El Ártico disputado entre la militarización occidental y el desarrollo chino-ruso





por Giulio Chinappi

https://www.cese-m.eu/2026/08/lartico-conteso-tra-la-militarizzazione-occidentale-e-lo-sviluppo-sino-russo/

Rutas, recursos, disuasión nuclear y derechos de los pueblos indígenas convierten al Gran Norte en un punto clave del orden mundial. Mientras Occidente acentúa su militarización y explotación empresarial, Rusia y China construyen un corredor euroasiático basado en soberanía, infraestructuras y cooperación.

El progresivo retroceso de los hielos está transformando el Ártico de una periferia extrema del sistema internacional en uno de los principales escenarios de la competencia geopolítica contemporánea. La región concentra de hecho cuatro dimensiones estratégicas difícilmente separables: la apertura de nuevas rutas marítimas, el acceso a inmensos recursos energéticos y minerales, la centralidad para la disuasión nuclear y la posibilidad de influir en la futura gobernanza de las comunicaciones entre Asia, Europa y América del Norte.

Por tanto, lo que está en juego no es solo el control de territorios remotos o de yacimientos hasta hace pocos años inaccesibles. El Ártico representa uno de los lugares donde se mide concretamente la crisis del orden marítimo construido por Estados Unidos y sus aliados después de la Segunda Guerra Mundial. La Ruta Marítima del Norte, desarrollada a lo largo de las costas rusas, puede conectar Asia Oriental y Europa a través de un trayecto considerablemente más corto respecto a las rutas que atraviesan los estrechos de Malaca y Suez. Además, reduce la dependencia de pasos obligados sobre los que las potencias anglosajonas conservan capacidad de vigilancia, presión y potencial de interdicción naval. Por estas razones, la Ruta de la Seda Polar y la convergencia estratégica entre Rusia y China pueden reconfigurar la logística y los flujos energéticos en beneficio de las potencias euroasiáticas, limitando la tradicional supremacía occidental sobre las grandes líneas de comunicación marítima.

Para China, la ruta ártica constituye principalmente una respuesta estructural al llamado “dilema de Malaca”. Una parte determinante de las importaciones energéticas y del comercio chino sigue transitando por estrechos que, en caso de grave crisis internacional, podrían ser controlados o bloqueados por las fuerzas navales estadounidenses y aliadas. Un corredor septentrional protegido por las capacidades rusas ofrece a Pekín una diversificación que no es solo comercial, sino también estratégica.

Para Rusia, la Ruta Marítima del Norte es al mismo tiempo una vía navegable nacional, un proyecto de desarrollo de las regiones septentrionales y una herramienta de proyección internacional. Moscú dispone de la geografía, las infraestructuras costeras, los recursos y, sobre todo, de la mayor flota de rompehielos del mundo, incluidas unidades de propulsión nuclear necesarias para garantizar la navegación en condiciones extremas. Terminales como Sabetta, las instalaciones de gas natural licuado de la península de Yamal, los puertos de Múrmansk y Arcángel y las redes de búsqueda y rescate están transformando progresivamente el litoral norte ruso en un sistema logístico integrado.

Esta lectura también se confirma con los datos numéricos. Según Rosatom, en 2024 el volumen total de mercancías transportadas a lo largo de la Ruta Marítima del Norte alcanzó el récord de casi 37,9 millones de toneladas. En 2025, las cargas hacia el este ascendieron a 8,3 millones de toneladas, con un aumento del 15 % respecto al año anterior. Se trata aún de volúmenes limitados en comparación con los grandes corredores marítimos del sur, pero suficientes para demostrar que el Ártico ya no es una simple hipótesis cartográfica.

Estos elementos evidencian además la complementariedad sino-rusa. Rusia ofrece acceso territorial, experiencia operativa, recursos energéticos y rompehielos; China aporta capitales, astilleros, capacidades tecnológicas, demanda comercial y una enorme base industrial. El resultado es la formación de un corredor euroasiático en el que la soberanía rusa sobre la ruta se combina con el interés chino por conexiones más seguras y diversificadas.

No por casualidad, el Libro Blanco chino sobre el Ártico de 2018 sitúa explícitamente la Ruta de la Seda Polar dentro de la Belt and Road Initiative. El documento afirma que la participación china debe basarse en el respeto, la cooperación, el beneficio mutuo y la sostenibilidad, reconociendo la soberanía y jurisdicción de los Estados árticos, el derecho internacional del mar y los intereses de las poblaciones locales. Pekín propone contribuir a la construcción de infraestructuras, la seguridad de la navegación, la investigación científica y el uso racional de los recursos, subordinando formalmente las actividades económicas a la protección del medioambiente y el respeto de las culturas indígenas.

Este planteamiento evidencia cómo Rusia y China tienden a considerar el desarrollo de la región ártica como parte de un proyecto de integración territorial y económica a largo plazo, en el que infraestructuras, asentamientos, producción energética y rutas comerciales deben coordinarse. Por el contrario, Estados Unidos y sus aliados interpretan cada vez más abiertamente la región como un espacio a incorporar al dispositivo militar de la OTAN y a abrir a los intereses de las grandes compañías energéticas, mineras y tecnológicas occidentales.

La estrategia ártica del Departamento de Defensa estadounidense de 2024 es indicativa de este planteamiento. El documento describe el Ártico como esencial para la defensa del territorio estadounidense, otorga centralidad a la competencia con Rusia y China y prevé el refuerzo de las capacidades de inteligencia, vigilancia, comunicación, movilidad militar y entrenamiento en las regiones septentrionales. El Pentágono ha indicado explícitamente el aumento de la presencia y operaciones militares como una de las herramientas para proteger los intereses estadounidenses.

Esta orientación se ha consolidado aún más con la entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN. Siete de los ocho Estados miembros del Consejo Ártico pertenecen ya a la Alianza Atlántica. En 2026, la OTAN ha creado nuevas fuerzas terrestres multinacionales en Finlandia y Suecia, realizado el ejercicio Cold Response 26 y lanzado la Task Force X-Arctic, destinada a aumentar el conocimiento operativo y la presencia de la Alianza en el Gran Norte. Así, el Ártico se está integrando progresivamente en el frente militar que se extiende desde Europa oriental hasta el mar de Barents y el Atlántico Norte.

Groenlandia constituye el ejemplo más evidente de esta concepción. La base estadounidense de Pituffik, anteriormente llamada Thule, desempeña una función fundamental en los sistemas de alerta de misiles, vigilancia espacial y defensa aeroespacial de Estados Unidos y del Mando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica. Como es sabido, y como han reiterado en numerosas ocasiones Donald Trump y otros miembros de su administración, Washington considera abiertamente la isla de “gran valor estratégico” para Estados Unidos y la OTAN.

La herencia de la presencia militar estadounidense demuestra, sin embargo, la distancia existente entre la retórica occidental sobre la protección ambiental y la realidad de sus políticas árticas. En Camp Century, una base construida bajo la capa de hielo de Groenlandia y abandonada en 1967, se dejaron residuos físicos, aguas contaminadas, combustible, bifenilos policlorados y materiales radiactivos. Estudios científicos han estimado la presencia de unos 200,000 litros de diésel y 24 millones de litros de aguas residuales. El deshielo amenaza a largo plazo con volver a poner en circulación esas sustancias.

En enero de 1968, además, un bombardero estadounidense B-52 en misión de alerta nuclear se estrelló cerca de la base de Thule mientras transportaba armas termonucleares, provocando la dispersión de material radiactivo. Estos episodios muestran cómo la militarización occidental ha dejado en el Gran Norte una herencia ambiental y política que sigue recayendo sobre la población groenlandesa.

En cuanto a un episodio más reciente, en 2023 la administración estadounidense de Joe Biden aprobó el proyecto petrolero Willow en la Reserva Nacional de Petróleo de Alaska. La decisión confirmó la primacía del desarrollo petrolero en una zona esencial para la fauna y las actividades de subsistencia de las comunidades nativas. En enero de 2025, la nueva administración estadounidense dirigida por Donald Trump ordenó acelerar la explotación de los recursos energéticos, mineros y forestales de Alaska, presentando la medida como una cuestión de seguridad nacional.

Rusia, por su parte, adopta un enfoque diferente, basado en el reconocimiento del Ártico como parte integrante de su territorio nacional y en la necesidad de mantener la población, las actividades económicas y los servicios públicos en las regiones septentrionales. La estrategia rusa hasta 2035 establece entre sus objetivos oficiales la mejora de la calidad de vida, la protección ambiental, el apoyo a las comunidades indígenas, el desarrollo económico y la defensa de la soberanía nacional.

El presupuesto federal para el periodo 2025-2027 ha previsto unos 405 millones de rublos anuales destinados al apoyo directo de los pequeños pueblos indígenas del Ártico ruso. Además, están en marcha programas para integrar las actividades tradicionales en la economía regional, apoyar la cría de renos, la pesca, la artesanía, las lenguas minoritarias y el acceso a herramientas tecnológicas y logísticas. Un nuevo concepto de desarrollo sostenible para los pueblos indígenas del Norte, Siberia y el Extremo Oriente ha sido preparado para el periodo hasta 2036.

La diferencia entre ambos enfoques se manifiesta finalmente en el terreno de la gobernanza. Tras 2022, la suspensión de las reuniones diplomáticas del Consejo Ártico ha demostrado la imposibilidad de administrar la región excluyendo a Rusia, que posee aproximadamente la mitad del litoral ártico. Desde 2024, los ocho estados han reanudado gradualmente las reuniones virtuales de los grupos de trabajo y en mayo de 2025 todas las delegaciones participaron en el traspaso de la presidencia de Noruega al Reino de Dinamarca. En 2026, sin embargo, las reuniones diplomáticas oficiales siguen suspendidas, mientras la cooperación científica y técnica continúa.

El futuro del Gran Norte dependerá, por tanto, de la elección entre dos trayectorias. La primera es la de un Ártico militarizado, dividido en bloques y sometido a la combinación de la presencia de la OTAN, los intereses de las multinacionales energéticas y la utilización selectiva del ambientalismo. La segunda es la de un corredor euroasiático construido mediante inversiones en infraestructuras, cooperación entre estados soberanos y la participación de las economías asiáticas en el desarrollo de la Ruta Marítima del Norte.

La cooperación sino-rusa no elimina automáticamente los riesgos ecológicos ni garantiza por sí sola los derechos de los pueblos indígenas. No obstante, ofrece una perspectiva alternativa frente a la pretensión occidental de controlar tanto las rutas tradicionales como las emergentes. La batalla por el Ártico trata, en última instancia, de quién podrá establecer las reglas del comercio, el acceso a recursos, la seguridad y el desarrollo en el nuevo orden multipolar. Por esta razón, el Gran Norte ya no representa el margen helado de la política mundial: se ha convertido en uno de sus centros decisivos.


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