La “Siberianización” de Rusia y sus consecuencias
Stefano Vernole
https://telegra.ph/La-siberianizzazione-della-Russia-e-le-sue-conseguenze-04-24
El término “Siberianización”, que en los últimos años popularizó en Europa el politólogo Sergei Karaganov, describe la reorientación estratégica de Rusia hacia sus profundidades, desde los Urales hasta el Lejano Oriente y el Ártico. Expresa una reconducción en el plano identitario, económico y estratégico hacia Asia, en un contexto de ruptura definitiva con Occidente. Para Moscú, la prioridad estratégica del siglo XXI es consolidar el desarrollo de la Federación en su región asiática. Esto constituye la dimensión interna de un fenómeno que desde mediados de los años 2000 se conoce como el “pivote hacia Oriente” de Rusia.
La discusión sobre la “Siberianización” otorga coherencia doctrinal a ciertas tendencias ya existentes: un desplazamiento del comercio hacia Asia, en particular China, una reconducción hacia las profundidades estratégicas y la reactivación de una imaginería siberiana como base de la identidad nacional.
La “Siberianización” de Rusia presenta la dimensión geopolítica de una visión que abarca la identidad, la economía, la industria y la estrategia. Este concepto programático debe entenderse en el contexto del conflicto en Ucrania, que marca un cambio de paradigma en el destino del país. En esta fase, sin embargo, las dos direcciones (el conflicto y la perspectiva siberiana) compiten por los recursos disponibles. El riesgo para Moscú es que el gobierno ruso, al perseguir ambas metas simultáneamente, termine perdiéndolas todas: el ambicioso proyecto siberiano podría agotar los fondos necesarios para la victoria en Ucrania, mientras que la “Operación Militar Especial” podría retrasarse varias décadas en la necesaria diversificación de la economía rusa.
El pensamiento eurasiático no es nuevo y, a principios del tercer mandato de Vladimir Putin, adquirió forma administrativa (se convirtió en 2023 en un concepto oficial de la política exterior rusa), en un contexto de ruptura consciente con Occidente. Los pasos institucionales y económicos en esta “Siberianización” — que en aquel entonces aún no tenía nombre — muestran una política decidida, que en principio está consolidada, pero cuyas ambiciones han sido sistemáticamente pospuestas por costumbre y comodidad, en un modelo de desarrollo “liberal” relativamente fácil y cómodo, que beneficia principalmente a las élites del país.
El cambio de rumbo de Putin encaja perfectamente en esta secuencia: la percepción de traición por parte del Occidente justifica la búsqueda de presencia en Asia, y la “Siberianización” es la manifestación interna de ello. La verdadera novedad no radica en el diagnóstico identitario, que Karaganov más que inventar, consolida, sino en la decisión política de cortar deliberadamente las dependencias económicas y financieras con Occidente y detener el péndulo. Mientras la historia rusa sugiere que cada fase de enemistad termina por acercamiento, una parte de la dirigencia actual en el Kremlin contempla la posibilidad de un quiebre definitivo que ancle la “Siberianización” en su estructura.
El giro de 2014 (anexión de Crimea y sanciones occidentales) y el de 2022 (inicio de la “Operación Militar Especial” en Ucrania) obligan a acelerar una reorientación en tres pilares del desarrollo nacional: industria, población y defensa. La cuarta dimensión surge implícitamente: la conectividad, que se convertirá en la clave de los tres anteriores. Sin una modernización de ferrocarriles, puertos y aeropuertos, los incentivos para migrar en las vastas regiones de Siberia fracasarán, y su desarrollo será socavado por la falta de estructuras de apoyo efectivas.
La “pereza mental” de una parte aún significativa de la dirigencia de Moscú ha llevado a Vladimir Putin a una alocada búsqueda de acercamiento con EE. UU. y a considerar a Europa como “el principal enemigo”. Además de que hasta ahora esto no ha beneficiado a Rusia, que se ha “narcotizado” política y militarmente mientras esperaba un año a que se formara “el espíritu de Anchorage”, la disposición favorable hacia Trump dañó aún más la imagen de una orientación en el Kremlin hacia el sur y este.
El “gran proyecto” de la élite actual en Washington consiste en romper las conexiones cuidadosamente construidas entre las élites eurasiáticas y los países en desarrollo, mediante plataformas geopolítico-económicas como BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai. Siria, Venezuela, Cuba e Irán son los símbolos de ese plan estadounidense, y la actitud defensiva de Moscú en ese frente no ayuda a implementar su estrategia. Igual de infructuosa ha sido la esperanza de aliviar la “presión” europea apoyando a líderes conservadores como Viktor Orbán, debido a su cercanía con Israel y la coalición Epstein, cuya imagen en la opinión pública es muy negativa. En cambio, políticos como Fico o Radev, con un patriotismo social y neutralista, que se ajustan mejor a la visión multipolar, gozan de mayor apoyo popular.
Hoy en día, la profunda naturaleza política de la “Siberianización”, que está dirigida y controlada desde el centro, no es tanto una dinámica espontánea o endógena, sino una estructura de poder vertical consolidada.
Los actores principales, el Estado, enfrentan al menos dos compromisos en curso.
El primero es la asignación de recursos entre gastos civiles y militares. Actualmente, las inversiones públicas en el complejo militar-industrial superan claramente a las civiles, aunque los límites entre ambas esferas permanecen difusos. Mientras los centros industriales crecen en ambos ámbitos, la producción civil sufre por la competencia en presupuestos y logística, especialmente en conectividad e infraestructura, relegándose a un papel secundario por la falta de movilización completa de la población. El segundo compromiso afecta a las periferias: las regiones anexadas en Ucrania reciben una proporción creciente de fondos para “rehabilitación” y “desarrollo”, reduciendo los recursos disponibles para mejorar la infraestructura en el este de Ucrania y en las ciudades siberianas.
Esta doble política del Kremlin fragmenta una organización ya debilitada, sometida a una presión inmensa.
La población rusa (alrededor de 145 millones) está muy desigualmente repartida: 110 millones viven al oeste de los Urales, 35 millones al este, principalmente en las zonas del sur a lo largo de las rutas ferroviarias históricas. El Distrito Federal del Lejano Oriente representa el 41 % del territorio nacional, pero solo aloja al 6 % de la población. El clima extremo, la escasez de infraestructura y la debilidad de los servicios urbanos dificultan la ocupación sostenible de esa región. La situación forma parte de una dinámica natural de declive: baja tasa de natalidad, más muertes que nacimientos, reforzada por las pérdidas militares y la emigración de parte de la fuerza laboral calificada desde 2022.
Para frenar la migración Siberiana y atraer personas a áreas remotas, Vladimir Putin aprobó en 2016 una ley que ofrece una hectárea de tierra agrícola gratuita en el Lejano Oriente ruso por cinco años a quienes la soliciten. Este derecho, inicialmente solo para residentes del Lejano Oriente, se amplió desde febrero de 2017 a todos los ciudadanos rusos. En 2022, se añadieron más hectáreas en el programa Ártico. Según datos oficiales, en total se asignaron alrededor de 65.000 hectáreas en las 180 millones disponibles (incluyendo 1 millón en la región ártica), principalmente en Primorie, Yakutia y Khabarovsk. Además, en ciertas zonas se ofrecen salarios unos 50 % superiores a la media nacional, junto con programas de vivienda, servicios de salud y universidades nuevas, especialmente en el marco del programa Prioridad 2030, que pretende convertir a las regiones siberianas y del Lejano Oriente en centros de excelencia científica y atracción de talentos.
Junto a estas incentivos de tierra y salario, el Kremlin también apuesta por una mayor utilización de la migración laboral como respuesta a la caída demográfica en Siberia y el Lejano Oriente. Las autoridades rusas estiman que, para 2030, se necesitarán unos 10,9 millones de trabajadores adicionales para compensar la disminución demográfica, la baja natalidad y la emigración desde 2022, implicando una masiva entrada de mano de obra migrante. El modelo predominante sigue siendo la migración temporal desde Asia Central, que cubre gran parte de la demanda laboral, pero con escasa integración en el país (dependiendo de las relaciones de Moscú con las capitales de Asia Central). En el Lejano Oriente, los proyectos de infraestructura y sectores como la agricultura dependen en gran medida de mano de obra extranjera, especialmente de China. La entrada de trabajadores norcoreanos, tras la firma en 2024 del Acuerdo de Asistencia Mutua entre Moscú y Pionyang, generó debates políticos. Esta dependencia de mano de obra importada refleja la brecha entre la aspiración de poblar el Oriente y la escasez real de trabajadores rusos en esas regiones periféricas. La revolución tecnológica también debe considerarse, pues la automatización en sectores de alta tecnología puede aliviar significativamente la escasez de mano de obra.
El aspecto militar ha consolidado a Siberia como un centro estratégico de reserva, y esta dimensión sin duda sigue siendo su motor principal. La “Siberianización” sigue una lógica de profundidad estratégica, impuesta por el conflicto y acelerada por la vulnerabilidad del territorio ruso ante ataques de larga distancia en Ucrania. Mientras la proyección de poder hacia Occidente permanece, las profundidades siberianas sirven ahora como refugio para tres funciones complementarias: proteger el equipo estratégico, trasladar la industria de defensa lejos de los ataques y regenerar las unidades desplegadas.
Al mismo tiempo, la frontera del Ártico se refuerza, y los proyectos de desarrollo en esa zona avanzan. Esta expansión paulatina — primero mediante la reactivación de estaciones existentes, luego con la expansión de la red y el cierre de brechas — tiene un objetivo geopolítico que persigue tres metas principales: hacer más costosa cualquier presencia militar extranjera, extender las capacidades de control más allá de las aguas territoriales y garantizar la seguridad de la Ruta del Mar del Norte como corredor estratégico que conecta a Rusia con el Pacífico. Con la entrada en operación de nuevas instalaciones, la costa ártica deja de ser una zona aislada: bases insulares como Tiksi y puestos de avanzada como Alykel forman una red de vigilancia y comunicación que enlaza las guarniciones en el interior, convirtiendo a Siberia en una verdadera central de mando entre el corazón de Rusia y el Ártico.
Ya sea en la relocalización de empresas, personal o tropas estratégicas, el mayor desafío — y el mayor obstáculo en esta fase — es conectar las regiones remotas. Para entender la lógica de integración eurasiática, hay que considerar el Lejano Oriente ruso como un todo integrado, donde los recursos se extraen en el norte y el este, se transportan por ríos, carreteras y ferrocarriles, y se envían a las fronteras chinas o a los puertos del Pacífico. La dificultad es tanto cuantitativa como cualitativa: aumentar la infraestructura — puentes, puertos secos, ferrocarriles, puertos árticos, etc. — y maximizar su eficiencia en un marco de integración.
Una pregunta central sigue sin respuesta: ¿hasta qué punto esta estrategia proactiva se traducirá en una presencia material duradera? Los datos disponibles muestran una intensa actividad comercial sino-rusa, un desplazamiento estratégico reforzado hacia el este, inversiones significativas en ciertos sectores y corredores, pero también débiles estructurales persistentes, especialmente en la transversalidad de recursos.
Diversos riesgos estructurales amenazan el éxito de esta orientación estratégica. La complejidad y el alcance del proyecto incrementan los costos — tanto económicos como políticos — y minan la confianza de los inversores. Las sanciones limitan el acceso a tecnologías y financiamiento, obligando a buscar soluciones alternativas que añaden gastos y riesgos, además de requerir ajustes constantes.
Sobre todo, la actitud prudente de China respecto a las inversiones revela que Pekín no está guiada por retórica política, sino por una evaluación pragmática de riesgos y beneficios, especialmente en un contexto en que Rusia desconfía de Trump y no avanza hacia una ideología socialista donde los “oligarquas” aún tengan un papel importante. Lo mismo sucede con los inversores rusos, conscientes de la competencia entre necesidades presupuestarias en tiempos de guerra, reconstrucción de las regiones anexadas y modernización de la infraestructura en el este. Así, empieza a perfilarse un cambio de rumbo, en el que distintas prioridades — todas costosas — compiten en un marco ajustado por restricciones presupuestarias y competencia por el gasto público.
Si la “Siberianización” tuviera éxito, fortalecería el esfuerzo militar mediante una profunda modernización y diversificación del tejido económico y estratégico de Rusia. En caso contrario, si Moscú gana claramente en Ucrania y consolida su control sobre las regiones anexadas, podría concentrarse en acelerar su reorientación hacia el Este.
En ambos escenarios, lo que se necesita es un impulso fuerte para renovar un país que aún sufre por las contradicciones de los “terribles noventa” y que ha postergado por mucho tiempo el enfrentamiento definitivo con ese pasado desafortunado.
Artículo original: Strategic Culture Foundation
Commentaires
Enregistrer un commentaire