Armenia, el corredor de Zangazur y los equilibrios en el Cáucaso

Este territorio es hoy un cruce de intereses entre Rusia, Turquía, Irán, Europa y Estados Unidos, donde Ereván no tiene la fuerza de imponerse, pero puede tener la inteligencia de insertarse.
por Giorgio Arconte
2026 podría ser un año clave para el futuro de Armenia, y no es una expresión retórica sino la fotografía de un país que, tras la pérdida definitiva de Artsakh y la limpieza étnica completa en esa región históricamente armenia, ahora negocia no tanto la paz, sino su espacio de existencia en el Cáucaso.
Ereván se mueve en un entorno estratégico radicalmente cambiado. Rusia ya no es el garante absoluto de seguridad que había sido en las décadas pasadas; Occidente ofrece apoyo político, pero no garantías militares automáticas; Azerbaiján, fuerte de sus victorias y sus ingresos energéticos, marca el ritmo de las negociaciones; Turquía observa e influencia. Entre tanto, un pequeño Estado de tres millones de habitantes, con una diáspora poderosa pero distante, y una sociedad atravesada por profundas fracturas.
El gobierno de Nikol Pashinyan ha tomado un camino claro: terminar con la etapa del conflicto permanente. Artsakh ha sido formalmente archivada. Ya no se habla de estatus, no se reclaman derechos colectivos internacionalizados, no se evocan opciones militares. Es una decisión lógica: evitar un nuevo enfrentamiento que Armenia, hoy, no podría permitirse. Pero la paz nunca es una acción unilateral, y Azerbaiján sigue hablando del “corredor de Zangazur” con un vocabulario que roza la extraterritorialidad. La frontera está en proceso de demarcación, pero la presión sigue siendo constante.
El primer ministro armenio Pashinyan insiste en un concepto: soberanía plena sobre los pasos, integridad territorial mutua, reapertura de las comunicaciones en igualdad de condiciones. Es una línea coherente, pero frágil, porque la disparidad de fuerza entre Ereván y Bakú sigue siendo evidente. La cuestión central es el conocido corredor de Zangazur. Para Bakú y Ankara, es la pieza que une Azerbaiján y Nakhchivan, consolidando así la continuidad turco-azerbaiyana en el espacio turcófono. Para Armenia, es una cuestión existencial: permitir el tránsito sí, pero sin perder control y jurisdicción. Aquí se juega mucho más que una línea ferroviaria: se decide el futuro equilibrio del Cáucaso meridional. Si el corredor se convirtiera en extraterritorial, Armenia perdería profundidad estratégica; si permaneciera bajo soberanía armenia, podría transformar su vulnerabilidad en oportunidad, conectando Irán, Rusia y potencialmente Europa en un nuevo eje comercial. La cuestión no es solo técnica, es pura geopolítica.
Armenia está intentando un difícil reposicionamiento internacional. La Unión Europea ha aumentado su presencia política mediante la misión civil de supervisión en la frontera con Azerbaiján. Los cumbres europeos previstos en Ereván en 2026 tienen un gran valor simbólico: por primera vez, Armenia intenta presentarse como una plataforma europea en el Cáucaso. Pero Ereván sigue siendo miembro de la Unión Económica Euroasiática, no ha presentado candidatura formal a la UE, y continúa manteniendo canales abiertos con Moscú.
Rusia, aunque debilitada por la guerra en Ucrania, conserva palancas importantes: la base militar en Gyumri, el control de segmentos de infraestructura, la influencia económica. Moscú ya no es el único garante, pero tampoco es un actor marginal. Mientras tanto, Estados Unidos están aumentando su involucramiento. La reciente visita de la vicepresidenta estadounidense y el inicio de cooperación en el sector de defensa —incluida la provisión de drones V-BAT— marcan un cambio de rumbo. No es una alianza formal, pero sí una señal política.
Armenia no puede permitirse elegir bando de forma clara; debe mantenerse en equilibrio. El problema es que el equilibrio en el Cáucaso siempre es precario. Sin embargo, la verdadera fragilidad armenia es interna. Las elecciones parlamentarias del 7 de junio de 2026 se llevarán a cabo en un clima de polarización profunda. Pashinyan se presenta como el hombre de la paz y de la estabilidad económica, mientras que sus opositores le acusan de haber normalizado la derrota y minimizado la identidad nacional. De hecho, la cuestión de Artsakh no está borrada de la memoria colectiva; para muchos armenios, no es solo una cuestión territorial, sino una herida identitaria. Además, la eliminación de símbolos históricos, como la iconografía del Ararat en los sellos oficiales, ha sido percibida como una forma de auto-limitación simbólica. A esto se suma el conflicto con la Iglesia Apostólica Armenia, pilar histórico de la continuidad nacional. Las tensiones entre el gobierno y la dirección eclesiástica han profundizado la fractura, incluso en la diáspora, y el riesgo no es solo político: es de identidad.
Armenia se enfrenta a una encrucijada estrecha: por un lado, la normalización con Azerbaiján y Turquía podría abrir rutas comerciales, reducir el aislamiento, generar crecimiento; por otro, sin un sistema robusto de garantías multilaterales, la paz podría ser reversible. El Cáucaso del Sur hoy es un cruce de intereses entre Rusia, Turquía, Irán, Europa y Estados Unidos, donde Armenia no tiene la fuerza de imponerse, pero puede tener la inteligencia de insertarse como nodo de equilibrio. Para ello, debe evitar dos errores: creer que Occidente reemplazará automáticamente a Rusia como garante de seguridad, o pensar que el regreso exclusivo bajo el paraguas ruso todavía es posible como en el pasado.
La supervivencia armenia, hoy, pasa por una diplomacia delicada, una estabilización interna y un uso inteligente de su posición geográfica. 2026 no será solo un año electoral, será una prueba de madurez geopolítica.
Giorgio Arconte
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