Sanciones antirrusas: el fracaso que enriquece a China y debilita a Europa





Gastel Etzwane

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No gusta escucharlo en Bruselas, Berlín o París. Sin embargo, los hechos son tozudos. Cuatro años después del estallido de la guerra en Ucrania, las sanciones occidentales masivas contra Rusia no han alcanzado los objetivos para los que fueron diseñadas. No han provocado el colapso económico de Moscú, ni han suscitado una revuelta popular contra el Kremlin. Por el contrario, han acelerado el giro de Rusia hacia China y han asestado un golpe severo a la industria europea, especialmente la alemana.

El razonamiento inicial parecía sencillo. Aislar a Rusia de los mercados occidentales debía asfixiar su economía, agotar sus ingresos petroleros y gasísticos, privar a su ejército de tecnologías críticas y, en última instancia, empujar a la población rusa a volverse contra su gobierno. Sin embargo, el resultado es casi el contrario. El corresponsal del Berliner Zeitung, Thomas Fasbender, recién regresado de Moscú, lo constata sin rodeos: las sanciones son “totalmente ineficaces” con respecto a sus objetivos iniciales. Los cafés y restaurantes siguen llenos, los estantes de las tiendas aún ofrecen productos europeos y de lujo a precios asequibles, el rublo se mantiene y la inflación sigue bajo control. El descontento, cuando existe, se dirige menos contra el Kremlin que contra “las políticas occidentales”, ya impopulares entre amplios sectores de la población rusa. El efecto de cierre nacional en torno al poder se ha reforzado, no debilitado.

El gran beneficiado de esta reconfiguración es China. Antes del conflicto, sus exportaciones a Rusia rondaban los 60.000 millones de dólares. En 2025, alcanzaron los 103.000 millones de dólares según las aduanas chinas. Pekín ha suministrado a Moscú máquinas, vehículos, electrónica, bienes de consumo y componentes de doble uso que compensan en gran parte los cortes occidentales. Rusia, por su parte, ha redirigido masivamente su petróleo y gas hacia Asia. El “giro” económico ruso hacia el Este ya es un hecho. Lo que Europa ha perdido, China lo ha ganado.

La industria alemana, por su parte, ha pagado un precio muy alto. En el mismo periodo, las empresas alemanas —bajo presión política o por decisión propia— han abandonado unos 22.000 millones de dólares en negocios en el mercado ruso. Las exportaciones alemanas a Rusia, que superaban los 25.000 millones de euros antes de 2022, cayeron hasta unos 6.900 millones de euros en 2025 (unos 7.400 millones de dólares). Maquinaria, automóviles, química: sectores enteros han visto cerrarse sus mercados mientras los costes energéticos se disparaban. Alemania, la locomotora industrial de Europa, ha contribuido así a debilitar su propio modelo productivo en favor de un competidor estratégico.

Este balance no borra los costes reales que soporta Rusia: debe vender su petróleo a precios reducidos, sortear las prohibiciones mediante intermediarios y aceptar una dependencia creciente de Pekín. Pero estas fricciones no han bastado para detener el esfuerzo de guerra ni para cambiar el régimen. Sobre todo, han redistribuido los flujos comerciales mundiales en detrimento de Europa.

Para Francia y Europa, la lección es clara. Una política de sanciones que ignora las realidades geoeconómicas, la existencia de un vasto mercado alternativo asiático, la capacidad de reconfiguración de las cadenas de suministro y el nacionalismo de supervivencia de las sociedades bajo presión, acaba volviéndose contra sus propios iniciadores. Debilita las economías occidentales, refuerza el eje chino-ruso y deja al continente europeo más dependiente y frágil. Continuar sin una evaluación lúcida de los resultados es perseverar en el error.

 



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