Ya no hay rastro de lo ridículo. Ni siquiera cuando se ocupa un cargo institucional
Gabriele Adinolfi
Ya no hay rastro de lo ridículo. - NoReporter
Reflexionaba que, a estas alturas, ya no existen ni el pudor, ni el sentido del ridículo, ni siquiera el respeto por el cargo que se ocupa.
La serie de ejemplos es infinita, pero pretendo detenerme exclusivamente en los más clamorosos de los últimos quince días.
El embajador de Israel ante la ONU tuvo la desfachatez de acusar a España de mantener enclaves coloniales en Marruecos y de ocupar tierras que no le pertenecen.
¡Esto sale de la boca del portavoz de un Estado que recuperó tierras de hace dos mil años ocupándolas militarmente y expulsando o sometiendo a quienes las habitaban hasta ayer, y que, haciendo caso omiso de los reconocimientos internacionales, coloniza regiones que nadie reconoce como propias, como los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania, y mantiene bajo su control lo que oficialmente se denomina “Territorios Ocupados”!
El embajador ruso en Tokio, para responder a la indignación provocada allí por la visita de Putin a las islas Kuriles, explicó al ministro de Asuntos Exteriores japonés que estas forman parte integrante de la Federación Rusa.
Técnicamente tiene razón, solo que esta afirmación condena automáticamente la llamada “Operación Militar Especial” que los rusos llevan cuatro años y medio realizando. Porque el Donbás y Crimea forman parte integrante de Ucrania, cuya integridad territorial, por cierto, Rusia se había comprometido mediante tratado a defender, a cambio de que Kiev desmantelara su arsenal nuclear. En cambio, invadieron. Esas tierras eligieron por sí mismas en 1991 no ser rusas, mientras que las Kuriles fueron ocupadas en 1945, aprovechando los ataques atómicos contra Hiroshima y Nagasaki —por cierto, avalados por Stalin—, y sus habitantes no habían pedido quedar bajo el dominio de Moscú.
Luego están los estadounidenses, que por un lado apoyan a Marruecos para que conquiste Ceuta (conquiste, no “reconquiste”, porque es española desde varios siglos antes de que Marruecos existiera siquiera como tal), mientras que, por otro, critican a los europeos por ser demasiado abiertos a la inmigración.
Sobre eso incluso podríamos estar de acuerdo, pero ¿quién viene a darnos lecciones?
¿De antimperialismo? ¿Hacemos la cronología de Estados Unidos desde el principio?
¿O de inmigración? Son un pueblo de inmigrantes que exterminó a los pueblos nativos y que, a través de sucesivas oleadas migratorias, ha aumentado su población en sesenta millones de personas durante el último cuarto de siglo, es decir, en un equivalente a una cuarta parte de sus ciudadanos.
Estos son solamente los ejemplos más ridículos de las últimas dos semanas. Aunque estamos hablando de tres potencias —Israel, Rusia y Estados Unidos— que tienen mucho en común entre sí, ante todo su hostilidad hacia los europeos y sus acciones contra ellos, sería ingenuo pensar que esto es exclusivo de ellos.
A ello se suma la inmediatez irreflexiva de la web, que obliga a emitir mensajes instantáneos, y una formación general cada vez más superficial y aproximativa. Así, nos encontramos frente a una infodemia en la que nadie parece preocuparse de que su mala fe y su hipocresía estén, al menos, respaldadas por un sistema lógico y coherente.
Por eso todos ellos son auténticos bufones, pero, dentro de este mismo sistema de comunicación, casi nadie se da cuenta.
Es una señal de los tiempos.
Nos equivocaríamos si concluyéramos que todo se está yendo al desastre, porque todo tiene siempre efectos secundarios iguales y contrarios, y estos no se manifiestan únicamente en las noticias falsas, sino también en la posibilidad recuperada de hacer circular mensajes políticamente incorrectos.
Dicho esto, no puedo evitar sentir cierta compasión por los actuales portavoces de la política, por el nivel al que han caído: carentes, cuando no completamente desprovistos, de conocimiento, pudor y elegancia.
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