Ideas para la lucha contra el globalismo: el mito revolucionario de Sorel

Por Luca Leonello Rimbotti
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Una página de Sorel equivale a un acto político. Una
bocanada de aire puro, lejos del manto envenenado del pensamiento único. Solo
la revolución, llevada a cabo por el sindicato de clase, podía conducir a la
verdadera emancipación del pueblo. Se trataba de reconocer el fracaso de las
«ilusiones del progreso», la obsesión «progresista» del capitalismo occidental.
Las enormes masas de todo el mundo excluidas del circuito productivista y
consumista representan hoy exactamente el «proletariado» soreliano.
Si saliéramos en busca de una última arma que oponer al
desbordante sistema mundial de bolchevización capitalista, tendríamos que
dirigirnos, como en la antigüedad, hacia los dominios del mito. Una vez más,
para hacer frente a la propagación de las contaminaciones utópicas de los
ilustrados en el poder, solo cabría recurrir a una máquina productora de
símbolos e imágenes. Un método capaz de reactivar las adormecidas energías
intuitivas ligadas a lo primordial: he aquí la palabra arcaica del futuro, que
podría dar un primer giro a la rueda de la reacción. Porque tendría que
tratarse de una reacción grande y frenética. Una reacción revolucionaria que
pusiera fin a la caída de Europa en el precipicio y devolviera las mentes al
ámbito de lo humano, de lo simplemente humano.
Volvamos, pues, a abrir algunos cofres culturales
abandonados durante demasiado tiempo en los desvanes de nuestras ideologías. En
ellos encontraremos armas aún nuevas, bien pulidas y todavía en perfecto estado
de funcionamiento. Solo habría que añadir la voluntad de empuñarlas. Una página
de Sorel, por así decirlo, equivale hoy a un redescubrimiento arqueológico de
efectos explosivos. Equivale a un acto político. A una bocanada de aire puro.
Reavivar por un instante el pensamiento de Georges Sorel y contemplarlo como un
mundo de vida verdadera y vivida es como respirar libremente: lejos del manto
envenenado del pensamiento único y de la insensata uniformización, todavía hoy
es posible formular ideas a pleno pulmón, prefigurando escenarios distintos, de
ruptura y oposición frente al aplanamiento universal. Retomando precisamente un
modelo concebido en el pasado, pero que en ciertos aspectos sigue siendo
plenamente actual. Una de las diversas fórmulas sociales ideadas hace alrededor
de un siglo para acabar con el síndrome igualitario de los progresistas, que
lleva consigo desfiguración y degradación allá donde va. Aún existen fórmulas
capaces de movilizar. Su circulación todavía podría constituir el antídoto necesario
para la desintoxicación universal.
La liquidación del pensamiento mítico, llevada a cabo a
mediados del siglo XX, primero mediante la violencia destructiva y después
mediante el uso machacón de una propaganda aterrorizadora, debe llegar a su fin
precisamente en su apogeo. Cuando Sorel hablaba de la gloria y el honor del
proletario rebelde que no pacta con el poder burgués, sino que trabaja
únicamente para derribarlo, no hacía más que recordarnos a quienes vinimos
después que la historia solo puede terminar cuando también el hombre haya
llegado a su fin. Se trata aquí de rediseñar la ideología de la confrontación
mediante la toma de conciencia de que lo inevitable no existe. El dominio
mundial del pensamiento económico fundado en el estrangulamiento de la
identidad de los pueblos puede ser detenido, más rápidamente de lo que cabría
pensar, con tal de que se produzcan acontecimientos capaces de mostrar un
despertar de los pueblos. Lo que Sorel invocaba como el «proletario» que
emprende su lucha a muerte contra el poder burgués no es hoy sino el hombre
soberano y consciente de su identidad —el hombre puro y simple, el hombre
eterno— que se rebela contra esa bolchevización universal que es el
liberalismo. La democracia oligárquica y bancaria, con su capitalismo de
explotación global, que en tiempos de Sorel todavía constituía el objetivo de
la lucha de clases, es hoy el principal enemigo del pueblo, de todos los
pueblos y de todos los estratos sociales. Hoy existen dos clases, como en los
albores del socialismo, pero sus referentes han cambiado: por un lado, el
pueblo —pues todavía existe un «pueblo»—, la «burguesía universal» o el
«proletariado universal», que viene a ser lo mismo, generados por el progreso
capitalista; por otro, la casta cerrada de los poseedores del poder económico,
sorda y reaccionaria como nunca antes. Aquí no puede haber realmente pacto,
diálogo ni paz social: como en la ideología de Sorel, aquí solo puede haber
lucha, de la que pueda surgir el fortalecimiento de un contrapoder capaz de
activar el mito y la acción. Quien rechace la bolchevización liberal, ese magma
de abusos que acaba con los pueblos, debe apresurarse a tomar partido, como
solía hacerse hace cien años.
La visión de Sorel constituyó un marco del que pudieron
nutrirse revolucionarios pertenecientes a las más diversas corrientes europeas,
desde los tránsfugas del marxismo hasta los nacionalistas, desde los
sindicalistas hasta los socialistas heterodoxos. En ella cobraba vida el hombre
nuevo en contacto con la técnica, fruto de la unión del trabajo y la
solidaridad, al disciplinar los instintos vitales dentro de un programa
concreto y realista. La moralidad del trabajo frente a la inmoralidad del
consumo. El trabajador soreliano, el «productor», que puede ser cualquiera, sea
cual sea su actividad, combate al intelectual, que es la más vil pantalla del
poder, su lacayo, y a quienes mantienen al intelectual, es decir, al poder
económico hegemónico. Este productor —produzca lo que produzca: hechos, ideas o
cosas— busca ante todo el punto de ruptura. El conflicto, la oposición. Para
Sorel, la acción lo es todo. La suya es una concepción heroica de la vida, un
intervencionismo permanente.
En tiempos de Sorel —su libro más célebre, Reflexiones sobre
la violencia, data de 1908— todavía se podía hablar de proletariado para
designar a la clase de los trabajadores que se oponía a la clase burguesa. Y
aún se podía concebir que esta oposición no se basara en absoluto en el
diálogo, sino en el uso de la violencia. Esta era, y debía ser, creadora y
palingenésica, liberadora, de manera que anulara tanto la violencia social
abierta empleada por el poder capitalista para inmovilizar a las clases
subordinadas como la violencia más sutil de la opresión, ejercida mediante el
engaño de una paz social obtenida con la ficción táctica de concesiones
esporádicas. Sorel rechazaba la vía del reformismo, en la que capital y trabajo
parecen colaborar, aunque en realidad se mantiene intacto el dominio del
primero sobre el segundo. Solo la revolución, llevada a cabo por el sindicato
de clase, podía eliminar los juegos parlamentarios y los pactos democráticos
practicados por los partidos socialistas reformistas sin que jamás fuera
posible alcanzar la verdadera emancipación del pueblo. El sindicalismo revolucionario,
en el marco de la construcción mítica del nuevo hombre fáustico, protagonista
de la civilización del trabajo, debe gestionar la lucha entre las partes y
velar por que no se extinga, en exclusivo beneficio de los poderosos.
El eco de esta terminología, adormecida desde hace mucho
tiempo en las almas extraviadas de las poblaciones sometidas al capitalismo de
última generación, debería crear por sí mismo el clima de un nuevo despertar,
como si unas extremidades y unos mecanismos atrofiados por décadas de
inactividad volvieran a ponerse en movimiento.
Estos trabajadores que no conocen pactos, decía Sorel,
parecen guerreros antiguos; son los protagonistas de un nuevo mundo de símbolos
en acción, puesto que, como escribió, «hay que apelar a un conjunto de imágenes
capaces de evocar en bloque y por la sola intuición, antes de todo análisis
reflexivo, la masa de sentimientos que corresponden a las diversas
manifestaciones de la guerra emprendida por el socialismo contra la sociedad
moderna».
Ciertamente, se trata de palabras que parecen, y son,
completamente ajenas a nuestra época. Sin embargo, incluso al leer testimonios
e investigaciones recientes, se tiene la sensación de que no se trata de un
material definitivamente superado, sino de una chispa secreta y todavía viva
que languidece bajo las cenizas. Al fin y al cabo, el tipo de sociedad al que
nos enfrentamos es el mismo de antaño: por un lado, los poderosos del mundo;
por otro, los pueblos sometidos. El sentido de la confrontación es el mismo de
siempre.
El pensamiento de Sorel, que es un universo de
contradicciones y un bosque de símbolos, conserva todavía hoy un gran valor
ideal porque transmite la unión de una ética con el instinto de la fuerza:
ethos y kratos, dos energías encuadradas por el valor mítico y administradas
por la aristocracia del pueblo, sin las cuales la oposición social y política
se reduce al recitativo de una impotencia recluida.
Recientemente, al volver a poner de relieve la figura de
Sorel en el momento más oscuro de la historia social moderna, se tocó
acertadamente el punto sensible de la cuestión: la necesidad de producir, para
alcanzar una posición verdaderamente alternativa, «un alto grado de cultura
moral». Esta insistencia en la necesidad de una nueva gran política fundada en
la ética del intervencionismo está presente en el libro de Cristian Leone
titulado La via di Sorel al socialismo (La vía de Sorel hacia el socialismo,
Luni Editrice), un texto que pone de manifiesto, una vez más, la riqueza de los
recursos intelectuales de las generaciones de hace un siglo y, en contraste, la
miseria moral del mundo cultural e intelectual de la época actual, aniquilado
por décadas de devastación cerebral por parte del poder cosmopolita. Leone
explica, entre otras cosas, que el proyecto soreliano —que, despojado de las
referencias a la contingencia histórica, puede considerarse válido para
cualquier época— tenía su núcleo precisamente en un conjunto comunitario de
cultura política: El socialismo de
Sorel puede definirse como un socialismo ético y voluntarista en el que el
proletariado, elevado a un grado superior de moralidad —lo sublime—, rompe,
mediante el papel movilizador del mito, el esquema determinista y, encuadrado
por completo en el sindicato, derriba el Estado burgués. Es la moral, y no la
simple pertenencia a una determinada clase, la que representa la condición
decisiva para la incorporación del hombre a la comunidad y establece una nueva
cúspide de la jerarquía social.
Frente a la desfiguradora incultura que hoy domina en todos
los niveles, este llamamiento a la «cultura moral» de las minorías activistas
parece esencial. A través de este fenómeno de renacimiento ético deberá abrirse
paso el mito comunitario de la movilización. Poco importa que Sorel se
refiriera a las categorías fijas de su época —clase, proletariado, burguesía y
sindicato—, que hoy pueden parecernos obsoletas. En realidad, los pueblos y las
enormes masas mundiales excluidas del circuito productivista y consumista, que
pertenecen ya a una única clase, representan en conjunto exactamente el
«proletariado» soreliano. Frente a ellos se alza, hoy como entonces, la sólida
mole del poder globalista.
No serán los sindicatos ni los partidos, entretanto
liquidados por los comités político-empresariales, los que reabran la
contienda. Será necesario que surja un clima de exasperación tal que el cambio
solo pueda hacerse posible mediante la activación de energías emocionales.
Sorel fue en este punto mucho más expresivo que un Marx mudo y difunto, y su
palabra conserva intacto su valor fundamental, incluso en una época tan
distinta.
Lo que importa, en cualquier circunstancia, es la
disposición mental, la predisposición a la acción, el entusiasmo y la confianza
en un proyecto al que dar vida, algo vivo capaz de impulsar y movilizar. Como
vuelve a señalar Cristian Leone: Sorel ve en el
mito representado por la huelga general el único motor de la acción humana, un
conjunto unido no por ideas, sino por imágenes motrices capaces de evocar «en
bloque y por la sola intuición, antes de todo análisis reflexivo» todos los
sentimientos correspondientes a una acción proyectada. El mito no se define ni
se discute racionalmente, sino que «solo importa el mito en su conjunto».
Como todo el mundo sabe, Sorel desarrolló una concepción
propia del socialismo que, sin embargo, no permaneció en el terreno de la
abstracción, sino que tuvo repercusiones concretas en ámbitos diversos, y a
menudo muy distintos, de la realidad política y social de su tiempo. Su
pensamiento, revolucionario y conservador a la vez, ejerció una gran influencia
tanto en la derecha como en la izquierda, y animó tanto al socialismo como al
fascismo. Su vía sindical encontró eco allí donde se quería acabar con la
cerrazón de las antiguas camarillas y erigir un nuevo poder, expresión del
pueblo, pero dirigido por vanguardias militantes. Se trataba de reconocer el
fracaso moral y político de las «ilusiones del progreso», tal como Sorel
denunció en su momento: una obsesión «progresista» necesariamente vinculada al
parlamentarismo y al capitalismo occidentales. Y se trataba de emprender nuevos
caminos. En las energías ocultas de lo irracional popular descansan las
reservas de la acción opositora. En el mito político. Sorel lo comprendió muy
bien, y muchos lo repitieron en las décadas posteriores bajo todas las banderas
de la rebelión. Por citar un solo caso, pensemos en lo que escribió en 1978
Hans-Jürgen Syberberg, el célebre director y guionista, audaz sintetizador
expresionista de extremos como Richard Wagner y Fritz Lang: «Solo en el mito,
en este acto que expresa la voluntad humana de crear civilización, podemos
volver a ser, con la cabeza bien alta, dueños de nuestra historia».
Veremos si la sociedad contemporánea, amenazada de cerca por la disgregación y el sometimiento definitivo, será capaz primero de recordar, después de comprender y, por último, de forjar un sistema de valores antagónicos. Y veremos si los pueblos, cansados de sufrir el dominio de los destructores de la civilización, querrán construir realmente una nueva. Llegado ese momento, la lucha ya no será entre clases, sino entre visiones del mundo.
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