¿A la guerra con los ojos abiertos? ¿Por qué Europa no se plantea estas preguntas?
Jeanne Delahaye
https://www.facebook.com/jeanne.delahaye.7
Desde el inicio de la guerra en Ucrania, la cobertura mediática en Europa ha estado dominada por el envío de armas, las sanciones y los desarrollos militares. Al mismo tiempo, parece que otro debate ha desaparecido casi por completo del espacio público:
¿Qué intereses a largo plazo persigue realmente Europa por sí misma?
Esta pregunta resulta aún más apremiante cuando se leen las declaraciones de destacados políticos y estrategas estadounidenses. Han sido divulgadas públicamente, publicadas en libros o explicadas ante comisiones parlamentarias. ¿Por qué se discuten tan raramente en Europa?
Ya en 1944, Charles de Gaulle se opuso a los planes estadounidenses de administrar Francia bajo una administración militar aliada (AMGOT). Para él, una alianza nunca debía significar renunciar a la propia libertad de acción política. Francia debía decidir su propio futuro.
Más de ochenta años después, vuelve a plantearse la pregunta de hasta qué punto Europa toma de manera autónoma sus decisiones estratégicas.
En 1997, el exasesor de seguridad del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzeziński, publicó su libro El Gran Tablero Mundial. Allí escribió:
“Eurasia es el tablero de ajedrez en el que sigue librándose la lucha por la supremacía global.”
Y añadió:
“Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático.”
En 2015, el geoestratega estadounidense George Friedman dijo en el Chicago Council on Global Affairs:
“El interés prioritario de los Estados Unidos, por el que hemos librado guerras durante un siglo –la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría–, eran las relaciones entre Alemania y Rusia. Porque unidas, son el único poder que puede amenazarnos. Nuestro principal objetivo era asegurarnos de que eso no ocurriera.”
El general retirado Keith Kellogg declaró en 2023:
“Si puedes derrotar a un adversario estratégico sin emplear tropas estadounidenses, eso es la cima del profesionalismo.”
Tras la destrucción de los gasoductos Nord Stream, el secretario de Estado Antony Blinken dijo:
“Esta es una enorme oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa.”
Y Mitch McConnell declaró sobre el apoyo estadounidense a Ucrania:
“La gran mayoría del dinero que hemos aprobado se gasta aquí, en Estados Unidos. Refuerza nuestra base industrial y garantiza empleos bien remunerados para los estadounidenses.”
Ninguna de estas declaraciones se hizo en secreto. Precisamente por eso surge una pregunta:
Si los principales políticos estadounidenses formulan sus intereses nacionales con tanta franqueza, ¿por qué Europa rara vez debate con la misma apertura sobre los suyos propios?
Europa enfrenta enormes desafíos: aumento del gasto en defensa, altos precios de la energía, presión competitiva económica y recursos públicos limitados. Por eso es aún más importante medir cada decisión política con una pregunta sencilla:
¿Sirve, en primer lugar, a los intereses de Europa?
Porque si dejamos de hacernos estas preguntas, corremos el riesgo de tomar decisiones cuyo precio, al final, será pagado sobre todo por Europa.
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