La delicada posición y el manifiesto malestar de JD Vance
Desde el lanzamiento de la operación "Epic Fury" el 1 de marzo de 2026, que marcó el inicio de los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre Irán con el objetivo de atacar sus instalaciones nucleares y militares, JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, se encuentra en una situación extremadamente precaria.
Históricamente opuesto a una guerra contra Irán, a la que todavía en 2024 calificaba como una "distracción costosa" y un compromiso arriesgado sin un objetivo claro, Vance apoyó públicamente la acción militar por lealtad a Donald Trump. Así, afirmó que la operación sería "limitada y decisiva" para impedir que Teherán adquiera el arma nuclear.
Sin embargo, su incomodidad es perceptible. Fuentes anónimas dentro de la administración describen al vicepresidente como "escéptico" y "preocupado" ante el estancamiento del conflicto, marcado por ataques iraníes persistentes, el bloqueo del estrecho de Ormuz, el aumento de los precios del petróleo y las primeras bajas estadounidenses.
El propio Donald Trump reconoció que JD Vance era "filosóficamente diferente" y "menos entusiasta", aunque destacó que se sumó una vez tomada la decisión. En una conferencia de prensa el 13 de marzo, el vicepresidente evitó revelar los consejos privados que pudo haber dado al presidente, alegando razones de seguridad nacional. Esta prudencia revela su preocupación por no romper públicamente la lealtad que debe al ejecutivo.
Esta tensión interna podría acentuarse con el tiempo. Considerado un posible sucesor de Donald Trump para las elecciones presidenciales de 2028, JD Vance corre el riesgo de alienar a la base aislacionista del Partido Republicano que ha cultivado pacientemente. Así, su posición podría volverse insostenible si el conflicto se prolonga.
Su lealtad institucional lo mantiene actualmente alineado con la línea oficial. Pero su incomodidad se trasluce en su reserva sobre los detalles estratégicos y en su decisión de poner el acento en los asuntos internos, lo que revela la fractura entre sus convicciones antiintervencionistas y las exigencias de la administración.
El catolicismo de Vance frente a ciertos sectores evangélicos
Para comprender más profundamente este malestar, conviene examinar las divisiones religiosas dentro del entorno de Donald Trump. Estos debates pueden parecer exóticos, incluso desconcertantes, para un observador europeo acostumbrado a una vida política más secularizada.
JD Vance, convertido al catolicismo en 2019, encarna una fe de inspiración más tradicional e intelectual. Influido especialmente por san Agustín y por la doctrina social de la Iglesia, que destaca los principios de solidaridad, subsidiariedad y el respeto a la vida familiar, se mantiene alejado de las interpretaciones apocalípticas literales.
Esta postura lo distingue claramente del secretario de Defensa Pete Hegseth, secretario de Estado para la guerra, debido a la contundencia de su retórica. Protestante evangélico afiliado a una denominación fundamentalista, la Communion of Reformed Evangelical Churches, Hegseth no duda en calificar el conflicto de "cruzada" e invoca voluntariamente la "providencia divina" para justificar los ataques militares.
Así se inscribe en un universo religioso compartido por una parte importante de la base evangélica que apoya a Donald Trump, estimada en varias decenas de millones de fieles en Estados Unidos. Estos ambientes suelen adherirse a doctrinas como el dispensacionalismo premilenarista o el sionismo cristiano, surgidas en el siglo XIX en el protestantismo estadounidense y ampliamente ajenas a la tradición católica.
Estas concepciones, popularizadas en particular por John Nelson Darby o la famosa Biblia de Scofield, dividen la historia de la salvación en diferentes "dispensaciones" y otorgan al Estado de Israel un papel profético distinto al de la Iglesia.
Desde esta perspectiva, Dios tendría en cierto modo dos pueblos distintos: la Iglesia, entendida como una realidad espiritual, e Israel, considerado como una entidad nacional y étnica. La restauración del Estado de Israel en 1948 sería entonces interpretada como un signo precursor de los "últimos días".
La secuencia escatológica descrita por estas corrientes prevé una Gran Tribulación, un periodo de caos de siete años, la aparición del Anticristo que traicionaría a Israel, la batalla de Armagedón en Tierra Santa y, finalmente, el regreso visible de Cristo que inaugura un reino terrenal milenario en Jerusalén.
En esta lectura, Israel es apoyado no por amor incondicional al judaísmo o al pueblo judío, sino porque desempeñaría un papel instrumental en la realización de este escenario profético. El Estado de Israel se convertiría en el catalizador de acontecimientos destinados a provocar una conversión masiva de los judíos al cristianismo, interpretación que a menudo se apoya en ciertos pasajes de la epístola a los Romanos o del libro de Zacarías.
El apoyo político y militar a Israel, incluso en su enfrentamiento con Irán, percibido como un adversario escatológico, podría entonces entenderse como un medio para acelerar la realización de este plan divino.
Tal visión es ajena al magisterio católico, que rechaza las formas de milenarismo y considera que la Iglesia representa el cumplimiento espiritual de las promesas bíblicas hechas a Israel.
Estas divergencias teológicas permiten iluminar el aparente malestar de JD Vance ante la retórica de "cruzada" empleada por Pete Hegseth o las referencias recurrentes al Armagedón que pueden escucharse en algunos responsables militares. Contrasta con una fe católica generalmente más matizada y menos literalista en la interpretación de los textos bíblicos.
Fe, estrategia y poder
A la luz de estos elementos, surge una pregunta inevitable: ¿En este conflicto, las decisiones estadounidenses siguen guiándose ante todo por una lógica geopolítica y estratégica, o existe el riesgo de que ciertas concepciones religiosas apocalípticas, profundamente enraizadas en una parte de la teología evangélica estadounidense y ajenas a una visión laica o católica de la política, influyan en la acción pública?
Este interrogante remite a una inquietud más amplia: cuando la frontera entre fe, estrategia y guerra se vuelve difusa, las decisiones tomadas en la cima de la principal potencia mundial pueden suscitar, mucho más allá de Estados Unidos, una profunda inquietud.
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