«Cuatro de cada cinco no piensan en ello»: la frase de Merz y el vuelco alemán

Gastel Etzwane
Interrogado el domingo 30 de agosto de 2026, durante su
entrevista de verano en la ARD, acerca de un dato que ya resulta difícil
ignorar —más de uno de cada cinco jóvenes alemanes se plantea concretamente
abandonar el país—, Friedrich Merz respondió: «Eso significa, pese a todo, que
cuatro de cada cinco no piensan en ello».
La frase se difundió por las redes sociales. Es
aritméticamente correcta. Pero, sobre todo, es reveladora.
Refleja menos una negación que una dificultad para comprender
la magnitud del vuelco que se está produciendo. Alemania ya no es solo un país
que atrae menos. Para una parte significativa de su juventud, se ha convertido
en un país que se plantean abandonar. Eso es lo novedoso.
Durante mucho tiempo, el modelo alemán se basó en una
promesa sencilla: una formación sólida, una potente industria exportadora, un
empleo relativamente estable y un Estado social previsible. Los jóvenes
titulados encontraban en él una razón para quedarse; parte del talento
extranjero, una razón para venir.
En 2026, los estudios dibujan un panorama sensiblemente
distinto. Según el informe Jugend in Deutschland 2026, el 21 % de los jóvenes
de entre 14 y 29 años declara tener planes concretos para marcharse al
extranjero, y el 41 % puede imaginarse abandonar Alemania a más largo plazo. Se
repiten las mismas preocupaciones: dificultades para acceder a una vivienda,
perspectivas profesionales inciertas, estancamiento económico, presión
financiera y la sensación de que el futuro ofrece menos posibilidades que
antes.
Por tanto, no se trata únicamente de «jóvenes enfadados».
Entre ellos también se encuentran precisamente aquellas personas que una
economía envejecida y enfrentada a la escasez de mano de obra cualificada
necesitará en los próximos años.
El paralelismo con Francia se impone casi por sí solo. Desde
hace años, en París se escucha el mismo estribillo: fuga de cerebros, jóvenes
directivos e ingenieros que miran hacia Canadá, Suiza o los países del Golfo,
mientras que el fenómeno se relativiza regularmente invocando a todos los que
permanecen. Alemania descubre ahora, a su vez, lo que Francia ha terminado por
asumir como un mal crónico: un país rico puede dejar progresivamente de
resultar atractivo para una parte de sus propios jóvenes cualificados sin
derrumbarse por ello de la noche a la mañana.
La respuesta de Merz es un síntoma.
Porque contar a los cuatro jóvenes que no piensan marcharse
permite, ciertamente, relativizar al quinto. Pero no responde a la pregunta
esencial: ¿por qué, en una de las principales potencias económicas del mundo,
uno de cada cinco jóvenes acaba preparando concretamente su futuro en otro
lugar?
Mientras se siga contando a quienes no se marchan en lugar
de preguntarse por quienes desean hacerlo, se seguirá contemplando la Alemania
de ayer. La Alemania de hoy empieza a parecerse a algo distinto: un país que
retiene a menos personas de lo que cree y que, en este aspecto concreto, ya no
tiene gran cosa que envidiarle a Francia.
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