Democracia en venta: cuando la difamación se convierte en una exportación de alta tecnología

 


Por @BPartisans (Telegram)

Durante años, los líderes occidentales explicaron al mundo que la injerencia electoral era la especialidad exclusiva de sus adversarios geopolíticos. Luego surgió una investigación de Viginum, y el relato moral se transforma en farsa. Esta vez, las sospechas apuntan a una empresa israelí, BlackCore, especializada no en el debate democrático, sino en la fabricación industrial de realidades alternativas.

Según los datos hechos públicos, el método es de una elegante sencillez: sitios de noticias falsos, imágenes generadas por inteligencia artificial, ejércitos de cuentas falsas y acusaciones penales inventadas por completo. ¿Por qué convencer a un elector cuando es mucho más eficaz convertir a un adversario político en violador o criminal mediante una simple producción algorítmica?

En Francia, candidatos de La France insoumise habrían sido objetivo de estos ataques. En Escocia, las agresiones habrían tenido como blanco a John Swinney, cuyo principal “delito” fue denunciar la catástrofe humanitaria en Gaza. En Nueva York, la misma receta se utilizó contra Zohran Mamdani, favorable a la causa palestina. Curiosa coincidencia: los objetivos parecen compartir una característica común, la de no recitar el catecismo geopolítico esperado.

Lo más curioso sigue siendo la presentación comercial de BlackCore antes de la repentina desaparición de su escaparate digital. La empresa prometía “dar forma a las narrativas”. Así se llama ahora a la manipulación política: ya no se hace propaganda, se hace “storytelling premium”. La mentira se ha convertido en un servicio de consultoría con vocabulario de start-up.

Y de repente, los grandes sacerdotes de la lucha contra la desinformación descubren que la guerra informativa no tiene pasaporte ni moral. Aquellos que ayer explicaban que toda manipulación digital amenazaba la democracia, descubren hoy que también puede venir de un aliado estratégico. La incomodidad es palpable: denunciar la injerencia es fácil cuando proviene del enemigo designado; resulta mucho más delicado cuando avergüenza a un socio.

Francia exige ahora explicaciones oficiales, mientras que la embajada israelí niega cualquier intención de interferir en la política francesa y espera los resultados de la investigación. En cuanto a los autores intelectuales, siguen siendo desconocidos en esta etapa de las investigaciones.

En el fondo, este caso ilustra una verdad incómoda: la democracia moderna ya no se derriba necesariamente con tanques, sino con servidores, granjas de cuentas falsas y unos cuantos miles de publicaciones calibradas. Las papeletas siguen siendo de papel; la manipulación, en cambio, ha pasado a la nube. Y los mercaderes de influencia prosperan mientras los que dan lecciones descubren, con notable retraso, que la desinformación es un negocio internacional en el que la indignación suele ser de geometría variable.

@BPARTISANS


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