El destino cósmico de Rusia: El manifiesto energético de Bushuev y Klepach

Markku Siira
El cosmismo ruso es una corriente filosófica y cultural que
une ciencia, religión y tecnología bajo la creencia en el destino cósmico de la
humanidad. Es un movimiento de más de cien años, cuyas raíces se remontan al
siglo XIX. Entre sus primeros pensadores figuran el bibliotecario y futurista
Nikolái Fiódorov, el bioquímico Vladimir Vernadski y el pionero de los vuelos
espaciales Konstantín Tsiolkovski, quienes empezaron a concebir la posición de
la humanidad en el universo desde una perspectiva novedosa.
Fiódorov soñaba con resucitar a los muertos mediante la
ciencia. Vernadski adoptó y desarrolló el concepto de la noosfera, creado por
pensadores franceses: una capa de inteligencia y conciencia donde el ser humano
comienza a dirigir conscientemente el desarrollo de la biosfera. Tsiolkovski,
por su parte, creía que la humanidad se expandiría por el espacio. Estos
pensadores veían al ser humano como una parte orgánica del cosmos, cuya misión era
llevar la vida y la conciencia más allá del planeta. Este legado sigue siendo
una parte viva de la cultura intelectual y política rusa.
Una manifestación contemporánea del cosmismo se encuentra en
el artículo "Энерго-информационный космизм России" (Cosmismo
energético-informativo de Rusia, 2022), publicado en la revista Ekonomicheskie
Strategii (Экономические стратегии, "Estrategias económicas"). La
versión en inglés de este artículo, "Energy-information Cosmism of
Russia", fue publicada en 2023 en las actas de conferencia del American
Institute of Physics.
Sus autores, Vitali V. Bushuev y Andrei N. Klepach,
pertenecen ambos a la élite académica y estatal rusa. Bushuev es doctor en
ingeniería, ex viceministro de energía y participante en la elaboración de la
estrategia energética del país hasta 2030. También es conocido por fundar la
ciencia de síntesis llamada "ergodinámica" (ruso: эргодинамика), que
estudia la naturaleza, el ser humano y la sociedad.
Klepach es un economista de renombre, ex viceministro de
finanzas, jefe economista y director científico del banco estatal ruso de
desarrollo VEB.RF. Ambos comparten excelencia académica, influencia estratégica
estatal y un interés por el cosmismo y los temas esotéricos.
Sin embargo, los tecnócratas tienen también un marcado
componente esotérico. Sus teorías cosmistas, especialmente las ideas sobre el
origen de las razas humanas en distintos sistemas estelares, han generado
sorpresa y críticas en círculos académicos.
En agosto de 2026, Klepach fue destituido de su cargo como
jefe economista de VEB.RF. La razón no fueron sus opiniones esotéricas, sino su
declaración pesimista de que Rusia “no ganará la guerra de desgaste y perderá
la competencia tecnológica y económica no solo contra China y Estados Unidos,
sino también en ocasiones contra Ucrania”.
En el artículo, los autores parten de supuestos muy
diferentes. La idea central se resume en una frase de Pitágoras y del Libro del
Eclesiastés: “Lo que está arriba está también abajo; lo que ha sido, será”. Este
principio hermético constituye la base filosófica de toda la obra. Según los
autores, el planeta Tierra y el cosmos son compañeros fractales, similares en
sus propiedades. Siguen las mismas leyes, ciclos y principios de transformación
de la materia, la energía y la información.
En esta visión del mundo, el universo entero es una
totalidad fractal compuesta de superestructuras, ondas y resonancias. Esta idea
refleja directamente la filosofía del cosmismo. Según los autores, la
civilización se forma precisamente a partir de este ciclo: los recursos
naturales se convierten en energía, de la cual surge el producto cultural,
informativo y espiritual que permite la continuidad de todos los sistemas
vivos.
Los autores presentan una visión radical sobre el origen del
ser humano. La humanidad no es el resultado de mutaciones químicas aleatorias,
sino una forma lógica y necesaria mediante la cual la “vida inteligente
cosmoplanetaria” se organiza en la Tierra. La Tierra no es un objeto muerto,
sino un sujeto vivo, y la vida es una propiedad original y permanente del
cosmos, no una casualidad tardía. En este punto, los autores remiten
directamente a Tsiolkovski, quien afirmó: “Todos venimos del cosmos y, en el
futuro, la humanidad se transformará en energía radiante”, para regresar como
energía pura y conquistar nuevos espacios cósmicos.
Una de las partes más singulares del artículo es la
descripción del origen cósmico de las razas humanas. Los autores sostienen que
la Tierra fue habitada por llegados de diferentes sistemas estelares. La raza
amarilla en Lemuria (Asia) sería originaria de la constelación de Leo, la raza
negra en África de Sirio y la raza blanca de las zonas polares hiperbóreas
(Europa del Norte y Rusia) de la Osa Mayor. Esos llegados no vinieron en naves
espaciales físicas, sino como “ángeles holográficos similares al plasma” que
fecundaron la superficie terrestre y dieron origen a una “generación de arios
inteligentes”. Los autores subrayan que las diferentes razas todavía conservan
sus genes cósmicos, lo que explica sus diferencias persistentes.
Aquí los autores se alinean con la tradición esotérica rusa,
donde “arios” designa un pueblo ancestral mítico originario de Hiperbórea. El
término no proviene de la ideología nazi, sino que fue transmitido al cosmismo
ruso en el siglo XIX por la teosofía, en particular por la rusa Helena
Blavatsky y su Sociedad Teosófica. Posteriormente, la Alemania nazi tomó y
adaptó estas ideas para sus propias teorías raciales.
La visión de los autores sobre las razas y la “arianidad” es
políticamente incorrecta en la actualidad y, a pesar de su esoterismo, parece
basarse en las clasificaciones raciales de los siglos XIX y XX, que ya no son
aceptadas por la genética y la antropología moderna.
No presentan fundamentos científicos para sus afirmaciones,
sino que remiten a la literatura esotérica rusa, como su obra anterior
"Энергокосмизм России" (Cosmismo energético de Rusia, 2003) y el
libro de Aleksandr Tulupov "Род Севера. Русские гиперборейцы" (El
linaje del Norte. Los hiperbóreos rusos, 2013), que intenta demostrar que los
rusos descienden de los hiperbóreos. Los autores se basan en “conocimiento
antiguo” y su propia autoridad, en lugar de la investigación científica.
De este escenario cósmico, según los autores, se desprende
la historia de las migraciones humanas. Debido a cambios geoclimáticos, los
pueblos arios se desplazaron desde las regiones polares hacia el sur por tres
rutas. En occidente, la ruta a lo largo del meridiano cero a través de Europa
llevó al nacimiento de la civilización atlante. En oriente, la migración a lo
largo del río Lena se fusionó con los lemurianos y formó la civilización de los
“grandes mogoles”, que los autores advierten no confundir con los
conquistadores mongoles. La ruta central pasó por los Urales (las míticas
montañas Ripeus de la Antigüedad) hacia Asia Central y hasta la India, dejando
huellas arias aún visibles en la cultura india.
Los autores dividen las civilizaciones euroasiáticas en tres
grupos principales. La civilización atlántica del norte representa valores
individualistas, católicos y protestantes. La civilización ruso-euroasiática se
basa en el colectivismo, la sobornost (unidad espiritual) y el cristianismo
ortodoxo. La civilización asiática oriental se apoya en un modelo imperial
centralizado. Además, el mundo islámico forma su propio bloque con la sharía.
Los autores resaltan que las fronteras de la civilización
rusa están claramente definidas: el Dniéper al oeste (la situación en Ucrania
demuestra que al oeste hay otro mundo), la Muralla China al este y el Cáucaso
al sur. Señalan que los intentos de Rusia y la Unión Soviética por exportar su
modelo de civilización más allá de estas fronteras siempre han fracasado.
Según los autores, en todas las civilizaciones subsiste un
“culto al cielo”, recuerdo del planeta natal y del hogar de los antepasados. El
ser humano no debe verse como alguien que ha perdido su historia y su
identidad, ni como un robot sin alma en el mundo digital. En el ser humano, la
vida y la existencia no borran la memoria, y la razón y la inteligencia no
matan el alma.
Como rasgo distintivo de la civilización rusa, los autores
destacan que el culto al cielo se ha manifestado de manera concreta en la
actividad social y económica. Ven una continuidad desde la época zarista hasta
la Unión Soviética: aunque los lemas cambiaron, el modelo de administración
centralizada y la búsqueda de desarrollo armonioso siguieron siendo expresión
del mismo principio de unidad celestial y terrenal. La Unión Soviética dio al
cosmismo una dimensión práctica a través del programa espacial. A diferencia de
Occidente, donde el espacio se ve como objeto de colonización, para Rusia es
parte del “principio cosmoplanetario”.
Los autores esbozan ideas excepcionales sobre las que, a su
juicio, debería discutirse. Presentan una visión geopolítica en la que Rusia no
es un cruce entre oriente y occidente, sino un puente entre la Tierra y el
cosmos: una conexión psicofísica en el continuo
energía-materia-información-noosfera. Hablan de un “universo pulsante donde el
tiempo no avanza de forma lineal, sino que vibra”. Sostienen que “la aplicación
de los fenómenos de entrelazamiento cuántico observados a nivel cuántico en el
mundo macroscópico permitiría el desplazamiento en el tiempo y el espacio
mediante la información, no por el movimiento físico”. La visión de Tsiolkovski
de una humanidad convertida en “energía radiante” cuenta con su apoyo, igual
que la ritmodinámica, que “permitiría el movimiento sin fuerzas de reacción
ajustando la frecuencia propia de un cuerpo”.
Los autores abordan también la unidad de los procesos
electromagnéticos y la gravedad con los flujos sutiles de energía. Se refieren
a investigadores rusos controvertidos como Nikolai Aleksandrovich Kozyrev y
Vladimir P. Kaznatcheev, según los cuales el tiempo y la energía son
convertibles entre sí y las latitudes norte de Rusia forman una zona especial
de transparencia informativa. Mencionan al biofísico Aleksandr Tshizhevski,
quien sostiene que las tormentas cósmicas influyen en fenómenos terrestres.
Finalmente, esbozan la integración de procesos económicos, ecológicos, técnicos
y cognitivos en un conjunto ecosocial, así como la visión de un “hogar
planetario común”.
Los autores, que vuelan por las esferas cósmicas, regresan a
la tierra admitiendo que sus propuestas son “en parte especulativas”. Sin
embargo, subrayan que Rusia puede y debe cumplir su misión histórica:
convertirse en una civilización cosmoplanetaria centrada en la energía y la
información, y en un Estado líder en la exploración espacial.
¿Cómo encaja esta visión con la política actual? Rusia es un
país donde el análisis serio y realista – estrategias energéticas y económicas,
cálculos geopolíticos, planes ministeriales – convive con este tipo de
contenido abiertamente especulativo. El mismo Bushuev, que elaboró las
estrategias energéticas oficiales del país, escribe en otros lugares sobre el
origen hiperbóreo y los visitantes angélicos holográficos. El mismo Klepach,
que hizo pronósticos económicos a largo plazo para VEB.RF, publica también
textos neoespirituales sobre la influencia de la actividad solar en los ciclos
económicos y sociales.
Esta amplitud de pensamiento es característica de la cultura
intelectual rusa, donde la doctrina estatal pragmática y la especulación
metafísica pueden coexistir. Es tradicional en Rusia reflexionar sobre el
destino del país tanto desde perspectivas realistas como desde narrativas de
escala cósmica. El cosmismo vive allí, junto a la cultura oficial
ortodoxo-tecnocrática, como un legado espiritual especulativo. Bushuev y
Klepach representan ese fenómeno ruso singular en el que el rango académico y
la cosmovisión esotérica se encuentran.
Sin embargo, el límite es claro: se permite el pensamiento
excéntrico siempre que permanezca separado del proceso de toma de decisiones.
El despido de Klepach del banco de desarrollo en agosto de 2026, tras expresar
una evaluación pública y excepcionalmente pesimista sobre la economía rusa y la
guerra en curso, es un ejemplo concreto de dónde está ese límite. Se toleran
teorías imaginativas, pero no se permite cuestionar la línea de política
exterior y seguridad.
A pesar de las críticas y los contratiempos, Bushuev y Klepach representan un fenómeno que no desaparecerá. El cosmismo ruso no es solo una curiosidad filosófica del pasado, sino una forma de pensamiento viva que ofrece respuestas alternativas al origen y futuro de la humanidad. Su mezcla única de ciencia, política y espiritualidad seguirá formando parte del paisaje intelectual ruso, marcado por los cambios en el orden mundial y el auge de la tecnología de inteligencia artificial.
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