Alemania se rearma y Washington cobra

Elena Fritz

Mark Rutte tiene en Washington un argumento para la OTAN que le gusta repetir: los pedidos de armamento europeos y canadienses por valor de 300 mil millones de dólares aseguran casi 200.000 puestos de trabajo en Estados Unidos. Lo que él vende como una historia de éxito de la Alianza es, en realidad, una factura, y la única pregunta es quién la pagará al final.

Pagamos más. Asumimos más responsabilidad militar. Y, aun así, seguimos dependiendo de Estados Unidos para las capacidades decisivas. Esto no es un efecto secundario del nuevo reparto de cargas, es precisamente su objetivo real.

Alemania aporta una de las mayores partes de la ayuda a Ucrania, está formando una brigada entera en Lituania y asume responsabilidades de liderazgo en el flanco oriental de la OTAN. La tecnología clave necesaria para ello se compra en Estados Unidos: F-35, Patriot, Chinook. El argumento habitual es que actualmente no existe una alternativa europea con un grado de preparación similar. Eso es cierto, pero describe un problema, no una justificación. Precisamente por eso, cada decisión de compra que antepone la interoperabilidad a la soberanía marca el rumbo para los próximos treinta años. Con cada uno de estos sistemas, nos comprometemos durante décadas a comprar municiones, repuestos, software y mantenimiento: una dependencia técnica que apenas se podrá revertir.

Para Washington, esto es un modelo cómodo: Europa asume los costes y la carga convencional, mientras la industria armamentística estadounidense crece y la influencia estratégica de EE. UU. se mantiene. Se puede presentar, como hace Rutte, como una garantía de solidaridad reforzada: quien está vinculado económicamente será defendido con mayor probabilidad en caso de emergencia. Pero mirando los últimos años—aranceles, dudas públicas sobre el artículo 5, luchas por cada compromiso—queda claro que la interdependencia económica no reemplaza la fiabilidad política. Da influencia a la industria estadounidense, sin comprometer a Washington.

Para Alemania, el balance es muy distinto. Nosotros asumimos los costes, estamos situados geográficamente en la posible zona de conflicto, nos convertimos en el eje logístico del flanco oriental y apenas ganamos autonomía política o tecnológica.

Esa es la diferencia entre rearmarse y volverse soberano. Una política de seguridad digna de ese nombre preguntaría primero qué capacidades sirven a nuestros propios intereses y cuáles debemos construir nosotros mismos, en vez de comprarlas. Quien objete que no hay tiempo para ello confunde una excusa con un argumento: precisamente porque desarrollar capacidades lleva años, debió empezarse hace años; cada nuevo paquete de adquisiciones que no se plantee esa cuestión retrasa una década más la salida de la dependencia.

La política real es diferente: dinero alemán, soldados alemanes, riesgo alemán. Tecnología estadounidense, valor añadido estadounidense.

Rutte llama a esto mayor responsabilidad europea. Desde el punto de vista alemán, es sobre todo la continuación de nuestra dependencia, solo que a un precio mucho más alto.

#geopolitica@global_affairs_byelena


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