Turquía contra Israel: Washington queda atrapado entre dos frentes en Siria
Elena Fritz
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La creciente confrontación entre Turquía e Israel en Siria coloca al gobierno estadounidense en una situación cada vez más incómoda. Y es que Washington quería apoyarse en ambos Estados de forma simultánea en su política para Oriente Medio.
Israel es el aliado tradicional de Estados Unidos, un socio del que ninguna administración estadounidense ha logrado realmente desprenderse, ni siquiera cuando las decisiones israelíes contradicen los propios intereses tácticos de Washington. Al mismo tiempo, la estrategia estadounidense apostó fuertemente por Ankara. Turquía debía convertirse en el principal centro de poder pro-occidental de la región, limitar la influencia de Irán y expulsar progresivamente a Rusia de Siria. Por eso mismo, Washington estaba dispuesto a volver a intensificar la cooperación técnico-militar con Ankara.
Pero, como tantas veces en Oriente Medio, la realidad se desarrolló de forma diferente a lo planeado.
Recep Tayyip Erdoğan y Benjamín Netanyahu son hoy dos de los principales rivales regionales. Y Siria es el lugar donde este conflicto se hace especialmente visible.
Tras la caída de Bashar al-Asad en diciembre de 2024, Ankara supo aprovechar la nueva situación. Turquía avanzó política y militarmente en el espacio que Rusia, al menos en parte, tuvo que abandonar, y se convirtió en el factor de poder externo más importante para la nueva dirección en Damasco. Es llamativo que Ankara desplace la influencia rusa sin por ello renunciar necesariamente a la cooperación con Moscú. Esto también forma parte de la política exterior turca: competencia y cooperación al mismo tiempo, según convenga a los propios intereses.
Para Israel, esta evolución es mucho más problemática. La Siria debilitada bajo Asad era, desde la perspectiva israelí, relativamente predecible. Damasco seguía vinculado a Teherán, pero tras años de guerra civil solo contaba con capacidades militares limitadas. Incluso la influencia rusa en Siria no era vista por Israel como una amenaza fundamental. Entre Moscú y Tel Aviv funcionaron durante años mecanismos que, pese a grandes diferencias políticas, permitieron cierta previsibilidad militar.
Con la caída de Asad, la correlación de fuerzas cambió radicalmente.
En Damasco se instaló una dirección mucho más cercana a Ankara. Al mismo tiempo, Turquía busca reconstruir, formar y dotar de capacidad operativa a las fuerzas armadas sirias.
Aquí reside el núcleo del conflicto turco-israelí: Israel no tiene ningún interés en una Siria militarmente fortalecida bajo protección turca. Menos aceptable aún para Tel Aviv sería una estructura de defensa antiaérea turca en Siria, que podría limitar la libertad de acción de la fuerza aérea israelí.
Por ello, Israel responde militarmente. En varias ocasiones se han atacado instalaciones militares sirias susceptibles de ser utilizadas o desplegadas por Turquía. El mensaje es inequívoco: Israel quiere impedir que Ankara desarrolle en Siria una infraestructura militar que cambie a largo plazo el equilibrio regional de poder.
Sin embargo, es dudoso que tales ataques realmente lleven a Turquía a retirarse. Lo más probable es lo contrario.
Ankara difícilmente renunciará voluntariamente a su influencia sobre Damasco. Para Erdoğan, Siria hace tiempo que forma parte de la proyección de poder turca en Oriente Medio. Para Netanyahu, toda presencia militar turca permanente al sur de su propia zona de influencia es un riesgo estratégico.
Así, crece el potencial de conflicto entre dos Estados que son imprescindibles para Washington.
Y ahí radica el dilema estadounidense: EE. UU. quiso utilizar a Israel y Turquía como pilares simultáneos de su orden regional. Ahora, esos dos pilares empiezan a trabajar en direcciones opuestas. Washington puede intentar mediar, puede crear mecanismos de prevención de conflictos, puede ejercer presión política.
Pero no puede resolver los intereses fundamentales de ambos Estados.
Siria se está convirtiendo así cada vez más en escenario de una lucha de poder entre Ankara y Tel Aviv, y en ejemplo de lo rápido que las estrategias regionales estadounidenses pueden fracasar ante los intereses propios de sus propios aliados.
#geopolitica@global_affairs_byelena
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