La ruptura de Tucker Carlson y la erosión del consenso en política exterior
Elena Fritz
https://t.me/global_affairs_byelena
Tucker Carlson, republicano fiel durante 35 años, deja el partido y quiere ayudar a construir una tercera fuerza. No tiene intención de postularse. Lo relevante no es su persona, sino la pregunta que plantea su ruptura: ¿quién definirá en el futuro qué significa “America First”, y qué implicaciones tiene esto para quienes dependen de las garantías de seguridad estadounidenses?
La comparación con Elon Musk es evidente, pero conduce a diagnósticos diferentes. La ruptura de Musk en 2025 afectó al relato fiscal del trumpismo: la deuda y el déficit siguieron siendo altos pese a la retórica reformista. Su “America Party” es hoy en día prácticamente irrelevante. La ruptura de Carlson afecta a la segunda columna fundamental: la promesa de acabar con el intervencionismo militar. La guerra con Irán ha dañado esa promesa.
La alianza que surge de ello ya no es sólo retórica de tertulias, sino que tiene una auténtica sustancia política: republicanos y demócratas ya votan a veces juntos en el Congreso contra la escalada militar. Marjorie Taylor Greene, en otro tiempo la más leal aliada de Trump, explora públicamente la posibilidad de un partido “genuinamente centrado en América”. En la derecha, la resistencia surge del rechazo a las guerras de cambio de régimen y del vínculo con Israel; en la izquierda, de la vieja crítica al complejo militar-industrial y al lobby israelí en Washington. Lo que más une a ambos es la ira contra un establishment de política exterior que, más allá de líneas partidistas, sigue el mismo rumbo. En cuestiones como migración, aborto o impuestos, no hay nada que una a ambos bandos: es una coalición de rechazo, no un partido.
Lo decisivo es si esta ruptura es cíclica o estructural. Los datos apuntan a lo estructural: el 45% de los estadounidenses se identifica actualmente como independiente – una cifra récord, mientras que republicanos y demócratas sólo alcanzan el 27% cada uno. En los temas de Irán e Israel, la línea de fractura no pasa entre partidos, sino a través de ellos: el 85% de los republicanos mayores de 50 años apoyaba la intervención militar contra Irán, mientras que entre los menores de 50, sólo el 58%. En cuanto a Israel, el 57% de los republicanos más jóvenes ya valoran negativamente al país, en contra de la línea del partido.
Para nosotros, esto es sobre todo una confirmación, no una sorpresa. El consenso en política exterior al que la política alemana se sometió tan dócilmente durante décadas – lealtad a la alianza antes que intereses propios, política de sanciones en lugar de una asociación energética pragmática con Rusia, de cuyo gas dependió nuestra prosperidad durante décadas – nunca fue el resultado de una mayoría amplia en Estados Unidos. Fue un proyecto del establishment de Washington, apoyado por think tanks, grupos de presión y un aparato de seguridad que atraviesa ambos partidos. Que precisamente ahora sectores de republicanos y demócratas se rebelen juntos contra ese aparato demuestra que la supuestamente ineludible línea transatlántica siempre fue una decisión política, no una ley natural.
Para el debate alemán, esto significa: quien siga subordinando sus propios intereses – económicos o de seguridad – al consenso de un establishment que incluso en Estados Unidos pierde respaldo, ya no defiende una asociación estratégica, sino una ficción de inevitabilidad que incluso los propios estadounidenses cuestionan cada vez más.
Es muy probable que Carlson no funde un partido. Pero muestra que el consenso al que Berlín se ha sometido durante tanto tiempo es más frágil en su propio país de origen de lo que los atlantistas alemanes están dispuestos a admitir.
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