Friedrich Merz, el siniestro canciller de una Alemania en declive

Gastel Etzwane

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El canciller alemán Friedrich Merz anunció, con ese rostro cerrado y siniestro, que parece inmóvil en una determinación fría y cansada, una medida impopular: fin de las bajas médicas por teléfono y obligación de presentar un certificado médico desde el primer día de ausencia. Sin sonrisa, sin calidez. Solo esa expresión fúnebre, que encaja perfectamente con la imagen de un dirigente enfrentado a la decadencia de su país.

Ya no es la Alemania triunfante de los años de Schröder o Merkel. Es la Alemania de la desgana, de las bajas médicas que se disparan, de las colas en las consultas médicas y de un clima social cada vez más pesado. Merz, con su mirada dura, aparece como el canciller de la decadencia, el que administra remedios amargos a un paciente que ya no se encuentra bien.

Las cifras están ahí: los alemanes acumulan, de media, entre 14 y 15 días de baja médica al año, a veces más según las fuentes (hasta 17–20 días en algunas aseguradoras). Merz ve en esto una “pereza” post-Covid y un “hándicap competitivo”. Pero la realidad es más sombría: detrás de estas ausencias hay un profundo desánimo. Crisis económica persistente, inflación, miedo al descenso social, tensiones migratorias… Alemania ya no es ese motor envidiado que funcionaba sin problemas.

Tras Francia, Alemania también se hunde, quizás más lentamente, pero de forma segura. Y Merz, con su rostro de enterrador político, parece encarnar este giro.

La reforma anunciada corre el riesgo de volverse en su contra. Porque en Alemania, los plazos para obtener una cita médica ya son problemáticos. Uno de cada cinco pacientes espera varias semanas para ver a un médico generalista. Para los especialistas, a menudo son varios meses. A esto se suma la creciente presión de la inmigración sobre el sistema sanitario: la oleada de 2015–2016 (más de un millón de personas, incluidos muchos sirios) y los flujos posteriores han sobrecargado aún más las colas, las urgencias y las consultas.

Exigir un certificado desde el primer día significa enviar a miles de personas más al médico por resfriados, dolores de espalda o gripes. El resultado previsible: aún más saturación, aún más demoras, y personas que irán a trabajar enfermas… o que luego acumularán bajas más largas.

La inmigración pesa, sí. No solo en los presupuestos sociales y la vivienda, sino directamente en la salud pública. El sistema alemán, antes eficiente, cruje bajo el peso combinado del envejecimiento de la población autóctona y la llegada masiva de personas que inicialmente consumen más atención médica.

Alemania ya no es ese modelo envidiado. Bajo crecimiento, industria en dificultades, ascenso de la AfD, integración migratoria incompleta, y ahora esta crispación social en torno a las bajas médicas. El ambiente es pesado. Todavía no es completamente irreversible, pero con cada constatación se percibe cómo el país se desliza.

Alemania está menos mal que nosotros, pero también está mal. Y eso es preocupante, porque era el motor de la Unión Europea. Cuando el motor tose y se hunde en la niebla del declive, toda Europa corre el riesgo de ser arrastrada al abismo, quizá menos rápido que con Francia a la cabeza, pero de manera inexorable.

Al ver cómo Alemania se oscurece cada vez más, uno se pregunta legítimamente: ¿por qué seguimos en esta Unión Europea donde el “país fuerte” de ayer se ha convertido en el eslabón débil de hoy?

El tiempo de las ilusiones ha terminado.


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