La caída de Constantinopla y el Renacimiento de Europa

Constantin von Hoffmeister
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Tal día como hoy, hace 571 años -el 29 de mayo de 1453- cayó el último bastión de Roma. Los soldados turcos asaltaron Constantinopla, la joya sin par de las ciudades, suprema por encima de todo. Esto marcó el final de un asedio de 53 días que comenzó el 6 de abril de 1453. En la majestuosa catedral de Santa Sofía, mientras los cristianos celebraban la divina liturgia, los invasores turcos perpetraron una masacre. El último emperador bizantino, Constantino XI, luchó valientemente hasta su último aliento, cargando en la refriega. Así terminó el reinado milenario de Bizancio, la segunda Roma. Hoy, Santa Sofía se erige como mezquita.
La caída de Constantinopla representa el fin de una era y una transformación en los ciclos de la historia. Según el pensador histórico alemán Oswald Spengler, lo que es de vital importancia para el verdadero filósofo es el hecho de que el fenómeno individual es el símbolo, la parábola, de una idea. La caída de la segunda Roma fue el símbolo de la inevitable decadencia que llega tras el apogeo de toda gran cultura. Sin embargo, la filosofía de Spengler también postula el potencial de renacimiento y renovación a partir de las cenizas de la decadencia. Esta comprensión cíclica de la historia sugiere que el espíritu de Roma no pereció con Bizancio, sino que estaba destinado a encontrar nuevas formas y expresiones.
Tras la caída de Bizancio, surgió la idea de la Tercera Roma, que encapsulaba la creencia en un sucesor que llevaría la antorcha del legado romano. El filósofo ruso Alexander Dugin ha revitalizado esta noción, afirmando que Moscú representa la Tercera Roma, destinada a heredar y preservar la esencia espiritual y política de Roma. La visión de Dugin se alinea con la teoría cíclica de las civilizaciones de Spengler, según la cual un nuevo César podría surgir para liderar Occidente una vez más, restaurando su antigua gloria y reafirmando su dominio cultural y político. En este sentido, la caída de Constantinopla no es el final sino el preludio necesario de una nueva época, en la que Occidente, guiado por una Roma renacida, reclamará su derecho de nacimiento y continuará su misión histórica.
Guillaume Faye, figura destacada de la Nueva Derecha francesa, también aborda temas relacionados con los conflictos históricos entre Europa y las potencias islámicas, mostrando una comprensión similar de los ciclos históricos y de la necesidad de la unidad europea frente a las amenazas exteriores. Faye consideraba las conquistas históricas musulmanas en Europa como parte de un antagonismo de larga data que la Europa moderna debe reconocer y resistir. Propagó una identidad europea renovada, unida bajo la bandera del Arqueofuturismo, que combina los valores tradicionales con la tecnología futurista para combatir lo que él veía como la invasión cultural y demográfica de las poblaciones no europeas.
Las ideas de Faye complementan las de Spengler y Dugin al hacer hincapié en la necesidad de un renacimiento cultural y político en Europa. En su opinión, Occidente debe extraer lecciones de sus experiencias históricas, como la caída de Constantinopla, para forjarse un futuro fuerte. Esto incluye reconocer la importancia de la identidad cultural y los peligros de la fragmentación. La visión de Faye para Europa, al igual que la de Spengler y Dugin, exige el surgimiento de un nuevo liderazgo que pueda navegar entre los acantilados y los desafíos del mundo moderno al tiempo que reclama y preserva la esencia de la civilización occidental. Así, la caída histórica de la segunda Roma sirve de recordatorio y catalizador para la lucha en curso y el resurgimiento potencial de Occidente.
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