, De Benoist
construyó durante décadas una posición que puede llamarse continuadora de la
denominada Revolución Conservadora, con la terrible dificultad de que hay
contrafuertes rousseaunianos,
nominalistas, tradicionalistas, paganos y nacional-bolcheviques en su pensamiento.
Por ello es un pensador tan rico y tan incómodo: nadie que tenga una posición
asumida y una decisión política puede recostarse apaciblemente en su
pensamiento, porque siempre depara una sorpresa: de Benoist es una máquina de
pensar y escribir, un lector voraz, una especie de factoría viviente cuyo
denominador más fuerte es el rechazo al liberalismo, el respeto a la tradición,
la defensa de lo comunitario, su amor por Europa.
Su obra no puede vislumbrarse como una neta
continuación del nacionalismo francés maurrasiano, ni tampoco como una reedición intelectual del
fascismo. Sospecho que lo es en parte, pero sólo en la medida en que se
considere como una teoría en movimiento contra el liberalismo, contra la
ilustración y la ecualización embrutecedora de la modernidad y su despreciable
versión posmoderna. Sin ser reactivo, sino afirmativo, creativo, abierto,
claramente es también una reacción contra mayo del 68 y sus bagatelas. Nunca tuvo nada que ver con el conservadurismo
liberal, al que detesta y le dedica, a lo largo de su obra, intenso fuego
graneado. En La nueva derecha
(Planeta, 1982), Las ideas de la nueva
derecha. Una respuesta al colonialismo cultural(reunión de artículos con Guillaume
Faye, editorial Nuevo Arte, 1986, Más
allá de la derecha y de la izquierda( 1988), Contra el liberalismo( 2019), El
momento populista( 2020), Comunismo y nazismo: Reflexiones sobre el siglo XX(
2004), Los demonios del bien( EAS), y en numerosos ensayos y artículos, De
Benoist ataca, como un leit motiv, a las ideas liberales e igualitaristas, a
las que considera de raíz cristiana: de la igualdad ante Dios a la igualdad
ante la ley y de ésta a la igualdad natural como ecualización cada vez más
insípida y nihilista de un mundo
anómico. Se apoya, en sus primeros fundamentos, en la lectura de Julius Evola, en
su feroz sentido jerárquico y su sentido pagano de la tradición. De Benoist es
profundamente pagano, encuentra en la raíz indoeuropea el verdadero sentido de
Europa. Confieso que mi condición de católico, mi respeto al estado como
institución de instituciones, imperio de fueros a innúmeras gentes, también
interponen un reparo a esa visión que, en algunos casos, deviene en boutade y
folklore.
Pero Alain de Benoist fue abarcando temas y más
temas, hasta hacer de su obra un verdadero planeta en el que cabe internarse
con provecho. Mientras el GRECE se convertía
en algo así como una maquinaria al servicio de su difusión, con lo que
fue esfumando sus posibilidades políticas y acortando su vida útil, De benoist
fue irradiando influencia en Europa, Eurasia y América. Sin De Benoist, quizás
no existirían Dugin, José Javier Esparza, Marco Tarchi y tantos otros.
Con el correr de los años- siempre activo y
prolífico hasta la monumentalidad- su pensamiento fue cobrando menos
pretensiones- ¿quién regresaría seriamente al paganismo, más allá de
considerarlo un objeto de estudio?- y fue ganando en criterio político, envolviendo
lo razonable y conveniente dentro del horizonte de la crítica. Cada vez más, un
cierto viraje a la izquierda lo hizo incómodo en las posiciones de derecha, y más
aún en las conservadoras.
¿Hay acaso algo de periodismo culto y de ensayista
espectacular en el que lo brillante esfuma lo profundo? No estoy en condiciones
de juzgarlo: debería leer sus más de cien libros y sus miles de entrevistas y
artículos, y no hay vida que alcance. Puedo decir que su claridad expresiva acaso
remite a la tradición cartesiana francesa- de la que el liberal Raymond Aron
fue su último gran exponente-y como un defecto de mi propio gusto hay algo de
complejidad estilística que echo de menos.
En lo personal, tuve el gusto de tratarlo en tres
oportunidades. Sé que estuvo en la Argentina por primera vez en 1983, invitado
por un círculo de intelectuales derechistas vinculados al diario La Nueva Provincia, donde se le realizó una entrevista en profundidad. Y se
editó también el Manifiesto por una
Nueva Derecha. Es claro que se
trató, al menos en parte, de un malentendido. De Benoist reivindica la Revolución
Conservadora, pero no tiene nada que ver con los conservadores argentinos: al
contrario, su pensamiento se agita en la guerra civil revolucionaría. Hace unos diez años brindó una conferencia en
la Confederación General del Trabajo- su presencia pasó desapercibida- y
compartimos un almuerzo en la casa de un amigo en común - junto a una decena de
personas, en esas reuniones donde apenas se exponen ideas en retazos, lugares
comunes sobre el peronismo, y poco más. A solas, lo traté en una única
oportunidad en la casa de su esposa muy cerca de Versalles en el año 1999. Mi
francés era y es pobre, su castellano era y es inexistente: hablamos
aceptablemente en italiano, con mezclas extrañas en una lengua indescifrable.
Lo recuerdo como una persona alta y amable pero más bien introvertida y muy
seria. Evola, Marx, Nietzsche, Heidegger, Gehlen, Schmitt, Jünger, Dumezil,
Lorenz, Lenin, Europa, Borges, parecía dominarlo todo junto a una biblioteca
impresionante de decenas de miles de libros que se extendía como un caracol
hacia un subsuelo inmenso.
De Benoist comprendió que el liberalismo no era
solamente una ideología económica ni una forma política. Era, ante todo, una
determinada concepción del hombre: el individuo sin identidad abstraído de toda pertenencia, convertido
progresivamente en sujeto abstracto de derechos, consumidor, competidor y
finalmente objeto de una administración cada vez más totalitaria. Comprendió
también que el capitalismo no debía analizarse exclusivamente como sistema
económico sino como modo de ser en el mundo, porque su verdadera eficacia consistía en
transformar las relaciones sociales, las costumbres y los modos de concebir la
existencia humana, diseñando un tipo de hombre especialmente defectuoso y
pobre, sobre todo en sus virtualidades espirituales.
En ese sentido, su crítica resulta
extraordinariamente actual.
La sociedad de mercado tiende a convertirlo todo en
mercancía. La técnica transforma progresivamente al hombre en recurso
administrable. El individualismo rompe los vínculos históricos que daban
sentido a la existencia. Y el universalismo abstracto, cuando pierde toda
referencia a las comunidades históricas concretas, termina produciendo
paradójicamente una humanidad cada vez más homogénea y, al mismo tiempo, cada
vez más inmersa en una guerra civil arraigada en el espíritu.
De Benoist advirtió esto mucho antes de que la
crisis adquiriera las formas actuales.
Pero su importancia no termina allí. También pensó que la política moderna pelea en el terreno
de la cultura. En esto reside la importancia de su relación —por momentos
explícita, por momentos indirecta— con Gramsci. La batalla por la hegemonía
cultural precedía a la lucha por el poder político. La Nouvelle Droite trabajó
con ese gramscismo simplificado pero efectivo y lo utilizó desde otro campo
ideológico. Fue una intuición extraordinariamente poderosa.
La derecha tradicional pretendía conservar
instituciones que ya habían perdido su fundamento espiritual. De Benoist
comprendió que no bastaba con defender un orden antiguo: había que producir una
nueva armadura intelectual. Había que disputar la antropología, la historia, la
concepción de la cultura y hasta el significado mismo de la libertad.
Su crítica del liberalismo lo condujo hacia
posiciones que lo acercaron a las grandes luchas comunitarias, identitarias,
regionalistas, y multipolares contra el pensamiento
único norteamericano, su gran enemigo. Su crítica al atlantismo y al capitalismo
financiero lo aproximó incluso a ciertos sectores de la izquierda antiliberal
y, desde luego, al nacional-bolchevismo. De allí la dificultad de clasificarlo.
De Benoist podía dialogar con autores de la derecha
radical, con Nietzsche y Heidegger, con Schmitt y Evola, pero también con
Gramsci y Chantal Mouffe, con determinadas corrientes socialistas y con autores
provenientes de tradiciones completamente ajenas a la derecha política
convencional.
Toda crítica de la modernidad necesita responder
una pregunta que no puede eludirse: ¿desde
dónde se critica la modernidad?
Y es aquí donde aparece con toda su fuerza Julius
Evola y se debilita la proyección política arquitectónica del pensamiento de De
Benoist.
La influencia de Evola sobre buena parte de la Nouvelle
Droite resulta, en cierto sentido, comprensible. Evola poseía un atractivo
innegable: del dadaísmo al tradicionalismo pagano, su camino no podía ser más sugestivo
para una juventud que parecía condenada a moverse en las coordenadas de Sartre,
Simone de Beauvoir y Roger Garaudy, y luego en Foucault y Derridá. Autores que
les resultaban bastante insoportables a los fundadores de esta cosa nueva.
Pero precisamente allí reside, a mi juicio, su
límite.
Evola entendió la enfermedad, pero su medicina
pertenece a un mundo históricamente desaparecido.
Su solución es esencialmente restauradora. Su
horizonte es el de una aristocracia espiritual, una jerarquía tradicional y un
orden vertical que carece de una verdadera mediación histórica con las masas
concretas de las sociedades modernas. El problema no es que Evola sea demasiado
radical. El problema es que su radicalidad termina careciendo de sujeto
histórico y su inviabilidad política es tan absurda y evidente que conduciría a
una guerra devastadora: a veces puedo pensar que ni siquiera pasaría de una
redada policial y un par de noches en dos o tres calabozos.
Porque la
política es una actividad muy seria y realmente concreta para dejarla en manos de diletantes y
soñadores. Digamos que la modernidad no puede ser simplemente rechazada. Había
que atravesarla, dominar sus fuerzas, organizar al poder sobre la técnica, la economía y el Estado al
servicio de una concepción superior del hombre y de la comunidad. La
imposibilidad de volver atrás dejó a de Benoist bastante afuera de la política,
incluso de la derecha política francesa y europea. Acaso la considere demasiado
conservadora o su propio pensamiento, entre revolucionario y conservador,
nacional identitario y bolchevique, está constituido por polos en tensión donde
no se sabe bien donde empiezan lo uno y lo otro. Sin embargo, dígase lo que se
diga, sobre todo en estas palabras diminutas de un lector incompleto frente a una obra monumental- escrita por un
verdadero coloso del pensamiento- nada es más recomendable que su lectura.

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