JD Vance: “Estoy enojado por el ascenso de China… pero sobre todo estoy enojado de que el liderazgo estadounidense haya permitido que esto suceda.”

 

Gastel Etzwane

https://www.facebook.com/Son.Altesse.Emmanuel

Esta declaración del vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, revela una visión a la vez profundamente condescendiente y en gran medida desconectada de la realidad. Presentar el ascenso de China como un fenómeno que Estados Unidos simplemente “permitió” equivale a reducir a la segunda potencia mundial, heredera de una civilización milenaria, a un simple expediente estratégico mal gestionado en Washington. Esta interpretación refleja un verdadero desprecio: supone que 1.400 millones de personas solo podrían haber accedido al desarrollo gracias a la benevolencia, o a la falta de atención, de Estados Unidos.

Una postura tan arrogante como equivocada

En realidad, China no se desarrolló porque Washington le haya dado esa oportunidad. Durante décadas, el país enfrentó sanciones, políticas de contención, restricciones tecnológicas, barreras comerciales y una hostilidad creciente. A pesar de todos estos obstáculos, se ha convertido en la principal potencia industrial del mundo. Por tanto, no fue Estados Unidos quien permitió el auge de China; fue China la que se impuso a través de sus propias decisiones, gracias a una estrategia a largo plazo, inversiones colosales en infraestructuras, un esfuerzo considerable en materia de educación, una notable eficiencia logística y una voluntad política constante.

La idea de que el ascenso de China es producto de un error de la política estadounidense es errónea en todos los sentidos: moral, factual, económico, diplomático y político.

En el plano moral, equivale a sostener que habría sido preferible mantener a casi una quinta parte de la humanidad en la pobreza solo porque esa situación servía a los intereses de Estados Unidos. Una lógica de este tipo es absolutamente cínica y contradice frontalmente los valores cristianos a los que JD Vance suele referirse.

En el plano factual, niega a China toda capacidad de actuar por sí misma, como si una civilización milenaria hubiera necesitado el permiso de Washington para modernizarse. También olvida una evidencia: si el desarrollo de un país dependiera esencialmente de la política estadounidense, otros estados que recibieron inversiones comparables, como India o Indonesia, habrían recorrido una trayectoria similar. La realidad es muy diferente. Los dirigentes estadounidenses creyeron durante mucho tiempo que podían beneficiarse de una China a la vez barata y políticamente dócil. Simplemente fracasaron en impedir que emergiera como potencia rival. La idea de que podrían controlar de manera duradera el destino chino era una ilusión.

En el plano económico, las cifras son contundentes. La cuota de China en el PIB mundial pasó de alrededor del 2% en 1980 a cerca del 17% en la actualidad. Al mismo tiempo, la de Estados Unidos se ha mantenido notablemente estable, oscilando en torno al 26%. Por lo tanto, América no ha sufrido ningún derrumbe relativo: con apenas el 4% de la población mundial, sigue produciendo más de una cuarta parte de la riqueza del planeta. Presentarse, a pesar de ello, como víctima del auge chino es una completa inversión de la realidad.

En el plano diplomático, este discurso es profundamente contraproducente. Envía un mensaje claro a los países en desarrollo: su prosperidad constituye nuestro fracaso. Una postura así alimenta la desconfianza hacia Estados Unidos, debilita su influencia y complica el trabajo de sus empresas en los mercados extranjeros.

Finalmente, en el plano político, esta retórica cumple la función de una distracción. En lugar de afrontar las causas profundas de las dificultades estadounidenses —el agravamiento de las desigualdades, la concentración de la riqueza en manos de una élite o las debilidades persistentes del sistema de salud, las infraestructuras y el nivel de vida—, resulta más cómodo convertir a China en el chivo expiatorio. Pero este recurso tiene sus límites: tarde o temprano, los estadounidenses acabarán por constatar que señalar a Pekín como responsable no resuelve ninguno de sus problemas cotidianos.

En resumen, la declaración de JD Vance no solo es despreciativa. Al reducir el éxito chino a una simple consecuencia de errores estadounidenses, pasa por alto lo esencial. Se niega a ver una evidencia que ya es imposible de negar: China no se ha elevado gracias a Estados Unidos, ni siquiera únicamente por sus errores. Ha ascendido por sus propias decisiones, su capacidad de planificación y su eficacia en la ejecución, hasta el punto de hacer vanos en gran medida los intentos de frenar su ascenso. Es precisamente esta realidad la que supone un desmentido más severo a la retórica de dominación estadounidense que cualquier crítica externa podría formular.

 

Commentaires

Posts les plus consultés de ce blog

La Argentina más europea.

El halo humanitario

Winston Churchill y la élite en la sombra