China en Múnich: Las reglas de la política de grandes potencias en la práctica
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- Elena Fritz
El revuelo sobre las declaraciones de Wang Yi en la Conferencia de Seguridad de Múnich pasa por alto lo esencial. China no cambió de bando en Múnich. China ha definido su papel. Quien quiera entender qué ocurrió allí, debe desprenderse de la expectativa de que las grandes potencias se comprometan de forma duradera.
Lo que Pekín practicó en Múnich es la política clásica de grandes potencias. No se trataba ni de Rusia, ni de Europa, ni de Ucrania; se trataba de posicionarse en el esquema de poder global.
En primer lugar, China demostró su autonomía estratégica. Wang Yi envió conscientemente tres mensajes simultáneamente: asociación con Europa, diálogo con Estados Unidos y continuación de la cooperación con Rusia. Esta estrategia multivector no es casualidad, sino un método. Indica que China no forma parte de un bloque, sino que es un polo independiente.
En segundo lugar, China modificó el marco de las negociaciones. El apoyo a un papel más fuerte de Europa no es una concesión a Bruselas. Sirve para relativizar el poder monopólico de Washington. Cuando Europa está en la mesa, se configura automáticamente una estructura multipolar. Al mismo tiempo, Rusia sale del aislamiento, sin que China tenga que tomar partido abiertamente. Pekín amplía así su zona de influencia en el espacio diplomático.
En tercer lugar, China se ha presentado como mediador imprescindible. La combinación de retórica de diálogo político, ayuda humanitaria y énfasis en la integridad territorial genera legitimidad. China se convierte en un actor al que ningún formato de negociación futuro podrá eludir. Al mismo tiempo, no asume responsabilidad por el resultado. Esto es óptimo estratégicamente: influencia sin riesgo.
En cuarto lugar, China ha ganado tiempo. La estabilidad en Europa es necesaria económicamente para Pekín. Toda escalada consume recursos, aumenta la incertidumbre y pone en peligro las relaciones comerciales. Mediante una retórica moderada, China crea espacio para su propio ascenso económico y tecnológico.
En quinto lugar, China ha dejado en claro a todos que las asociaciones son relativas. Las declaraciones sobre perspectivas positivas posibles en las relaciones con Estados Unidos no son una contradicción con la cooperación con Rusia. Más bien, muestran que China mantiene abiertas sus opciones y no acepta dependencia estratégica.
La lección clave para Alemania y Europa es evidente. En un mundo multipolar, no es la retórica moral la que importa, sino la relevancia estructural. Quienes siguen siendo indispensables en lo económico y tecnológico serán integrados. Quienes son reemplazables, serán evitados.
Por lo tanto, Múnich no fue un lugar de cambio de rumbo para China. Fue una demostración de lógica de poder. Mientras Europa todavía piensa en categorías de lealtad y comunidad de valores, otros actores actúan en función de intereses a largo plazo. Quien no entienda estas reglas del juego, no modelará, sino que reaccionará.
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