"Extranjeros en tierra extraña" – un ensayo de Mario Bosincu

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Mario Bosincu, germanista de la Universidad de Sassari, ya
había demostrado en trabajos anteriores ser un estudioso de alto nivel. La
lectura de su último esfuerzo confirma esta impresión. Nos referimos al volumen
Extranjeros en tierra extraña. Del Romanticismo a Nietzsche, disponible en las
librerías de la editorial Le Lettere. Se trata de un ensayo bien documentado,
construido sobre análisis filológicamente impecables, que, sin embargo—conviene
subrayarlo—no convierten el gesto escritural y reconstructivo del autor en un
mero ejercicio erudito. La escritura es viva, fluida y, en ciertos pasajes,
destaca el interés de Bosincu por las temáticas abordadas, sin que ello
menoscabe el carácter científico del ensayo. El libro, señala el germanista,
«pretende arrojar luz sobre algunas figuras ejemplares de la otredad,
aparecidas en el ámbito filosófico-literario entre finales del siglo XVIII y la
Segunda Guerra Mundial […] principalmente en la cultura alemana» (p. VII). Se
trata de un recorrido en el que, partiendo del Romanticismo, Bosincu realiza la
exégesis de la propuesta filosófico-existencial de Nietzsche para llegar,
finalmente, a la interpretación del escrito de Friedrich Georg Jünger, Apolo,
Pan, Dioniso, de 1943.
¿Quiénes son los pensadores interrogados por Bosincu?
Filósofos y escritores de la Kulturkritik, de los “antimodernos”. Esta
definición remite a un vasto conjunto de autores que vieron en la modernidad,
inaugurada por la Ilustración, un empobrecimiento de la vida. Estos
intelectuales desarrollan «una modalidad de reflexión que pone de relieve los
rasgos patológicos de la modernidad, […] mira al pasado premoderno […] y
perfila el ideal antitético del hombre total» (p. 3). Entre ellos, cabe
recordar en primer lugar a Schiller. Este percibe, en la época que le es
contemporánea, el debilitamiento de las facultades humanas en beneficio
exclusivo del intelecto analítico, científico e instrumental, puesto al
servicio del Gestell y de la búsqueda del beneficio económico. La época moderna
se vive como la era del retorno de los Titanes, centrada en la “potencia” de la
desmesura y olvidadiza de las cualidades propias de la persona, del individuo
persuadido y reconciliado con las potestades que animan el cosmos. Al mismo
tiempo, los “antimodernos” descubren, gracias al legado ilustrado, nuestra
historicidad, comprendiendo que el hombre disminuido, el hombre unidimensional
de la modernidad, es contingente y puede ser superado. No por casualidad,
Nietzsche observa que «“el poder ser diferente” […] forma parte de los
atributos de la “grandeza”» (p. 5).
Una modalidad de reflexión que hace aflorar los rasgos del hombre total
Esto lo habían demostrado precisamente los ilustrados, que,
con sus escritos, llevaron a cabo una “colonización de lo imaginario”
modernizante. Habría sido necesario realizar un contramovimiento dirigido a la
creación de una “subjetividad” otra, diferente, que encontrase sus propios
paradigmas, sus propios exempla, en el pasado medieval o en la visión del mundo
helénica. Ese hombre utópico, jamás “utopista”—los dos términos, para quien
escribe, no son conciliables—hubiese sido, según Spengler, portador de la
Kultur, en contraposición a la decadente Zivilisation. El Romanticismo y todos
los autores investigados por Bosincu son, para decirlo con Löwy y Sayre,
portadores de una visión anticapitalista y estetizante, transmisores de un
código existencial alternativo, como reconoció Sombart, a la identidad
burguesa. El hombre nuevo debía ser construido «mediante prácticas orientadas a
la interioridad como la experiencia de la naturaleza y la lectura, una
tecnología del yo» (p. 13), apta para poner en práctica una «resistencia
etopoiética a la modernidad» (p. 14). En este sentido actuó, entre otros,
Baudelaire, al referirse al dandi, individuo capaz de hacer de su propia existencia
una obra de arte, para diferenciarse de las masas y de los ídola introducidos
por la ratio calculadora. Un ejemplo distinto, pero no disímil, de esta
rebelión puede hallarse también en los escritos y en la vida de Thoreau, en su
regreso a la naturaleza salvaje.
Los antimodernos de genio son hombres solitarios,
extranjeros en tierra extraña que, en el aislamiento necesario para la práctica
filosófica, logran la metanoia, el “cambio de corazón”. Sus obras son una
“comunicación de existencia” que, como sostuvo Kierkegaard, no pretendían
dirigirse al lector de “Gazetas”, sino más bien “agarrarlo por el cuello”,
animadas por la urgencia de hacerle conquistar una mirada epistrófica y
absoluta sobre la vida. La literatura examinada por Bosincu es, por un lado,
sermo propheticus—la producción fichteana es ejemplar en este sentido—por otro
lado, sermo mysticus que, siguiendo la lección del Maestro Eckhart, persigue el
“vaciamiento” del individuo en un itinerario de conversión “iniciática”, que
llega al “despertar”, al tertium datur de la coincidentia oppositorum. Modelos
de este modo de escritura, refiere el autor, pueden hallarse en Marco Aurelio y
Petrarca. Los exempla son los transmitidos por Tácito, luego atestiguados por
los Héroes de Carlyle. Los antimodernos, por lo tanto, se configuran como
parresiastas, intelectuales que afirman la verdad en la era de su olvido, en la
época en la que, para decirlo con Badiou, se piensa desde el final: «¡El placer
de la destrucción (de lo moderno) es, a la vez, un placer creativo!» (p. 103).
Nietzsche, cuyo pensamiento se reconstruye detalladamente en cada fase, a
partir de Feuerbach, está convencido de que demoler «la idea de Dios […]
significa […] romper el hechizo que priva de valor al más acá» (p. 103), para
renovar la “fidelidad a la tierra”.
Bosincu ve en la physis helénica la única trascendencia. Solo en ella, como en Bruno, se da el principio, el origen
Lo que no compartimos de la docta hermenéutica de Bosincu es
su juicio sobre el contramovimiento de los autores investigados, que inscribe
en la misma lógica que, según Voegelin, sostendría las tesis neognósticas
puritanas e ilustradas. A nuestro juicio, los autores de Bosincu, al menos
aquellos que miran a la physis helénica como única trascendencia, lo hacen
convencidos de que solo en ella, como en Bruno, se da el principio, el origen:
por lo tanto, son ajenos a cualquier perspectiva dualista y gnóstica. Es al
dualismo cristiano al que, por el contrario, se puede imputar abrigar en sí
gérmenes gnósticos, clarísimos en la desvalorización de la naturaleza y del
mundo en beneficio de lo Perfecto, de Dios. Es central, para la comprensión de
esta tesis, el último capítulo del volumen, dedicado a la obra de Friedrich
Georg Jünger. El de Jünger es un paganismo del espíritu, centrado en la
“antítesis fraterna” de Apolo, Pan y Dioniso. Friedrich Georg muestra adherir a
una perspectiva mítica: considera que en cada ente, en la interioridad del
hombre y en sus actividades, actúa un dios. Lo divino es palpitante, se
experimenta, lejos de cualquier resultado “wotanista”.
Para sustraerse al dominio cosificante de lo moderno, el
hombre debe recuperar la dimensión imaginal: solo en ella es posible encontrar
el aliento de los dioses, la eterna metamorfosis anímica de la physis. A las mismas
conclusiones llegaron, en el Pensamiento Italiano del siglo XX, Evola, Emo,
Diano y Colli. Quien escribe se siente hoy extranjero en tierra extraña,
aunque, como los pensadores mencionados, deslumbrado por el thauma, el asombro
trágico de la vida.
𝗙𝗜𝗖𝗛𝗔 𝗗𝗘 𝗟𝗜𝗕𝗥𝗢
𝗧í𝘁𝘶𝗹𝗼: 𝘌𝘹𝘵𝘳𝘢𝘯𝘫𝘦𝘳𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘵𝘪𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢ñ𝘢. 𝘋𝘦𝘭 𝘙𝘰𝘮𝘢𝘯𝘵𝘪𝘤𝘪𝘴𝘮𝘰 𝘢 𝘕𝘪𝘦𝘵𝘻𝘴𝘤𝘩𝘦
𝗔𝘂𝘁𝗼𝗿: Mario
Bosincu
𝗘𝗱𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮𝗹:
Le Lettere
𝗣á𝗴𝗶𝗻𝗮𝘀:
377
𝗣𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼: 25,00 €
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