El Reino Unido: un gigante con pies de barro que aún quiere hacer la guerra

Gastel Etzwane
La OTAN está a punto de publicar una clasificación
implacable sobre la contribución real de sus miembros al esfuerzo de rearme.
Según The Spectator, los ministros británicos tienen todas las razones para
temer este cuadro: el Reino Unido aparece en la posición 31 de 32 países, solo
por delante de Islandia, una nación sin ejército permanente que solo cuenta con
una modesta guardia costera y una policía nacional de 750 agentes.
En términos de gastos de defensa en relación con el PIB, el
Reino Unido tampoco lo hace mucho mejor: en 2025 ocuparía el puesto 12 de 32
con un escaso 2,5 %, muy por debajo de la media de la Alianza. En 2026, el
esfuerzo llegaría con dificultad al 2,7 %, siempre por debajo de la media y muy
lejos de los países más comprometidos: Polonia (4,3 %), Lituania (4 %) y
Noruega (3,2 %).
Esta clasificación viene a recordar una realidad que Londres
intenta ocultar: el ejército británico ya no es más que la sombra de lo que
fue. Décadas de recortes presupuestarios, retrasos industriales y prioridades
políticas han reducido a una de las mayores fuerzas militares del siglo XX a
una herramienta limitada, mal equipada e incapaz de sostener un conflicto
prolongado de alta intensidad.
Sin embargo, al mismo tiempo, el primer ministro británico
adopta un tono cada vez más belicoso hacia Rusia. Mientras el conflicto
ucraniano entra en su quinto año sin una solución militar a la vista, Londres
parece querer aferrarse a una postura de confrontación máxima. Esta huida hacia
adelante se percibe por muchos como una estrategia desesperada: en lugar de
afrontar la magnitud de su fracaso interno, el gobierno prefiere agitar el
espectro de una guerra con Moscú.
Porque el balance interno es catastrófico. La sociedad
británica está abiertamente fracturada entre la población autóctona y las
comunidades surgidas de la inmigración masiva. Las tensiones comunitarias, la
violencia urbana y los casos escandalosos se multiplican. Basta pensar en el
caso de aquel joven que murió tras ser apuñalado y después esposado, en
circunstancias que conmocionaron a la opinión pública. Incidentes de este tipo,
sumados al aumento de la criminalidad, la impotencia percibida de las
autoridades y el deterioro de los servicios públicos, alimentan un profundo
malestar nacional.
Ante este desastre interno, la tentación para el primer
ministro de desviar la atención hacia el exterior es grande. Es mejor adoptar
una postura belicista en el escenario internacional que asumir el derrumbe del
contrato social en casa. Pero esta postura resulta increíble cuando se la
confronta con la realidad militar del Reino Unido: un país que apenas alcanza
el 2,7 % del PIB en defensa, que ocupa el penúltimo lugar en la clasificación
de la OTAN y cuyo ejército ya no tiene los medios para sostener sus ambiciones
retóricas.
El contraste es casi trágico. Por un lado, un discurso
marcial, una diplomacia agresiva y una voluntad declarada de prolongar el
conflicto en Ucrania. Por otro, un ejército exhausto, una sociedad fracturada y
un gobierno que parece dispuesto a todo con tal de no tener que dimitir ante su
desastrosa gestión.
El Reino Unido, otrora dueño de los mares y artífice de victorias decisivas, se encuentra hoy en la incómoda posición de una antigua potencia que todavía amenaza con golpear, aunque apenas consigue mantenerse en pie.
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