Silicon Valley y la ilusión de una renta básica universal



​Nicolas Maxime

A veces hay que escuchar a los profetas del desastre como Laurent Alexandre, que prometen el fin del trabajo y la implantación de una renta básica universal de 15 000 euros al mes. Su argumento es el siguiente: una «superinteligencia» y los robots humanoides crearían tal valor que el crecimiento se dispararía, lo que permitiría distribuir gratuitamente los frutos de una productividad sin límites. Según esta visión, pasaríamos de una renta de subsistencia a una «superrenta universal» financiada por el trabajo de las máquinas. Sería un mundo maravilloso de abundancia en el que todos vivirían felices sin trabajar.

​Sin embargo, lo que el Sr. Alexandre olvida —o finge ignorar— es que el crecimiento no es una abstracción, ya que depende de flujos físicos relacionados con la energía. Como ha demostrado brillantemente Jean-Marc Jancovici, vivimos con recursos limitados en un mundo finito. En este contexto, la promesa de unos ingresos abundantes se desmorona. La renta básica concedida tan «generosamente» por Silicon Valley no podrá ser más que de bajo coste. Apenas permitirá sobrevivir, ya que, sencillamente, no habrá suficientes ganancias de crecimiento para sostener ese nivel de vida. Nos dirigimos hacia un estancamiento, o incluso una recesión de nuestro nivel de vida, muy lejos del paraíso robotizado anunciado y de la promesa de abundancia sin límites.

​Es ahí donde el capitalismo entra en total contradicción consigo mismo. Si seguimos el análisis de Karl Marx, el sistema se basa en la extorsión de la plusvalía derivada del trabajo humano. Al sustituir masivamente al hombre por la máquina, el capitalismo destruye la fuente misma de su valor. Si las máquinas lo producen todo pero los humanos ya no tienen salario (o solo unos ingresos de supervivencia «low cost»), ¿quién comprará la producción? El sistema se satura y se asfixia a sí mismo.

Solo surge un punto positivo: la desaparición de los «bullshit jobs». Estos empleos de oficina sin sentido, a menudo ocupados por la clase media alta, son los primeros amenazados por la IA general. Esta vez, ya no son los obreros los que son sustituidos, sino los ejecutivos y los expertos.

Además, resulta bastante irónico ver a los neoliberales y otros libertarios, supuestos defensores del «valor del trabajo», promover un mundo en el que el trabajo desaparece en beneficio de una renta tecnológica.

La «superrenta universal» prometida por Silicon Valley es una proyección ideológica, desconectada de las limitaciones físicas y de las lógicas económicas fundamentales. Detrás de esta promesa seductora se esconde otra realidad: sin una base material sólida, sin crecimiento real y sin trabajo humano que estructure la distribución de los ingresos, este modelo no se sostiene. En realidad, si llegara a ver la luz, no sería una renta de la abundancia, sino una renta universal de bajo coste, destinada a mantener a flote una sociedad empobrecida —lejos, muy lejos del paraíso tecnológico anunciado.


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