Yves Lacoste, el geógrafo que devolvió el mundo a la realidad

Giuseppe Gagliano
https://www.lafionda.org/2026/06/22/yves-lacoste-il-geografo-che-restitui-il-mondo-alla-realta/
Los mapas como instrumentos de poder
La muerte de Yves Lacoste, ocurrida en Bourg-la-Reine el 20
de junio de 2026 a los 96 años, cierra una etapa en la cultura estratégica
francesa. No desaparece solamente un geógrafo. Desaparece el hombre que obligó
a la Francia académica, diplomática y militar a mirar nuevamente los mapas, no como
objetos escolares, sino como instrumentos de poder. Lacoste devolvió a la
geografía su función original: explicar por qué los hombres luchan por los
territorios, por qué los Estados trazan fronteras, por qué los imperios buscan
puertos, estrechos, montañas, ríos, desiertos, recursos y rutas de
comunicación.
Durante décadas la palabra geopolítica quedó bajo sospecha,
contaminada por el recuerdo de la geopolítica alemana y el uso ideológico que
le dio el nazismo. Lacoste tuvo el valor de liberarla de esa prisión. No para
limpiarla artificialmente, sino para devolverle su significado más concreto: la
rivalidad de poder sobre un espacio. En este sentido, su obra fue una rebelión
contra la ilusión de un mundo gobernado solo por el derecho, los mercados y las
instituciones internacionales. El mundo, decía en esencia Lacoste, sigue
estando hecho de tierras, pueblos, fronteras, accesos, recursos y memorias.
El Mediterráneo como escuela de la realidad
Nacido en Fez en 1929, criado entre Marruecos, Argelia y
Francia, Lacoste aprendió pronto que el espacio nunca es neutral. Su padre,
geólogo, le ofreció el primer contacto con mapas, relieves, yacimientos, pistas
y desiertos. La geografía, en su infancia, nunca fue una materia abstracta. Fue
desde el principio el modo en que el poder buscaba recursos y organizaba
territorios.
La experiencia argelina fue decisiva. En 1952, primero en el
examen de agregación de geografía, eligió enseñar en Argel, en plena tensión
colonial. Allí vio la distancia entre el discurso oficial de Francia y la
realidad de la dominación. Vio barrios separados, poblaciones separadas,
derechos separados. Comprendió que la colonización no era solo un hecho
político o militar, sino una construcción espacial: quien ocupa, organiza;
quien organiza, domina; quien domina, dibuja mapas.
De esa matriz nacería su reflexión sobre el subdesarrollo.
En sus trabajos de los años cincuenta y sesenta, Lacoste intuyó que la pobreza
de los países del Sur no podía explicarse solo desde la economía. Dependía
también de la ubicación geográfica, del acceso a las rutas, de la
disponibilidad de recursos, de la dependencia respecto a las potencias
industriales, de la subordinación de las economías locales a centros de
decisión lejanos. Era ya una lectura geoeconómica del mundo, antes incluso de
que el término se volviera habitual.
La geografía sirve, ante todo, para hacer la guerra
En 1976 Lacoste publicó el libro que marcaría una época: La
geografía sirve, ante todo, para hacer la guerra. El título fue un escándalo
porque decía en voz alta lo que muchos preferían callar. Los Estados nunca han
encargado mapas por amor al conocimiento puro. Los han usado para conquistar,
administrar, gravar, vigilar, defender y atacar. Un mapa puede ser más
importante que un discurso parlamentario, porque muestra lo que el poder quiere
poseer o impedir que otros posean.
Esa frase hoy parece casi obvia. Pero en los setenta impactó
como una provocación. La geografía universitaria francesa se había refugiado en
una neutralidad tranquilizadora: paisajes, relieves, regiones, ríos,
agricultura. Lacoste devolvió el foco a la guerra, al poder, a la conquista, a
la representación del territorio. No era militarismo. Era realismo. Negar la
relación entre geografía y guerra significaba entregar ese saber a quienes lo
usaban de todas formas, pero sin control crítico.
La fundación de la revista Hérodote ese mismo año completó
su revolución. Lacoste creó un espacio intelectual en el que geógrafos,
historiadores, militares, diplomáticos, periodistas e investigadores podían
volver a reflexionar juntos sobre las relaciones de fuerza. Fue una ruptura con
la universidad cerrada sobre sí misma y con el comentario político desligado de
la realidad. La geopolítica volvía a ser método, no eslogan.
Nación, fronteras y soberanía
Uno de los mayores méritos de Lacoste fue haber defendido el
concepto de nación cuando casi todos lo consideraban superado. Al final de la
Guerra Fría, Europa soñaba con el fin de las fronteras, la globalización feliz,
la primacía de la economía sobre el territorio. Lacoste veía más lejos. Para
él, la nación no era un residuo folclórico, sino el marco en el que se forman
la solidaridad, las pertenencias, las obligaciones colectivas y la capacidad de
sacrificio.
Hoy su intuición parece evidente. La guerra en Ucrania, el
regreso de las lógicas imperiales, la competencia entre Estados Unidos y China,
la carrera por las materias primas, las tensiones en los estrechos marítimos,
la militarización del Ártico y de los fondos oceánicos demuestran que la
historia no ha borrado la geografía. Al contrario, la ha hecho aún más
decisiva. Las cadenas de producción mundiales no flotan en el vacío. Pasan por
puertos, canales, corredores ferroviarios, gasoductos, cables submarinos,
yacimientos y zonas industriales. Cada crisis geopolítica es también una crisis
geoeconómica.
Escenarios económicos y nuevo desorden mundial
El legado de Lacoste se vuelve central en una época en la
que la economía vuelve a ser territorial. La competencia por las tierras raras,
el control de las rutas energéticas, la seguridad alimentaria, el agua, los
corredores comerciales y los cables digitales demuestran que la globalización
no ha abolido el espacio: lo ha hecho más vulnerable. Un estrecho bloqueado, un
puerto bombardeado, un gasoducto saboteado, una frontera cerrada pueden
modificar precios, presupuestos públicos, estrategias industriales y relaciones
diplomáticas.
Lacoste ayuda a comprender que el mercado no flota por
encima de la política. Depende de ella. Sin control de las rutas, no hay
comercio seguro. Sin acceso a la energía, no hay industria. Sin dominio de los
nudos logísticos, no hay autonomía estratégica. La geoeconomía contemporánea es
la continuación de la geopolítica por otros medios.
Evaluación estratégica militar
Desde el punto de vista militar, la lección de Lacoste es
aún más clara. Toda guerra comienza con un mapa. Primero se estudian las
alturas, los ríos, las ciudades, los puentes, los caminos, las bases, las
líneas ferroviarias, los depósitos, las zonas industriales. Luego se decide
dónde atacar, dónde resistir, dónde avanzar. Ucrania lo demuestra cada día: el
frente no es una línea abstracta, sino un sistema de ciudades, ríos, colinas,
nudos logísticos y profundidades estratégicas.
Lo mismo ocurre en Oriente Medio, el mar Rojo, el golfo
Pérsico, el mar de China Meridional. Los estrechos no son detalles geográficos,
sino interruptores del comercio mundial. Las islas no son solo tierras
emergidas, sino plataformas de control. Los desiertos no son vacíos, sino
espacios de maniobra, tránsito y contrabando. Las fronteras no son líneas, sino
zonas de fricción.
El geógrafo del siglo que regresa
Lacoste no fue un profeta en sentido teatral. No le gustaban
las fórmulas fáciles. Amaba los mapas, el terreno, las contradicciones, las
rivalidades locales, las memorias largas. Pero precisamente por eso vio antes
que otros lo que hoy parece inevitable: el mundo no ha entrado en una paz
perpetua, ha vuelto a la competencia entre potencias.
Su definición de la geopolítica como confrontación de
razonamientos opuestos sobre rivalidades de poder territorial sigue siendo una
de las más sólidas del pensamiento contemporáneo. En ella está todo: el Estado,
la nación, la guerra, la economía, la memoria, la percepción del espacio, el
miedo al cerco, el deseo de acceso, la necesidad de seguridad.
Con Yves Lacoste se va uno de los últimos grandes realistas
franceses. Pero su lección permanece, quizás hoy más necesaria que en 1976. Los
mapas no bastan para explicarlo todo. Pero sin mapas no se comprende casi nada.
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