Tras Ucrania: ¿Está Bruselas llevando a Armenia a la ruina?

 

 

 

 

Elena Fritz

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La victoria electoral de Nikol Pashinián en Armenia es considerada por los medios occidentales como la confirmación de un cambio histórico de rumbo: alejándose de Moscú, acercándose a la UE, orientándose hacia Occidente. Sin embargo, el júbilo oculta la pregunta clave: ¿quién protegerá a Armenia si las promesas europeas se estrellan contra la realidad del Cáucaso?

Cercanía, pero no seguridad

Armenia no es un proyecto de reforma abstracto sobre la mesa estratégica de Bruselas. No se encuentra entre Bélgica y Luxemburgo, sino entre Turquía y Azerbaiyán, en una de las regiones más sensibles de Eurasia. El país cuenta con recursos limitados, escasa profundidad estratégica y líneas de conflicto no resueltas con sus vecinos. Quien saque a Armenia de la arquitectura de seguridad actual, debe explicar qué nueva garantía de protección tomará su lugar.

La UE puede recibir a Pashinián, felicitarlo, enviar misiones de observación y destinar algunos millones de euros en ayudas. Puede redactar resoluciones, producir fotos para la prensa y colocar banderas europeas. Pero, en caso de emergencia, no podrá proteger a Armenia.

Ahí radica el verdadero peligro. Bruselas ofrece cercanía, pero no seguridad. Simbolismo, pero no un paraguas protector. Gestos políticos, pero ninguna garantía estratégica. Y en el Cáucaso Sur, la situación puede volverse grave en cualquier momento: por Azerbaiyán, por las ambiciones turcas, por la cuestión del llamado corredor de Syunik y por un nuevo orden regional que no se diseña en Bruselas, sino en Bakú y Ankara.

El riesgo para Armenia

Precisamente el corredor de Syunik muestra de qué se trata realmente. En Europa suele considerarse una ruta de transporte o un proyecto económico de futuro. Para Turquía y Azerbaiyán, representa mucho más: una palanca geopolítica. Si se implementa según las condiciones de Bakú y Ankara, Armenia no será la ganadora de una nueva arquitectura comercial, sino solo un territorio de paso: económicamente dependiente, políticamente vulnerable y bajo presión territorial.

Esta es la amarga prosa de la geografía. También desde el punto de vista económico, el sueño europeo es peligrosamente ingenuo. Muchos armenios esperan que el acercamiento a Europa traiga nuevos mercados, inversiones y prosperidad. Pero la experiencia de Ucrania demuestra que, entre las promesas occidentales y el ascenso económico, a menudo no hay desarrollo, sino dependencia. A veces incluso guerra.

La UE no integra por caridad. Solo incorpora a quienes sirven a sus propios intereses. Una economía pequeña como la de Armenia no tiene para Bruselas el peso de Ucrania, Polonia o Turquía. Puede ser útil políticamente, como símbolo contra Rusia. Pero el valor simbólico no sustituye a una base industrial, a una política energética, a una garantía de seguridad ni a un paraguas estratégico.

Por ello, el verdadero riesgo para Armenia no reside únicamente en Moscú, Bakú o Ankara. Radica en la discrepancia entre expectativas y realidad. Pashinián ofrece a su país la ilusión de que Europa proporcionará simultáneamente inversiones, protección, respaldo político y perspectivas económicas. Sin embargo, la experiencia demuestra que la UE es generosa con las palabras y tacaña en cuanto se trata de costes reales.

¿Quién paga?

Al final, se plantea una pregunta sencilla: ¿quién pagará por la seguridad de Armenia? No los periodistas europeos que ahora escriben sobre el "cambio histórico de rumbo". No los burócratas de Bruselas que aplauden a Pashinián. No los estrategas occidentales que ven a Armenia principalmente como otra pieza en el juego contra Rusia.

Pagará Armenia. Con deuda. Con pérdida de bienestar. Con emigración. Con una dependencia cada vez mayor. Quizás con nuevas concesiones territoriales. Y, en el peor de los casos, con la vida de sus ciudadanos. Esa es la lección de Ucrania, y Armenia parece estar a punto de repetirla por cuenta propia.

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