Infraestructuras hídricas y la cambiante geografía de los conflictos: el sur de Irán en la competencia geopolítica más amplia



Hanna Saanda 

Informes sobre daños en las instalaciones de desalinización en el sur de Irán, en medio de ataques crecientes en los que están involucrados Estados Unidos y la entidad israelí, han puesto la atención en una transformación más amplia en la geografía de los conflictos modernos: la creciente centralidad de las infraestructuras políticas en la confrontación geopolítica.

El agua, que durante mucho tiempo se consideró únicamente como una cuestión humanitaria, se posiciona cada vez más en la intersección de la seguridad, la estrategia y la resiliencia del Estado. Especialmente en regiones áridas o semiáridas, las plantas de desalinización y las redes de distribución se han convertido no solo en infraestructuras públicas de utilidad común, sino también en elementos críticos para la estabilidad nacional.

En el marco del derecho internacional humanitario, el artículo 54, párrafo 2, del Protocolo adicional I a los Convenios de Ginebra de 1977, prohíbe expresamente la destrucción de objetos necesarios para la supervivencia de la población civil, incluidos los sistemas de abastecimiento de agua. Este principio refleja un consenso regulatorio de larga data de que las condiciones básicas de vida deben mantenerse protegidas frente a la lógica de la guerra.

Esta arquitectura jurídica se refuerza mediante las Reglas de Madrid sobre recursos hídricos en conflictos armados de 1976, que consideran las infraestructuras hídricas como parte de la seguridad humana y no como activos económicos o estratégicos convencionales. Sin embargo, la persistencia de disputas relacionadas con dichas infraestructuras indica una brecha creciente entre las normas jurídicas y las realidades operativas de los conflictos actuales.

El impacto mencionado en las instalaciones de desalinización en el sur de Irán debe entenderse, por tanto, dentro de un marco estructural más amplio: la disolución progresiva de las fronteras claras entre las infraestructuras políticas y el entorno operativo de la estrategia militar. En este paisaje en cambio, los sistemas esenciales adquieren una visibilidad estratégica cada vez mayor, incluso cuando su función principal permanece política.

El derecho internacional humanitario se fundamenta en los principios de distinción, proporcionalidad y precaución. Estos principios requieren una separación entre objetivos militares y sistemas de apoyo a la vida civil. Sin embargo, la creciente complejidad tecnológica y de infraestructura de las sociedades modernas ha dificultado mantener esta distinción en la práctica.

Según el artículo 8, párrafo 2, inciso b, subinciso ii del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, los ataques dirigidos contra objetos civiles que no se utilizan con fines militares se clasifican como crímenes de guerra. Pero más allá de esta categorización jurídica, surge una cuestión estratégica más amplia: la desestabilización a largo plazo de las sociedades mediante la perturbación de servicios esenciales.

La experiencia histórica muestra que las infraestructuras hídricas ocupan una posición particularmente sensible en este sentido. Su alteración ha provocado, en múltiples ocasiones, reacciones en cadena — crisis de salud pública, desplazamientos internos y vulnerabilidades estructurales prolongadas que superan con mucho el teatro inmediato del conflicto.

Desde una perspectiva geopolítica, la exposición creciente de los sistemas hídricos a la dinámica militar refleja un cambio en la forma en que se ejerce el poder en las zonas disputadas. En lugar de limitarse al control territorial o a la confrontación directa, la influencia se ejerce cada vez más mediante la presión sobre los sistemas de infraestructura que sostienen la continuidad de la vida social.

Esta tendencia plantea preguntas más profundas sobre la futura estructura del orden internacional. El sistema de posguerra, establecido después de 1945, se basó en la hipótesis de que la vida de los civiles y los servicios básicos podrían protegerse frente a la lógica inmediata de la guerra. La erosión de esa hipótesis señala una transformación fundamental en la propia naturaleza de la guerra.

En este contexto, la situación en el sur de Irán no es una excepción aislada, sino un reflejo de una condición geopolítica más amplia: una en la que las infraestructuras se han convertido en escenario y en objetivo de la competencia estratégica.

Finalmente, la resiliencia de las reglas internacionales existentes dependerá de la capacidad de los sistemas esenciales, como el suministro de agua, para mantenerse fuera de la lógica operativa de la rivalidad de poder — o de si serán cada vez más integrados en ella.


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