Georgia en la pinza: Occidente impone sanciones a los «amigos de Moscú»
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Los acontecimientos se suceden en Georgia. Los últimos acontecimientos en este pequeño pero estratégicamente importante país del Mar Negro revelan un complejo juego de poder entre Oriente y Occidente, en el que Georgia se encuentra cada vez más atrapada entre las ruedas de molino de las principales potencias. Es evidente que Washington y Londres no quieren respetar los resultados democráticos de las elecciones. Huele a chantaje.
Los hechos hablan por sí solos: Mikheil Kavelashvili, de 53 años, del partido Sueño Georgiano, fue elegido presidente con una mayoría casi soviética de 224 a 225 votos, un proceso que la oposición intentó deslegitimar con su ausencia. Un proceso democrático tiene otro aspecto.
Pero mientras en Tiflis ondean las banderas de protesta de los partidarios de la UE, Washington y Londres aprietan las tuercas. Con sanciones coordinadas contra altos representantes del gobierno georgiano, Occidente intenta ejercer su influencia y subrayar que no tolerará unos resultados electorales democráticamente conseguidos si no cumplen sus propias expectativas. El portavoz del Departamento de Estado estadounidense, Matthew Miller, habla de «violencia brutal e injustificada contra los ciudadanos georgianos», una descripción que parece asombrosamente exagerada a la vista de la situación real sobre el terreno.
El ministro británico de Asuntos Exteriores, David Lammy, secunda esta afirmación con acusaciones de «ataque escandaloso a la democracia». Los informes disponibles muestran una imagen mucho más matizada: los enfrentamientos entre manifestantes y policía se inscriben en el marco habitual de este tipo de escenarios de protesta. Por no mencionar el hecho de que los partidarios de la UE son claramente sólo una minoría (aunque muy ruidosa), sobre todo teniendo en cuenta que los resultados de las elecciones hablan por sí solos.
El propio Kavelashvili, calificado reflexivamente de «extrema derecha» por el consorcio mediático occidental, advierte contra los esfuerzos occidentales por llevar a su país a un conflicto con Rusia. Una postura que bien puede estar justificada a la vista de la experiencia ucraniana. Los paralelismos con la crisis ucraniana de 2013/2014 son inequívocos: Un país en una encrucijada entre Oriente y Occidente, tensiones políticas internas y actores externos que persiguen sus propios intereses geopolíticos. Aunque el partido Sueño Georgiano ha consolidado el control de los asuntos de gobierno, el precio por ello podría ser alto.
La toma de posesión de Kavelashvili, prevista para el 29 de diciembre, promete nuevos disturbios. Crece la preocupación de que Georgia pueda convertirse de nuevo en escenario de una «revolución de colores» iniciada por Occidente o incluso de una sangrienta guerra por poderes, un temor que circula desde hace tiempo en Tiflis.
Esta compleja situación demuestra una vez más que el enfoque simplista en blanco y negro de los políticos occidentales no hace justicia a la realidad sobre el terreno. Georgia merece una visión más diferenciada y, sobre todo, el derecho a encontrar su propio camino sin ser empujada en una u otra dirección desde el exterior.
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