Europa «como de costumbre»: 90 días de petróleo y enanos al mando
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Mientras la guerra en Irán redibuja brutalmente el orden mundial, Europa sigue adormecida. Fiel a sí misma, observa el caos con esa calma casi conmovente que la caracteriza desde hace décadas. El artículo contundente del Berliner Zeitung del 12 de mayo de 2026 lo señala con lucidez: lo que se juega en Oriente Medio no es solo un conflicto regional. Es el síntoma de una reorganización profunda de las relaciones de poder a nivel mundial. Y Europa, una vez más, llega desnuda a la fiesta.
Empecemos por los hechos, aquellos que prefieren ignorar en Bruselas, Berlín o París. China ha constituido reservas estratégicas de 1,4 mil millones de barrileEuropa «como de costumbre»: 90 días de petróleo y enanos al mandos de petróleo. De suficiente para aguantar meses o incluso años en caso de una crisis mayor. Europa, en cambio, dispone de apenas 90 días de reservas (importaciones netas). Peor aún: nuestros dirigentes parecen incapaces de dar una cifra exacta y actualizada. Se pregunta a la Comisión Europea o a las capitales nacionales cuántos barriles exactamente quedan en los almacenes estratégicos. Se obtienen aproximaciones, fórmulas vacías, «más o menos». Es casi increíble. En medio de una tormenta geopolítica, los responsables que deberían proteger a 450 millones de europeos ni siquiera saben con certeza cuánto tiempo disponen antes de que se agote el suministro. Esto dice mucho sobre el estado de nuestra soberanía energética.
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Trump encarna por sí solo la inestabilidad estadounidense. El lunes 11 y martes 12 de mayo, calificó la contraoferta iraní de «montón de basura» («Müll» en la versión alemana, «garbage» en la suya), confesó que «ni siquiera había terminado de leerla» y describió el alto el fuego del 7 de abril como «en cuidados intensivos» o «en respirador». Estas declaraciones, pronunciadas con la despreocupación de quien improvisa sobre la marcha, son reveladoras. Reflejan una realidad más profunda: Estados Unidos ya no controlan la situación. Trump cambia de posición no todos los días, sino varias veces al día. Un día amenaza, al siguiente extiende la mano, y pasado al siguiente, se burla. El piloto automático estadounidense está averiado. Y Europa, que sigue poniendo todas sus esperanzas en el «paraguas» transatlántico, actúa como si nada pasara.
Frente a este dúo de improvisación (Europa) e incoherencia (Estados Unidos), China demuestra, por su parte, una previsión y una organización estratégica que imponen respeto. Acumular 1,4 mil millones de barriles no es casualidad. Es fruto de una visión a largo plazo, de una lectura fría de las relaciones de poder y de una conciencia aguda de que la próxima crisis será mundial. Pekín no es invencible, sus vulnerabilidades existen, pero al menos sabe que ha entrado en una era de turbulencias globales. Actúa en consecuencia. Europa, en cambio, sigue pensando en términos de «mercado único», «transición verde» y «poder blando». Como de costumbre.
Esta miopía no es nueva. Charles de Gaulle la diagnosticó hace más de sesenta años: no se puede esperar nada de los Estados Unidos, salvo lo que primero sirva a sus propios intereses. Sacó las conclusiones que correspondían: abandonar el mando integrado de la OTAN, tener una fuerza nuclear independiente, una política exterior autónoma. Hoy, ya no tenemos a De Gaulle. Tenemos enanos políticos. Líderes que todavía hablan de «valores europeos» y de un «orden internacional basado en el derecho», mientras el mundo real se reescribe a golpes de drones, petroleros bloqueados y reservas de petróleo. Enanos que prefieren la postura moral a la potencia real, la dependencia energética a la soberanía.
El artículo del Berliner Zeitung plantea la buena pregunta: ¿qué pasará cuando se agoten los 90 días? ¿Cuando la estrecha de Ormuz vuelva a estar amenazada? ¿Cuando los precios de la energía se disparen y las economías europeas, ya frágiles, colapsen? La respuesta es simple: nada. O mejor dicho: nada organizado. Porque nadie anticipó esto. Porque nadie se atrevió a decir la verdad a las opiniones públicas. Porque Europa prefiere seguir contando historias en lugar de mirar cara a cara el mapa del mundo.
Es hora, de una vez por todas, de que las capitales europeas comprendan lo que De Gaulle ya había entendido hace mucho tiempo: los Estados Unidos ya no son un aliado fiable, sino un socio volátil cuyas prioridades ya no son las nuestras. China, Rusia, India y los países del Golfo juegan su propio juego en una nueva gran estrategia mundial. Europa, en cambio, sigue jugando a la mesa de los niños.
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