Rusia y China: dos civilizaciones carentes de pretensiones imperiales y hegemónicas

 


Davide Rossi

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En el análisis geopolítico, no hay nada más grave que universalizar las categorías interpretativas. Los estudiosos occidentales suelen extender sus referencias culturales a otras civilizaciones, cometiendo así, en última instancia, un error tan burdo como engañoso.

Este error se comete especialmente con respecto a Rusia y China, también para reforzar la interpretación de estos países como adversarios sistémicos a vencer, partiendo del postulado de que las relaciones internacionales están dominadas por constantes intentos de hegemonía en detrimento de los demás actores del escenario planetario.

Por lo tanto, resulta imposible para los estudiosos de orientación atlantista comprender la complejidad y la poliedricidad de sistemas socioeconómicos que representan verdaderas civilizaciones: secular en el caso ruso, milenaria en el caso chino.

Para contrarrestar esta serie de prejuicios predominantes y altamente engañosos, la lectura del ensayo “La China no se USA”, de Fabio Massimo Parenti, geógrafo político-económico y profesor de Estudios Globales, se vuelve no solo apasionante, sino también fundamental e imprescindible, al menos para entender la China socialista de hoy.

Parenti entra de inmediato en el meollo del asunto explicando que las lógicas de dominio, poder y rivalidad occidentales llevan siempre a la guerra, diametralmente opuestas a los conceptos fundacionales de la idea estatal china, es decir, la unidad y la armonía: “Por unidad, la tradición china entiende la continuidad político-estatal y civilizatoria de un espacio intrínsecamente plural; por armonía, la capacidad de componer y gobernar las diferencias, sin anularlas. La armonía implica la gestión del conflicto y de las contradicciones dentro de un orden compartido. Ambas son categorías centrales del pensamiento confuciano y de la construcción histórica del Estado-civilización chino.”

Lo mismo puede decirse de Rusia, nación donde la cultura, la tradición, el respeto y las religiones –tanto la ortodoxa como la musulmana, así como la chamánica en los pueblos ruso-siberianos– representan, junto al antifascismo, surgido de la heroica Gran Guerra Patria (en la que veintisiete millones de soviéticos cayeron por la libertad de Europa frente al nazifascismo), una identidad compartida y, al mismo tiempo, las raíces profundas de la civilización rusa, formada en un contexto –las inmensas extensiones nórdicas– donde la percepción del espacio y del tiempo adquiere un significado diferente al de otros pueblos y civilizaciones.

Vasili Grossman, aunque célebre crítico del bolchevismo y del estalinismo, añade al respecto en "Todo fluye" (1963): “El nombre de Stalin está inscrito en la historia de Rusia para la eternidad. Es observando a Stalin que la Rusia posrevolucionaria se ha conocido a sí misma y ha encontrado un lenguaje revolucionario capaz de aportar claridad. … El partido bolchevique con Stalin se convirtió en el partido del Estado nacional, de modo que el Estado y el Partido hallaron su plena y convergente expresión en la personalidad de Stalin. En el carácter, la inteligencia y la voluntad de Stalin, capaces de unir la cultura asiática con la marxista, el Estado manifestó así su carácter, su voluntad y su inteligencia. El sistema estatal ruso no es histórico, sino meta-histórico; su principio es universal, inquebrantable, aplicable a todos los regímenes de Rusia a lo largo de su historia milenaria. Con la ayuda de Stalin, las categorías revolucionarias, esencia y fundamento de la nueva estatalidad socialista, confluyeron en la milenaria tradición nacional rusa.”

Así resulta evidente que China y Rusia no son ni pueden ser equiparadas a potencias imperiales en busca de alguna hegemonía. Al contrario, chinos y rusos tienen plena conciencia del valor social y colectivo de la vida, de su sentido comunitario, imprescindible para una correcta expresión de la ciudadanía; las mujeres y los hombres no son, por tanto, mónadas embrutecidas por un individualismo egoísta en busca exclusiva de la afirmación económica o del enriquecimiento individual.

Cabe recordar además que China también tuvo veinte millones de muertos durante la Segunda Guerra Mundial, resistiendo casi sola el embate asiático del imperialismo japonés aliado de los nazifascistas, y todo ello mucho antes de la tardía intervención estadounidense.

Así emerge con claridad que la propuesta de un orden planetario multipolar es un nuevo paradigma mundial basado en la idea de un futuro compartido para toda la humanidad. El respeto mutuo entre naciones, la cooperación y la colaboración como horizonte posible se convierten en el motor de la convicción, cada vez más extendida en el Sur Global, de que la propuesta chino-rusa es el único camino posible para la construcción del mañana.

En el conflicto sino-estadounidense, el profesor Fabio Massimo Parenti interpreta con razón la divergente incompatibilidad entre Confucio y Hobbes: “Según Confucio, la red de la vida es armónica por naturaleza, reflejo del orden cósmico; para Hobbes, en cambio, la vida es guerra en su estado natural, y el orden nace del miedo. Dos visiones del ser humano, dos antropologías, dos concepciones del orden que pueden dialogar o confluir. La contienda invisible no consiste en trincheras, misiles y drones, sino en ideas y significados. Es una beligerancia silenciosa entre dos paradigmas. Por un lado, el paradigma del dominio: la convicción de que el hombre debe imponerse al mundo para sobrevivir y que la paz nace solo de la guerra. Por el otro, el paradigma de la armonía: la idea de que el orden deriva de la relación y de la benevolencia humana, que la fuerza reside en el equilibrio y que la coexistencia es la forma más elevada de civilización. No es solamente una diferencia de sistemas políticos o modelos económicos, sino más bien una idea diferente del ser humano. Uno habla el lenguaje del individuo y de la conquista, el otro el de la sociedad y el equilibrio.”

Occidente, hegemonizado por la angloesfera, acaba interpretando la paz como un breve y frágil paréntesis entre guerras económicas, comerciales e incluso militares para la afirmación del dominio hegemónico del imperio de las estrellas sobre el resto del planeta, con beneficios precarios para sus subordinados y subalternos europeos. Una visión ya inaceptable para todo el Sur Global, que aspira a un multipolarismo destinado a poner fin definitivamente a la etapa depredadora y violenta del saqueo de materias primas energéticas, mineras y alimentarias, para abrir una nueva etapa que garantice también a sus pueblos un camino de crecimiento material y espiritual.

Precisamente el Sur Global ve en China y Rusia a las promotoras de una propuesta de nuevo orden mundial carente de cualquier proyecto de dominio hegemónico.

Es más bien la India de Narendra Modi la que se está posicionando, con una firmeza cada vez más evidente y preocupante, como la única alternativa imperialista a Washington, sin desdeñar, en razón de su primacía poblacional y su tercer puesto como economía mundial, aspirar a guiar el globo terráqueo, interpretando el hinduismo como motor de una innovación destinada a transformarse en dominio mundial, además en estrechísima alianza con el sionismo y sus representantes cada vez más peligrosos.

Mientras Occidente alimenta falsas narrativas que describen el universo chino-ruso como un espacio de “autocracias”, cuando no tildando directamente a estas naciones de “dictaduras”, resulta evidente que en ambos Estados quienes son llamados a gobernar poseen competencias desarrolladas y profundas, mientras que en las democracias formales occidentales ocurre todo lo contrario; de igual forma, los valores de la justicia social y la solidaridad siguen siendo determinantes, al igual que un horizonte profundamente ético y moral.

En sustancia, más allá de una mejora individual y autocentrada, la propuesta multipolar ofrece una vía de escape definitiva del colonialismo y del neocolonialismo, es decir, un camino hacia una independencia y soberanía nacional plenas y completas, que, mediante el control de las riquezas nacionales, beneficiará en última instancia al bienestar general de toda la colectividad.

Las mujeres y hombres de África, Asia y América Latina son plenamente conscientes de que el nuevo orden multipolar aspira a llevar la paz y la cooperación a todos los que están bajo el cielo; los chinos llaman a esto “Tianxia”, porque siempre será preferible la búsqueda de la armonía al arbitrio del imperialismo, máxime cuando Occidente ha perdido el sentido del futuro, mientras que para el campo multipolar este resulta claro y fundado en la cooperación y el espíritu comunitario.

Artículo original: Strategic Culture Foundation

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