La tecnología del mañana es real. Pero las empresas que impulsan avances de este tipo rara vez están destinadas a vivir eternamente

Joachim Van Wing
https://joachimvanwing.substack.com/p/de-paniek-van-1873?utm_id=97758_v0_s00_e0_tv2_a1dennhb4snrgl
Hubo un tiempo en que las bolsas y los mercados desempeñaban
un papel secundario. Lo que primaba era la economía real, que producía bienes
tangibles, máquinas, materias primas y servicios con los que construíamos
nuestro mundo. Las bolsas y los mercados de valores eran entonces poco más que
un medio para captar entre los inversores los fondos operativos con los que las
empresas se capitalizaban, financiaban inversiones rentables y crecían con
mayor rapidez.
Ese tiempo quedó muy atrás. Es el mundo al revés. Hoy, la
economía en su conjunto no está determinada por las empresas que producen los
bienes más esenciales, sino por la cotización bursátil de un puñado de
compañías con una capitalización desproporcionada.
El mercado de valores y las bolsas ya no son un mecanismo de
financiación, un indicador o un reflejo de nuestra actividad empresarial,
nuestra innovación o nuestra economía… La bolsa se ha convertido en el factor
determinante de la economía real. La economía financiera ya no tiene a la
economía real como base subyacente, sino como derivado. Lo que en otro tiempo
fue superestructura es ahora infraestructura.
Incluso cuando el refinado mundial de gasolina y diésel se
estanca, cuando millones de toneladas de grano permanecen bloqueadas más allá
del Bósforo o cuando la producción de aluminio disminuye drásticamente, ni
siquiera entonces se inmutan las bolsas. Las cotizaciones encadenan un récord
tras otro, como si ya no comiéramos pan, no tuviéramos automóviles y de repente
prefiriéramos el encanto rústico de las ventanas de madera.
Esa inversión y perversión explica la dinámica que subyace a
las exuberantes cotizaciones y valoraciones de esas pocas empresas. Hay que
admitirlo… esas compañías son más capaces de captar capital y obtener créditos
entre muy diversos perfiles de inversores.
La reciente carrera y fiebre del oro en el universo
reflexivo de la IA nos muestra hasta qué punto las cotizaciones y las
valoraciones bursátiles ya no son el resultado final de los flujos de caja o de
la rentabilidad, sino de la capacidad para financiar inversiones no rentables y
adquisiciones mediante capital barato, que no es más que una consecuencia de
esa sobrevaloración y que, a su vez, conduce a valoraciones aún más elevadas.
En el ámbito de la IA, esas elevadas valoraciones están
adquiriendo proporciones cada vez más espectaculares y formas cada vez más
especulativas. Una empresa con una enorme capitalización bursátil puede emitir
acciones y endeudarse a bajo coste para invertir cientos de miles de millones
en centros de datos, GPU y facturas de electricidad. Esas inversiones generan
posteriormente ingresos para otros hiperescaladores y fabricantes de chips. A
continuación, ese aumento de los ingresos respalda valoraciones cada vez más
elevadas y nuevas inversiones. Inversiones para las que, en estos momentos,
todavía no existe ningún modelo de generación de ingresos o beneficios.
Apenas existen dudas sobre el valor añadido y el potencial
de la IA y de los grandes modelos lingüísticos (LLM). Sin embargo, lo que
resulta cada vez más dudoso es la sostenibilidad de las monstruosas deudas que
acumulan los líderes del mercado y los hiperescaladores que hoy impulsan esta
aceleración del crecimiento.
La IA no es necesariamente una burbuja. Esta revolución
tecnológica puede ser real y, al mismo tiempo, las valoraciones financieras y
la asignación de capital a su alrededor pueden haberse vuelto irracionales.
Conexiones ferroviarias, electrificación e internet
Las empresas británicas que en 1846 habían contraído deudas
insostenibles para conectar a un ritmo récord cada ciudad y cada pueblo, hasta
los rincones más remotos, mediante líneas ferroviarias… Muchas de esas empresas
quebraron y nadie recuerda los nombres de aquellos visionarios hiperescaladores
del siglo XIX. Esas empresas se hundieron, pero los trenes siguen circulando.
Todas las empresas que, en torno al cambio de siglo,
construyeron las primeras centrales eléctricas, transformadores y redes de
distribución eléctrica de Norteamérica… también ellas se fueron a pique, junto
con los temerarios bancos que les concedieron los créditos necesarios para
satisfacer aquel afán de electrificación.
¿Quién recuerda aún a las pioneras Netscape, AltaVista o
Napster? Ninguna de ellas sobrevivió a la burbuja puntocom de 2001, o bien
desapareció sin gloria entre los pliegues de la historia.
Los trenes siguen circulando, utilizamos más electricidad
que nunca e internet tampoco ha resultado ser una moda pasajera. Y, dentro de
un plazo previsible, la IA también se incorporará a esta lista de tecnologías
innovadoras y revolucionarias que han incrementado notablemente nuestra
eficiencia y productividad.
El pánico de 1873
El parecido con 1873 es sorprendente. Del mismo modo que
durante el reciente período de la COVID los gobiernos inyectaron en la economía
volúmenes sin precedentes de crédito sin respaldo, el período anterior a 1873
también se caracterizó por una fuerte expansión monetaria. Durante la guerra de
Secesión estadounidense, Washington había emitido grandes cantidades de
greenbacks: unos 375 millones de dólares en papel moneda, dinero fiduciario que
ya no podía canjearse por oro o plata y que, por tanto, rompía con la ortodoxia
monetaria de la época.
También entonces el fraude, la ilegalidad y la erosión de
las normas se habían abierto camino hasta lo más profundo del Despacho Oval.
Mientras que hoy el presidente Trump es él mismo el eje y principal organizador
de las operaciones con información privilegiada, el fraude descarado, el
amiguismo y los conflictos de intereses, el presidente Ulysses S. Grant fue más
bien un espectador impotente, un instrumento ausente en manos ajenas que
observaba pasivamente y dejaba hacer. La Administración Grant es recordada
principalmente por sus escándalos financieros.
El parecido con la IA y los hiperescaladores es
sorprendente. Un caso de fraude emblemático fue el escándalo del Crédit
Mobilier de 1872, en el que la Union Pacific Railroad contrajo enormes deudas
para construir inmensas conexiones ferroviarias. El proyecto fue financiado por
personas con información privilegiada, y las acciones se distribuyeron entre
políticos influyentes que, a su vez, gozaron de apoyo federal y protección
política. Aunque las nuevas líneas ferroviarias generaban pérdidas,
contratistas afines lograron inflar artificialmente los costes de construcción,
mientras que los iniciados facturaban al mismo tiempo cantidades exorbitantes a
su propia compañía ferroviaria y los accionistas se repartían los beneficios
contables.
Fue Hyman Minsky quien señaló en 1986 que la fase final de
una gran burbuja crediticia suele ir acompañada, de manera llamativa, de un
aumento del fraude financiero. No porque el fraude provoque por sí solo la
crisis, sino porque un ascenso prolongado de las valoraciones bursátiles
recompensa la especulación, relaja los controles y genera incentivos cada vez
mayores para ocultar las pérdidas y los riesgos. Lo mismo vemos hoy en esta
carrera por la IA, en la que los hiperescaladores esconden tres billones de
dólares en contratos firmados para futuras inversiones en capacidad de cómputo
y centros de datos entre los pliegues de sus estados de pérdidas y ganancias,
lejos de la vista de los accionistas y los inversores.
A modo de conclusión
Justo antes del colapso de las puntocom, el valor del
S&P 500 había ascendido hasta el 165 % del PIB estadounidense. Tampoco
entonces estaba del todo claro cómo iban a ganar dinero algún día todas
aquellas nuevas pequeñas empresas con servicios en línea, streaming,
aplicaciones o programas informáticos que se asentarían sobre aquel nuevo
sustrato: internet. Y entonces… en la primavera de 2000, la burbuja estalló.
Desde entonces ha transcurrido un cuarto de siglo y volvemos a ver cómo se
forma una burbuja. Esta vez, el S&P 500 ha crecido hasta alcanzar el 230 %
del PIB estadounidense.
La lista es larga. La lista de autoridades destacadas que,
durante las últimas décadas, se han equivocado estrepitosamente al predecir la
siguiente caída bursátil, al anunciar el fracaso que sería el iPhone por no
tener teclado, o como Paul Krugman, que afirmó que internet era una moda
pasajera porque, al fin y al cabo, las personas no tenían nada que decirse unas
a otras… Lo mismo cabe decir de quien crea poder predecir el estallido de esta
burbuja de la IA.
¿Llegará esa corrección? ¿Estallará esa burbuja? Sí,
evidentemente. Algún día. Inevitablemente. Pero señalar el momento exacto y
anticipar su desencadenante preciso es, al igual que con todas las burbujas
anteriores, un ejercicio imposible.
Las conexiones ferroviarias, la electrificación, internet…
esas tecnologías no eran burbujas.Su financiación sí lo era. Una y otra y otra
vez.
Los adolescentes que se incorporen a la economía o al
mercado laboral en el año 2050 utilizarán la IA y los grandes modelos
lingüísticos en todas sus actividades, del mismo modo que hoy tomamos el tren,
recargamos nuestros vehículos eléctricos o llevamos un teléfono inteligente en
el bolsillo. Al mismo tiempo, es muy probable que, para entonces, ninguno de
esos adolescentes haya oído hablar jamás de empresas como Oracle, ChatGPT o
Anthropic.
Del mismo modo que Atari, Nokia, Xerox o Kodak lograron en
su día convertirse en líderes del mercado con un producto visionario, pero aún
inexistente, en un mercado que tampoco existía, muchos de los hiperescaladores
de IA actuales también están condenados a desaparecer mucho, mucho, mucho antes
de que esta tecnología disruptiva llegue algún día a formar parte integral de
nuestra vida cotidiana.
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