Reseña: «Europa versus Occidente» de Adriano Scianca, salir de la confusión sin perder la soberanía

Publicado hace dos años, este pequeño opúsculo (88 páginas)
titulado Europa versus Occidente, del ensayista italiano Adriano Scianca, llegó
a nuestras manos solo recientemente. Una lectura tardía, pero que resuena
fuertemente con la actualidad.
Entre la guerra en Ucrania, el regreso de las tensiones
entre grandes potencias y la reconstrucción de bloques geopolíticos, algunas
certezas vacilan. Este pequeño libro tiene el mérito de plantear de entrada una
distinción esencial. Esta distinción, ampliamente retomada y desarrollada en
los círculos de reflexión vinculados a la nueva derecha, busca disipar una
confusión que estructura hoy gran parte del debate público: la confusión entre
civilización, sistema ideológico y construcción política. Confusión, sobre
todo, acerca de lo que somos.
Para un lector suizo, esta clarificación no tiene nada de
abstracta. Toca directamente una cuestión central: ¿cómo conservar la soberanía
en un mundo que tiende a la homogeneización?
Europa, Occidente: realidades que es necesario diferenciar
Una de las principales aportaciones de Scianca es distinguir
dos niveles que se confunden permanentemente.
Europa, en primer lugar, es una realidad civilizatoria.
Remite a una larga historia, a una herencia griega, romana, cristiana, a una
manera de estar en el mundo. Es una continuidad cultural y antropológica.
Occidente, en cambio, es una construcción mucho más
reciente. Designa un conjunto geopolítico e ideológico estructurado en torno a
la hegemonía estadounidense, sustentado por un corpus de valores (liberalismo,
derechos humanos, universalismo) y difundido a escala mundial.
Esta distinción es fundamental. Mientras no se establezca,
toda reflexión queda distorsionada.
«El propio
concepto de Occidente fue concebido inicialmente en una tonalidad
anti-europea.»
Adriano Scianca,
Europa versus Occidente. El fin de una ambigüedad (2024)
Occidente como deformación de Europa
La tesis central del libro es aún más radical: Occidente no
prolonga a Europa, sino que constituye una deformación de ella.
Lo que hoy se denomina «valores occidentales» es en realidad
una transformación, por no decir una degeneración, de nociones europeas más
antiguas: la libertad convertida en individualismo, lo universal vuelto abstracción,
la emancipación transformada en desarraigo.
Desde esta perspectiva, defender Occidente no equivale a
defender Europa. Es más, en ciertos casos, es contribuir a su disolución.
Este giro es decisivo porque permite comprender por qué
parte de la crítica contemporánea se equivoca de objetivo: ya sea alineándose
con un Occidente percibido como insuperable, o rechazándolo en bloque sin
lograr formular una alternativa coherente.
La trampa de la falsa elección: occidentalismo o
antioccidentalismo
Scianca identifica una trampa en la que caen muchos análisis
actuales: el enfrentamiento entre occidentalismo y antioccidentalismo.
Por un lado, la adhesión al sistema dominante, en nombre de
valores supuestamente universales. Por el otro, una oposición reflejo, a menudo
fascinada por potencias exteriores y alimentada por la ilusión de un mundo
multipolar armonioso.
Estas dos posiciones, lejos de oponerse realmente, funcionan
como un espejo: ambas siguen definidas por Occidente, sea que lo adopten o lo
rechacen.
El resultado es un callejón sin salida intelectual y
político. No se sale de un sistema simplemente invirtiendo sus signos.
«Ser
antioccidental no basta. Hay que ver en qué sentido se es, en qué dirección y
en nombre de qué.»
Adriano Scianca,
Europa versus Occidente. El fin de una ambigüedad (2024)
Europa potencia: una respuesta coherente… pero problemática
Frente a estos callejones sin salida, Scianca propone un
camino: la construcción de una Europa potencia, autónoma, consciente de sí
misma, capaz de afirmarse frente a otros bloques.
La lógica es clara: si el mundo se estructura en torno a
grandes potencias, solo una entidad de tamaño comparable puede aspirar a una
soberanía real.
Pero esta solución se apoya en una hipótesis implícita: la
soberanía solo puede existir a escala continental. Probablemente aquí es donde
el libro muestra su principal debilidad.
La idea de una «Europa potencia» aparece como un horizonte.
Es coherente con el diagnóstico expuesto: si el mundo se estructura en bloques,
una Europa que quiera existir debe constituirse como un polo autónomo. En el
plano intelectual, el argumento es sólido.
Pero en cuanto se abandona ese nivel para entrar en lo
concreto, aparece la indefinición.
¿Qué forma política debe tener esa Europa? ¿Qué relación
entre las naciones y ese conjunto? ¿Dónde reside la soberanía real? Sobre estos
puntos decisivos, el libro es discreto. La «Europa potencia» funciona más como
una dirección que como un modelo. Esta indeterminación no es menor, abre un ángulo
muerto: el de las formas políticas. Y es precisamente aquí donde se juegan los
equilibrios reales.
Para un lector suizo, la pregunta se plantea de inmediato:
¿una Europa así supone la desaparición de las soberanías existentes, o su
coordinación? El libro no lo resuelve claramente, y quizá tampoco sea su
propósito.
Así, la crítica al Occidente aparece estructurada y acabada;
la respuesta, en cambio, permanece más incierta.
Una lectura que cobra pleno sentido desde Suiza
La distinción que Scianca establece no se queda en lo
teórico. Se encuentra, casi idéntica, en nuestra propia situación. Suiza
pertenece sin ambigüedades a la civilización europea —por su historia, sus
lenguas, sus instituciones, su herencia grecolatina y cristiana—. Pero se
mantiene a distancia de lo que hoy se llama «Europa», es decir, la Unión
Europea.
Esta diferencia suele interpretarse mal. Se la ve como un
rechazo o un aislamiento, aunque puede leerse de otra manera.
Porque la confusión es la misma que el libro se esfuerza en
disipar: se habla de Europa, pero se piensa en una construcción política
particular. Sin embargo, la Unión Europea no agota la realidad europea. Es una
forma entre otras, y nada obliga a considerarla su culminación.
Así, la posición suiza cobra un sentido diferente. No
consiste en situarse fuera de Europa, sino en rechazar confundir pertenencia
civilizatoria con integración institucional.
Del mismo modo que Scianca invita a distinguir Europa de
Occidente —un sistema que altera sus principios—, se vuelve posible distinguir
Europa de sus formas políticas contemporáneas.
Suiza, desde esta perspectiva, no está al margen. Ocupa una
posición particular: la de un país que sigue plenamente europeo sin fundirse en
una estructura que pretende encarnarlo.
En suma, Europa versus Occidente es un libro útil. No porque
aporte respuestas de aplicación inmediata, sino porque obliga a clarificar
distinciones fundamentales. Recuerda que Europa no es Occidente. Que la Unión
Europea no es Europa. Y que las falsas elecciones ideológicas impiden pensar la
realidad. Pero deja abierta una divergencia fundamental, pues si Europa debe
volver a ser un sujeto de la historia, eso no significa necesariamente que las
naciones deban disolverse en ella.
Europa versus Occidente. El fin de una ambigüedad, Adriano
Scianca, 88 páginas, ediciones La Nouvelle Librairie/Institut Iliade, col.
Cartouches (2024)
Commentaires
Enregistrer un commentaire