Los placeres del ecologismo capitalista

por Andrea Zhok
https://www.ideeazione.com/i-piaceri-dellambientalismo-capitalista/
Hace
tiempo que es imposible escapar a la publicidad más intrusiva en el
agradable tramo de la capital ambrosiana que conduce a la estación de
tren. La forma más intrusiva con diferencia son las omnipresentes
pantallas que lanzan sus bombas de racimo publicitarias las 24 horas del
día, a veces de forma directa, a veces disfrazadas de "información".
El
acosador intruso que aparecía hoy en las pantallas era un conocido
archistar que ensalzaba, con la seria profesionalidad que caracteriza a
la clase, lo indispensable que es hoy la 'sostenibilidad'. La
"sostenibilidad" es hoy, dijo, un deber moral que nadie puede eludir. Al
fondo del lugar de la entrevista se podía ver la hermosa arcada del
Statale di Milano, que como cada año, durante el Salone del Mobile, se
ve invadida por policromías e impresionantes instalaciones. Los
afortunados que deambulan por los espacios universitarios, cada vez más
refractarios a las trivialidades del saber, pueden admirar cada año una
gran variedad de instalaciones, algunas de ellas objetivamente
espectaculares. El tema de este año, y de hecho más o menos todas las
ediciones recientes, es el MEDIO AMBIENTE. Sobre una colosal pila de
contenedores creativos, plantados junto a bajorrelieves centenarios,
destacan este año las palabras "Salvemos el planeta".
La página
web del Fuori Salone 2023 dice, y no tenemos motivos para no creerlo,
que Milán está animada estos días por nada menos que 946 eventos en
diversos puntos de la ciudad. Cada uno de estos eventos se prepara con
semanas de trabajo manifiesto (a menudo verdaderas obras de
construcción) y meses de trabajo de proyecto.
Como cualquiera
puede comprobar, cada año estos eventos van precedidos de quince días de
trabajo dedicados a la construcción de estas instalaciones creativas,
seguidos, al final del evento, de una buena semana de destrucción de las
mismas instalaciones, que luego se destinan al vertedero.
Allí. Permítame ahora esta somera reflexión.
Cuando
hablamos de "sostenibilidad", si nos hemos preguntado qué significa
esta palabra, debemos saber que estamos hablando de una cuestión
exquisitamente LIMITADA. En concreto, todas las actividades que
realizamos son, por supuesto, productoras de entropía en diversas
formas. Consumimos recursos y producimos desorden, residuos,
contaminación, subproductos. El planeta que coralmente estamos llamados a
salvar es un sistema en equilibrio que afortunadamente tiene ciertas
capacidades para metabolizar los residuos y reponer sus recursos
(esencialmente gracias a la contribución de la radiación solar). Pero lo
que sabemos al menos desde los estudios de Herman Daly en la década de
1970 es que un sistema de crecimiento infinito como el de la economía
contemporánea está en rumbo de colisión fatal con sistemas finitos en
equilibrio como los ecosistemas (y los organismos individuales que hay
en ellos). De ahí el problema de la sostenibilidad medioambiental.
El
problema no puede eludirse de ninguna manera. Hablar de
"sostenibilidad" al margen significa y sólo puede significar una cosa:
la aceptación de los límites. No límites al desarrollo social y
cultural, pero desde luego límites al crecimiento del consumo y la
producción de residuos. El llamado problema del "calentamiento global",
para quienes lo sostienen, es sólo una de las posibles implicaciones de
esta contradicción estructural, pero todos los numerosos y constatados
(y, a diferencia del "calentamiento global", silenciados) problemas de
desequilibrio medioambiental del mundo contemporáneo dependen de este
mismo mecanismo.
Bien. Ahora volvamos por un momento a nuestro
archistar y a sus palabras sobre el imperativo de la sostenibilidad. Si
hablamos de sostenibilidad, hablamos, como hemos dicho, de límites. La
cuestión central, la única que debería preocuparnos seriamente es: ¿qué
límites?
En nombre de una lectura totalmente unilateral del
ecologismo, hoy se nos habla continuamente a los plebeyos de la
necesidad de reducir el consumo, de cerrar los radiadores, de apagar las
luces, de desguazar el coche viejo para comprar (¡con bonificación!)
coches eléctricos cuatro veces más caros, de comer carne sintética y
harina de insectos, de dejar de hacer barbacoas, de empapelar la casa
familiar con certificados energéticos, etc. Y simultáneamente, de forma
apenas disimulada, nos rodean las más variadas formas de persuasión
moral destinadas a dejar de reproducirnos, a acoger con una sonrisa
cualquier compresión salarial y, por último, a facilitar la jubilación
anticipada en este valle de lágrimas. El mensaje básico con el que nos
bombardean es: "Eres un pernicioso viviente, qué vergüenza, intenta
producir mucho, consume poco y muérete pronto".
Y por otro lado qué no se haría para salvar el planeta.
En
resumen, nuestro querido archistar, desde las alturas de su conciencia
superior del bien supremo del planeta nos está explicando, con un tinte
de desprecio, que debemos dejar de festejar, como evidentemente hemos
estado haciendo ininterrumpidamente hasta ahora, porque, cielos, hemos
estado viviendo por encima de nuestras posibilidades y ya es hora de
acabar con ello. Así que, si le he entendido bien, está intentando
explicarnos que cosas como ese monstruoso potlatch que utilizó para
entretener a audiencias de todo el mundo entran dentro del epígrafe
"sostenibilidad" (de hecho, así lo pone en él). Esta feria de lo
efímero, estos anuncios colosales destinados a la chatarra en una semana
son la cara progresista de la "sostenibilidad", y usted es el que no lo
entiende.
Esta gran hoguera cíclica hecha para mayor gloria de
las ventas no es, por supuesto, el privilegio de los pobres fabricantes
de muebles. Imagíneselo. Esa hoguera está en constante compañía de un
enjambre global de hogueras sacrificiales con los mismos fines
publicitarios, emitidas a la fuerza desde millones de pantallas en
lugares públicos. Y puesto que la publicidad es una mercancía
posicional, dependiente de su relación con los competidores, no hay
límite a la cantidad de recursos que se destinan a instar a los
consumidores a consumir (¡pero un consumo virtuoso, ecológico y
sostenible!).
¿Y qué es el consumo ecológico? Bueno, como es bien
sabido, desde hace años el único sector que sigue teniendo un consumo
(y unos ingresos) crecientes es el sector del lujo. Que es, por
supuesto, tecnológicamente puntero, y por tanto verde, muy verde, no
como ese apestoso de su barbacoa dominical, no como ese puto cacharro
que le garantizaron hace diez años como respetuoso con el medio
ambiente?
Porque por si no se había dado cuenta, quemar el 20% de
los recursos industriales mundiales en pelusas cromadas, en bombo
creativo, en tonterías mercenarias para ganar una tajada del mercado,
eso es "ecológico". Comprar el tercer yate o el décimo Ferrari es
ecológico y huele bien en el aliento. Gastar 130.000 millones en gastos
militares por cuenta de terceros también es ecológico.
Basta con
dejar de beber, comer, reproducirse, tocarse los cojones con el TAC y
producir flatulencias (que son gases de efecto invernadero).
Y entonces nos llevaremos bien y el planeta se salvará.
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