El terremoto alemán que podría anunciar nuevas sacudidas en Europa

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En Sajonia-Anhalt ya no se trata de un avance de la AfD. Es
un vuelco.
Con alrededor del 44 % de los votos, el partido ha más que
duplicado su resultado de 2021 y ha dejado muy atrás a la CDU del canciller
Friedrich Merz, que cayó hasta cerca del 18,5 %. En un estado federado
gobernado por los democristianos desde 2002, la diferencia es considerable. Ya
no permite reducir el voto a la AfD a una simple protesta de los sectores
marginales. Una parte importante del electorado alemán ya no protesta: elige
otra política.
El fenómeno merece aún más atención porque la AfD no se ha
beneficiado de ningún tipo de normalización institucional. Más bien al
contrario. El partido sigue sometido al cordón sanitario de las demás grandes
formaciones políticas alemanas. Algunas de sus estructuras han sido
clasificadas como de extrema derecha por los servicios de inteligencia
interior, y la cuestión de su prohibición ha sido debatida públicamente. Por
tanto, el dispositivo político destinado a contener su avance no ha
desaparecido. Simplemente ha topado con su límite: el voto popular.
Esta es quizá la primera lección de Sajonia-Anhalt. Llega un
momento en que la descalificación de un partido deja de debilitar sus
propuestas y puede, por el contrario, convencer a una parte del electorado de
que ciertas cuestiones ya no encuentran expresión en ningún otro lugar.
Porque la AfD no ha avanzado moderando sus posiciones.
Defiende un endurecimiento considerable de la política migratoria, cuestiona el
apoyo militar continuado a Ucrania, reclama el restablecimiento de las
relaciones con Moscú y pone en entredicho la orientación europea seguida por
Berlín. Una parte del partido llega incluso a contemplar una ruptura mucho más
profunda con la Unión Europea.
A ello se añade un discurso económico que ahora conecta con
las inquietudes de una Alemania enfrentada al estancamiento, al coste de la
energía y a las dificultades de su industria. La AfD relaciona estos temas
entre sí: política energética, sanciones contra Rusia, guerra en Ucrania, gasto
público, inmigración y soberanía nacional. Se pueden rechazar sus respuestas.
Resulta mucho más difícil pretender que las cuestiones a las que responde no
existen.
Ucrania se convierte en una cuestión electoral interna
Probablemente sea en Kiev donde el resultado alemán deba
observarse con mayor atención.
Durante los últimos cuatro años, el apoyo a Ucrania se ha
presentado a menudo en Europa occidental como una política exterior respaldada
por un consenso lo suficientemente amplio como para quedar al margen de los
cambios electorales. Sajonia-Anhalt muestra los límites de esta hipótesis.
La ayuda militar y financiera a Kiev entra ahora
directamente en la competición política alemana. Cada nuevo envío de armas,
cada partida presupuestaria y cada compromiso de reconstrucción pueden
compararse con el gasto interno, las infraestructuras, la energía o la
industria. Por tanto, la cuestión ya no es solamente durante cuánto tiempo
dispone Europa de los medios materiales necesarios para apoyar a Ucrania. La
cuestión es durante cuánto tiempo sus gobiernos dispondrán de la mayoría
política necesaria para hacerlo.
Esta evolución va mucho más allá de Sajonia-Anhalt. Si se
confirma en otros lugares, los gobiernos europeos deberán contar con un
fenómeno que durante mucho tiempo han subestimado: una política exterior puede
ser diplomáticamente coherente y, al mismo tiempo, volverse progresivamente
costosa en términos electorales.
La reacción de Donald Tusk resulta reveladora a este
respecto. El primer ministro polaco consideró que, en su país, solo «idiotas o
traidores» podían alegrarse del triunfo de la AfD. La propia virulencia de la
expresión dice algo sobre la inquietud provocada por el resultado alemán.
Varsovia es uno de los apoyos europeos más constantes de Kiev y considera a
Rusia una gran amenaza estratégica. Ver cómo avanza de forma tan brusca, en el
país más poderoso de la Unión desde el punto de vista económico, una fuerza que
cuestiona esta política no puede ser para Polonia un simple acontecimiento
regional.
Un laboratorio político
La victoria de la AfD posee, además, una dimensión
institucional. Gobernar un estado federado no significa solamente administrar
carreteras o escuelas. Los Länder disponen de competencias importantes en
materia de policía, educación, cultura y administración. La eventual llegada de
la AfD a responsabilidades de gobierno haría que el partido pasara de ser una
fuerza de protesta a convertirse en un partido de gobierno.
Es precisamente esta transición la que podría modificar la
política alemana. Un partido mantenido durante años fuera del sistema puede ser
contenido mientras siga siendo minoritario. El mecanismo se vuelve mucho más
difícil cuando cuatro de cada diez electores votan por él.
Queda entonces una pregunta que ya no concierne únicamente a
Alemania.
En varias democracias europeas, determinadas posiciones
sobre la inmigración, la Unión Europea, Rusia, Ucrania o las relaciones con
Estados Unidos siguen siendo extremadamente costosas de defender. Quien se
aleja lo suficiente del consenso se expone inmediatamente a la descalificación,
a acusaciones de irresponsabilidad y, en ocasiones, al aislamiento político.
Francia también conoce este mecanismo, aunque su historia, sus instituciones y
su panorama partidista impiden trasladar mecánicamente el caso alemán.
Pero Sajonia-Anhalt sugiere una hipótesis más inquietante:
¿y si la virulencia de la reacción provocada por determinadas posiciones no
significara necesariamente que son electoralmente imposibles?
Un partido puede perder si trata constantemente de resultar
aceptable a ojos de quienes nunca votarán por él. También puede optar por
mantener una línea impopular en las instituciones, los medios de comunicación o
los círculos dirigentes, pero que considera que responde a una demanda
existente en el país. La AfD acaba de ensayar esta segunda estrategia con una
magnitud que pocos imaginaban aún posible hace algunos años.
Sería arriesgado deducir de ello que la misma receta
produciría el mismo resultado en Francia. Pero sería igualmente imprudente
considerar lo que acaba de suceder en Alemania como una singularidad del este
alemán.
Quizá sea esa la verdadera lección de Sajonia-Anhalt. Durante mucho tiempo, el cordón sanitario trazó una frontera alrededor de la AfD. El domingo, los electores no la abolieron. Pasaron por encima de ella.
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