Carl Schmitt y la crítica a la guerra justa

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Quien dice humanidad, busca engañar - Carl Schmitt (citando a Proudhon)
Continuamos nuestro repaso de pensadores que se han ocupado
de la guerra desde su propia formación; hoy hablamos de Carl Schmitt.
En el panorama de la filosofía política y el derecho del
siglo XX, pocos autores han analizado la transición de los equilibrios
geopolíticos con la lucidez y radicalidad del jurista alemán. En el centro de
su reflexión internacionalista –expresada magistralmente en obras como El
concepto discriminatorio de guerra (1938) y El nomos de la tierra (1950)– se
encuentra una crítica dura y profunda al resurgimiento de la doctrina de la
“guerra justa” o justa causa belli.
Para el politólogo de Plettenberg, el aparente progreso
moral inherente al deseo de prohibir o criminalizar el conflicto esconde en
realidad la premisa para la peor de las catástrofes: la guerra total de
aniquilación.
Para comprender la hostilidad de Schmitt hacia la “guerra
justa”, es necesario retroceder al orden geopolítico surgido tras la Guerra de
los Treinta Años y consolidado con la Paz de Westfalia (1648).
Ese orden, que el jurista denomina jus publicum europaeum,
logró un milagro jurídico: la limitación de la guerra.
Antes de Westfalia, la era de las guerras religiosas
medievales y confesionales estaba dominada por el concepto teológico y moral de
la “causa justa”: quien combatía lo hacía en nombre de la Verdad absoluta, y el
enemigo no era un simple adversario, sino un infiel, un hereje, el Mal
encarnado.
El derecho interestatal moderno superó esta lógica
trasladando el foco del contenido moral (justa causa) a la forma jurídica
(justus hostis o enemigo legítimo). Así:
- los Estados
soberanos se reconocían mutuamente como entidades políticas legítimas y de
igual dignidad;
- puesto que el enemigo
era legítimo y no “malvado”, el conflicto podía concluir con un tratado de paz
y una amnistía general.
Este equilibrio colapsó definitivamente en el siglo XX, en
particular con el Tratado de Versalles (1919) y la creación de la Sociedad de
Naciones. Bajo el impulso del universalismo liberal (encarnado sobre todo en el
enfoque angloamericano), el derecho internacional reintrodujo una fuerte
componente moral y humanitaria.
Schmitt define este giro como el advenimiento del “concepto
discriminatorio de guerra” porque la guerra deja de ser un hecho político
inevitable entre Estados soberanos y se convierte en un crimen contra la paz,
una agresión contra la moralidad universal o los derechos humanos.
El error fatal, según Schmitt, radica en que, si la guerra
es declarada “injusta” en sentido absoluto, el Estado que la emprende deja de
ser un justus hostis (enemigo legítimo) y se transforma en un criminal, un
monstruo fuera de la ley, un “enemigo de la humanidad”.
La tesis más provocadora y actual de Schmitt es que la
descalificación moral del enemigo produce el efecto contrario al esperado por
los pacifistas liberales: en lugar de eliminar los conflictos, los hace
infinitamente más brutales. De hecho, cuando se libra una “guerra justa” en
nombre de la humanidad y de valores universales no políticos, las limitaciones
jurídicas del jus publicum europaeum decaen. ¿Por qué? Porque:
- contra un criminal
o un “bárbaro” no se puede negociar una paz de compromiso. Así, el único
resultado lógico es la rendición incondicional, la sumisión o el aniquilamiento
físico y político;
- las acciones
bélicas pasan a llamarse “operaciones de policía internacional” o
“intervenciones humanitarias”. Quien se opone al orden universal no hace la
guerra, sino que comete una infracción que debe ser castigada;
- paradójicamente,
la ideología que busca abolir la guerra acaba por justificar el uso de los
medios más destructivos e inhumanos (como los bombardeos masivos sobre civiles
o el uso de armas de destrucción masiva), porque se emplean por una “causa
suprema” contra el mal absoluto.
El análisis de Carl Schmitt sobre el concepto de guerra
justa, aunque elaborado el siglo pasado y marcado por las sombras de sus
propias decisiones políticas personales (como su adhesión al nacionalsocialismo
en los años 30), sigue ofreciendo hoy una clave poderosa para descifrar la
geopolítica contemporánea.
El jurista nos recuerda que la pretensión de eliminar la
categoría del “enemigo político” en nombre de una única moral universalmente
vinculante no produce la paz perpetua. Al contrario, allana el camino a guerras
permanentes y asimétricas, donde la retórica humanitaria corre el riesgo de
convertirse en el instrumento ideológico predilecto para justificar la
destrucción total de quienes se oponen al modelo dominante.
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