Leer a Pericles y Aristófanes para reflexionar sobre la democracia
por Apostolos Apostolou
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En una época en la que el pensamiento se desliza sobre una fenomenología de la pérdida irremediable de significado y una intención expresiva duradera pero indecisa, ¿qué papel puede jugar la política? ¿Y de qué política podemos hablar hoy? ¿De una política de realización triunfal? ¿De una política evocadora, nostálgica, de la tradición moderna, que no es más que el otro rostro del aburrimiento? ¿De una política militante, empírica, que responde a los gritos con otro grito, a modo de llamada filosófica? ¿O quizá de una política en equilibrio entre la acción afirmada y su significado? ¿O tal vez de una política meditativa, que a su pesar se vuelve potentemente vacía?
Podemos decir que, del siglo VII al V a.C., el “sentido” del desarrollo de la cultura griega se fue precisando de modo cada vez más acorde con la inminente revolución antropocéntrica. Así nace, precisamente en ese periodo, la concepción ética moderna del Estado como expresión suprema de la sociabilidad de los valores. Así, el nuevo sentido de la política se verifica en el desarrollo de la “polis”. Es en la Atenas de Pericles donde se cumple la máxima objetivación del concepto ético de la “polis”, y por primera vez se discuten los principios de la democracia. En el epitafio de Tucídides leemos: “De nombre, en palabras era una democracia, de hecho el poder era del primer ciudadano, es decir, del príncipe.” Es decir, sólo había democracia de nombre. El epitafio de Tucídides es un texto crucial, un manifiesto de la democracia en la historia universal. En Las suplicantes de Eurípides, tragedia representada poco después del 424 a.C., se libra un debate dialéctico en pleno corazón de la obra a favor y en contra de la democracia. Eurípides, que no era muy apreciado por el público y tenía amigos en la política, ejercía una crítica hacia la democracia. Así, por ejemplo, los argumentos contrarios a la democracia —como la incompetencia del “ciudadano común” a quien no se le pueden confiar decisiones delicadas y cruciales, la inevitable deriva demagógica, etc.— los pone en boca de un personaje odioso. Pero el hecho es que estos argumentos quedan sin respuesta.
También Aristófanes pone en escena, en clave alegórica, un virulento ataque al campeón de la política ateniense de aquellos años, el demagogo Cleón. Cleón explota al pueblo en su propio beneficio. Esta clase política profesional se impuso sobre todo a partir del 403, tras la restauración democrática que siguió a los golpes de Estado oligárquicos a finales del siglo V. En cuanto a Aristófanes, no debemos olvidar que el gran comediógrafo era un hombre de buen sentido, muy apegado a las antiguas tradiciones. Fue el primero que habló de un modelo político profesional. Políticamente, Aristófanes era más bien un “populista” que un nostálgico del régimen aristocrático. Y, de hecho, en sus comedias exalta siempre el sentido común popular y la vida sencilla de los humildes.
Para dar una definición mínima de democracia, hay que ofrecer una definición puramente y simplemente procedimental: es decir, definir la democracia como un método para tomar decisiones colectivas. Tucídides, cuando habla de democracia, se refiere al pueblo, que siempre se enfrenta al poder político. (Το εναντιούμενον τω δυναστεύοντι δήμος ωνόμασται. Tyrannis enim semper infesti sumus quicquid autem tyrannis adversatur, populus nominatur. Lib,VI,89-91). Lo mismo dirá también Aristóteles. La democracia es el gobierno de los muchos pobres. (Ανειμένη δημοκρατία).
Pero la democracia no es sólo un conjunto de reglas que sirven para tomar decisiones colectivas; y no es sólo la afirmación de principios como igualdad, no violencia y libertades personales. Como la democracia no existe en la naturaleza y es fruto de una convención, sólo el respeto (según Tomás de Aquino) surgido de una convicción auténtica y compartida puede hacer que sea sentida como “natural” por quienes la viven y la disfrutan.
Aristóteles ve la democracia como un “modo de vida”. Al comienzo del Libro IV (Política) escribe: (κτῶνται καὶ φυλάττουσιν οὐ τὰς ἀρετὰς τοῖς ἐκτὸς ἀλλ᾽ ἐκεῖνα ταύταις, καὶ τὸ ζῆν εὐδαιμόνως, εἴτ᾽ ἐν τῷ χαίρειν ἐστὶν εἴτ᾽ ἐν ἀρετῇ τοῖς ἀνθρώποις, Política 1323b). Es decir, la democracia no es sólo una forma de gobierno, sino una obra de arte. La democracia es arte: una práctica orientada no a la búsqueda de la utilidad, sino a la búsqueda de la belleza, de la riqueza de sentido. La democracia es un mundo de ser individual y social que requiere compartir valores, solidaridad (de ahí las areté), interés en el intercambio de experiencias, compromiso para superar los egoísmos.
La democracia es la dignidad del ser humano en su capacidad de modelarse a sí mismo. El hombre, según la democracia, sólo tiene dignidad cuando puede elegir su modo de ser: sólo cuando puede ser sujeto de iniciativa y no simple instrumento. Es decir, las instituciones económicas, sociales, políticas y jurídicas aparecen hoy en una situación de desequilibrio respecto a la exigencia cada vez más generalizada del respeto a la dignidad humana. ¿Hoy somos ciudadanos o consumidores? ¿Hay diferencia o no? Ser consumidor significa ocuparse exclusivamente de la defensa de los propios intereses, permanecer anclado en el propio particularismo, como si fuera un lobby, mientras que ser ciudadano es intentar ir más allá del caso personal, prescindir de la propia condición para asociarse y compartir con los demás la gestión de la vida pública.
Todos somos habitantes tanto del supermercado como de la ciudad y nuestro ataque a la democracia es, sobre todo, un ataque a las ventajas desmedidas de la prosperidad. Hoy soy un ser sin cualidades, abierto a todo tipo de estímulos, una personalidad producida industrialmente. El consumo es consuelo, una tregua en la rivalidad, un bálsamo para las heridas que nos inflige el mundo. El constante reclutamiento desgasta los disfraces. La multiplicación de los cambios de detalle exacerba el deseo de cambio sin satisfacerlo nunca (y por polis entendemos, hablando en términos generales, un número suficiente de personas de este tipo para asegurar la independencia vital. Según Aristóteles, Política, III 1 1274b-1275b. Y según Heráclito, el hombre debe participar en la dinámica de las relaciones sociales: «καθ’ό,τι αν κοινωνήσωμεν αληθεύομεν,α δε αν ιδιάσωμεν, ψευδόμεθα»).
Al precipitar el cambio de ilusiones, el poder no puede escapar de la realidad del cambio radical. La multiplicación de los roles tiende no sólo a hacerlos equivalentes, sino también a fragmentarlos y volverlos insignificantes. La cuantificación de la subjetividad ha creado categorías espectaculares para los gestos más prosaicos o las disposiciones más comunes: una manera de sonreír, el tamaño del pecho, un corte de pelo, etc. Cada vez hay menos grandes papeles, mientras aumentan los papeles de figurante. Por eso el consumismo gana terreno. El individuo occidental es por naturaleza un ser herido que paga el loco orgullo de querer existir en la precariedad. El imperio del consumismo y de la distracción ha inscrito el derecho a retroceder en el registro general de los derechos humanos. Nuestras pasiones ya no son republicanas o nacionales, son comerciales o privadas. El idiota se convierte en héroe en la filosofía occidental. Sin sospecharlo, la Ilustración resbala hacia la extinción abierta de lo que existe como persona. Con interminables tomos de decenas de miles de páginas de una refinada elegancia estilística. Excavaciones laberínticas de argumentos para minar la nada: los conceptos imaginarios de la teología silogística. Con pólvora que no enciende: abstenciones de juicio por escepticismo, confusión por relativismo, impasse nihilista. La existencia suspendida en el aire, siempre sin sentido, la materia sin explicar, la mecánica del universo abandonada al azar trascendente. El sentimiento de humillación no es otra cosa que el sentimiento de ser objeto. Así entendido, funda una lucidez combativa donde la crítica a la organización de la vida no se separa de la puesta en acto inmediata de un proyecto de vida diferente. Si no hay construcción posible sino a partir de la desesperación individual y su superación, bastarían los esfuerzos realizados para camuflar esa desesperación y manipularla bajo otro envoltorio para probarlo.
Así hoy, como diría Jean Baudrillard, «Tienes un sentido y debes hacer buen uso de él. Tienes un inconsciente y eso debe hablar. Tienes un cuerpo y hay que disfrutarlo. Tienes una libido y debes gastarla.» Todo debe ser sacrificado a una generación de cosas de tipo operacional. Así, la comunicación, siempre según Baudrillard, no es hablar, sino hacer-hablar. La información no es saber, sino hacer-saber. El auxiliar “hacer” indica que se trata de una operación, no de una acción. En la publicidad y la propaganda, no se trata de creer, sino de hacer-creer. La participación no es una forma social activa o espontánea, siempre es inducida por una especie de maquinaria o maquinación, es un hacer-actuar, como la animación y otras cosas por el estilo. Hoy el querer mismo está mediado por modelos de la voluntad, un hacer-querer, como la persuasión o la disuasión. En otras palabras, el consumo ya no es un disfrute puro y simple de los bienes, es un hacer-disfrutar, una operación modelizada e indexada sobre la gama diferencial de objetos-signos. Y como ser uno mismo significa presentarse bajo una doble cara... El vacío ontológico, la nauseabunda inestabilidad, la incertidumbre por la oscilación en los instantes de lo efímero. ¿Cómo limitar, atemperar esta pueril fantasmagoría que proclama que todo es posible, todo está permitido?
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