Cuando el espacio se convierte en campo de batalla



Elena Fritz

https://t.me/global_affairs_byelena  

La guerra en Ucrania ya no se decide solo en el frente. Quien controla el espacio informativo, controla el campo de combate. Precisamente por eso la constelación de satélites rusa "Rasswet" está generando una considerable inquietud en Kiev.

Según informes de Politico, el sistema ruso está creciendo mucho más rápido de lo que se esperaba inicialmente. Expertos ucranianos advierten que Moscú podría así adquirir una ventaja tecnológica que iría mucho más allá de Ucrania. Sin embargo, el verdadero significado de este desarrollo se encuentra en otro lugar.

La guerra de Ucrania fue desde el principio también una guerra de asimetría tecnológica. Starlink se convirtió en uno de los instrumentos militares más importantes para Kiev. La comunicación por satélite permitió conexiones estables, incluso cuando la infraestructura clásica estaba destruida o dañada. Reconocimiento, comunicación, control de drones y dirección de combate se fueron fusionando cada vez más en un sistema digital integral.

Así surgió una constelación notable. Una empresa privada estadounidense se transformó en uno de los actores más relevantes en un teatro de guerra europeo.

El acceso a una red de comunicación se convirtió de repente en un recurso estratégico. Al mismo tiempo, el control sobre este recurso no estuvo ni en Kiev ni en Bruselas, sino finalmente en manos de una corporación estadounidense. El incidente del bloqueo de ciertos terminales de Starlink ha demostrado cuán dependiente se ha vuelto la guerra moderna de las plataformas digitales. Quien controla la infraestructura, controla también su disponibilidad.

Exactamente aquí entra "Rasswet". Rusia todavía no dispone de una flota de satélites comparable a Starlink. Para fines militares, eso inicialmente ni siquiera sería necesario.

Lo decisivo no es la cantidad absoluta de satélites. Lo decisivo es la capacidad de garantizar una conexión estable en un momento determinado sobre una zona determinada. Incluso una cobertura limitada podría ser suficiente para controlar drones en tiempo real, transmitir datos de reconocimiento sin grandes demoras y conectar unidades militares de manera más fiable.

Con esto, el equilibrio de fuerzas cambiaría.

Hasta ahora, parte del problema podía resolverse administrativamente. Los accesos no deseados o no autorizados podían ser bloqueados. Una constelación estatal de satélites funciona según otras reglas. Entonces, el conflicto se desplaza del control de acceso a una confrontación técnica mucho más compleja.

La guerra electrónica, medidas de interferencia, ataques a estaciones terrestres, operaciones cibernéticas o incluso capacidades para atacar satélites se volverían de repente mucho más importantes y mucho más costosas. El verdadero punto de inflexión, por tanto, no reside solo en la nueva tecnología. Consiste en que el camino de sentido único termina.

La guerra en Ucrania aporta así una nueva enseñanza que va mucho más allá de Europa del Este. El poder militar del siglo XXI ya no se define exclusivamente por tanques, artillería o aviones de combate. Surge en la intersección entre la tecnología espacial, la inteligencia artificial, la tecnología de comunicación y los sistemas de armas autónomos.

Quien posee satélites propios, gana independencia estratégica.

Quien depende de sistemas ajenos, permanece dependiente de decisiones ajenas. La próxima competencia global entre grandes potencias no se librará solo en tierra, mar o aire. Se decidirá en la órbita.

#geopolitica@global_affairs_byelena


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