El más allá de la tragedia griega: un ensayo del helenista Davide Susanetti

Giovanni Sessa
https://www.paginefilosofali.it/laltrove-della-tragedia-greca-un-saggio-del-grecista-davide-susanetti-giovanni-sessa/
Ya
está en las librerías un nuevo ensayo de Davide Susanetti, helenista de
la Universidad de Padua, en el que el estudioso cuestiona la
"inactualidad" de la tragedia ática. Nos referimos al volumen, L'altrove
della tragedia greca. Escenas, palabras e imágenes, publicado por
Carocci (pp. 187, 20,00 euros). No se trata de la habitual
reconstrucción histórico-herética del teatro trágico: "tanto como [...]
del encuentro meditativo con una serie de imágenes y palabras que
resuenan de las escenas trágicas" (p. 10) y cuyo eco disonante llega
hasta nosotros. Susanetti introduce al lector en las coyunturas más
relevantes que el teatro, por excelencia el "juego de Dioniso", ha
producido en Grecia. Se detiene, entre otros, en los temas de la
identidad, el dolor, la polis, el cuerpo, lo masculino y lo femenino, y
la tradición. La lectura del texto resulta atractiva y amena por la
fluidez de la prosa, que se corresponde bien con el metamorfismo
dionisíaco escenificado por el tragediógrafo. El incipit del volumen nos
traslada al proscenio de las Bacantes de Eurípides, del que emerge con
fuerza la figura de Penteo, rey de Tebas. Dioniso ha llegado a la
ciudad: las mujeres le han seguido montaña arriba, embriagadas por su
inquietante presencia.
El rey ordena la captura del dios, que es
conducido así al palacio. A las palabras de Dioniso, que desestabilizan
los falsos conocimientos y las certezas apodícticas de Penteo, éste no
sabe responder más que reafirmando con orgullo su propia identidad y su
noble cuna. Dioniso sorprende: de repente sacude el palacio con un
movimiento sísmico. El rey pierde el control, se convierte, en cierto
modo, en siervo del dios que dirige el juego, destinado a mostrar la
inanidad de cualquier identidad. Empuja a Penteo por "un camino en el
que, paso a paso, cada atributo de esa identidad tan convencida [...] se
hace añicos, convirtiéndose en su opuesto exacto" (p. 13). De ser un
hombre de orden, se transforma en un bacante desenfrenado y finalmente
es despedazado por sus congéneres, incluida su madre. Su cuerpo es
despedazado. Sólo entonces toma conciencia Penteo del profundo
significado de su nombre, cuya etimología hace referencia al "dolor". La
frase de azote del dios indica la condición en la que se encuentra su
deuteragonista: "No sabes lo que experimentas, no sabes lo que ves, ni
siquiera sabes quién eres" (p. 15). La potestas divina pone en tela de
juicio las distinciones falaces producidas por la aproximación meramente
conceptual a lo real, las indicaciones epistémicas del lógos y todas
las opiniones y elecciones que descienden de esta identidad: indica, en
la tragedia, como había intuido Nietzsche, un "más allá" del que la
mayoría no tiene conocimiento, una "unidad esencial" (Ur-eine) de la
physis, que se dice en lo múltiple.
La representación trágica
muestra que Dioniso disuelve los vínculos, las identidades falsamente
osificadas, renovando la mirada sobre el mundo. La catarsis trágica es:
"purificación de la obstinada terquedad del yo que es propia de cada
uno" (p. 18). En la tragedia, señala Susanetti, el descenso a los
infiernos, al contrario que en los Misterios, no se transmuta en vita
nova. El dicho trágico es la travesía del dolor, que sugiere al
espectador, incluso al contemporáneo, el "excedente de un más allá que
queda por completar y atravesar" (p. 19). El excedente indicado en el
Coro de los Ancianos de Argos del Agamenón de Esquilo, que apelan a la
Sabiduría que, según la lección de Heráclito: "acepta y al mismo tiempo
se niega a envolverse en un solo nombre. La unidad de todos los opuestos
[...] es tó sophón: principio de todas las determinaciones, cada una de
las cuales se refiere a ella y la nombra, sin coincidir con ella" (p.
27). La tragedia es la transcripción escénica de la primera locución de
Anaximandro y del rasgo polemológico de lo real, leído como suma de
"determinaciones": "cada cosa se afirma ejerciendo su derecho a ser
contra el derecho de otra [...] de lo que deriva en el contraste
recíproco la "injusticia" por la que deben pagar el precio" (p. 30). Es
necesario, por otra parte, no pensarse a sí mismo como independiente del
todo, no encerrarse en el "pensamiento privado" heracliteano, sino
propiciar en uno mismo la intuición del Uno-Todo, del que los entes son
la "expresión" (por utilizar una palabra de acuñación colliana).
Las
Súplicas de Esquilo nos sitúan, nos recuerda el autor, ante el tema de
la "posible" salvación. La duda que embarga al rey Pelasgo, en relación
con la petición de las cincuenta hijas de Danaos de ser salvadas de sus
perseguidores, se resuelve recurriendo al peithó (persuasión) y al túche
(destino): "los dos únicos recursos en los que apoyarse, no para
encontrar la salvación, sino para estar unidos y de acuerdo en lo que
debe hacerse" (p. 40). Es la dimensión comunitaria, política, la que
emerge, gracias al descubrimiento de: "La memoria común que toca un
tiempo absoluto más allá de las diferencias que se captan en el
presente" (p. 35). Nos referimos, en este caso, a los acontecimientos
del mito fundador de Io, que une a las Danaides con las Argives. En
conclusión: "Es la justicia de Zeus la que vela por los suplicantes, es
la justicia de la ciudad la que da la cara por ellos y por el dios" (p.
41). La misma situación puede leerse en el vínculo que une a los
Coéforos y Euménides de Esquilo. A través de la narración de los
trágicos acontecimientos de Orestes, las dos obras de Esquilo ponen de
manifiesto cómo la pólis, para salvaguardar la "medida"
olmpico-apollinea, debe reintegrar tó deinón, lo terrible, la sombra del
mito, simbolizada por el poder de las Erinyes. La tragedia promulga
una: "reconfiguración en la que el pasado es aceptado y preservado en el
fondo del presente [...] que corresponde [...] a la idea misma de
tradición" (p. 51).
En Las troyanas de Eurípides, es el cuerpo de
Hécuba el que desempeña un papel protagonista. Un cuerpo humillado,
ofendido, catatónico, símbolo de la humillación de la ciudad de Príamo.
El dolor silencia el cuerpo: "La tragedia consiste [...] en este
movimiento opuesto que suspende la mortal elisión de la palabra, que
agarra lo humano justo antes de que se precipite en la condición de
[...] "cosa muda"" (p. 92). El cuerpo se convierte en pura phoné, voz
de puro dolor que se eleva a la dimensión del canto. Un cuerpo-voz
desprovisto de lógos, que acompaña rítmicamente el retorcimiento de los
miembros azotados por el dolor. No hay medida, ni esperanza de gloria
futura como en el épos homérico, sino testimonio de la "vida desnuda":
"Poesía de los cuerpos asolados por la desgracia. Poesía que transfigura
el dolor y al mismo tiempo recuerda ese umbral de lo 'invisible' al que
está destinado el mortal" (p. 99).
Frente a esto, Susanetti
observa que Hellas lee psuché no sólo como 'vida', sino también como
'alma' (órfica y pitagórica): 'que transmigra de una existencia a otra
[...] el fin es sólo un pasaje' (p. 165). Esto debería inducir un cierto
distanciamiento de la dimensión "pesada", meramente "cosal" del ser
anterior, de nuestro "ser-fuera": deberíamos sentir ese éleos, esa
pietas, de la que experimentamos durante las representaciones del teatro
trágico, situados en presencia de los acontecimientos en los que se ven
envueltos los héroes. La misma condición interior que, según Platón
(mito de Er), sintió Odiseo en el momento de elegir la vida "correcta".
Éstas son algunas de las cuestiones que Susanetti "vuelve a recordar" en relación con lo trágico. Le estamos agradecidos.
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