Se recrudecen las críticas de Trump a la OTAN: ¿sigue vigente el artículo 5?



Markku Siira

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asiste a una reunión bilateral con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, al margen de la reunión anual del Foro Económico Mundial (FEM), celebrada el 21 de enero de 2026 en Davos, Suiza. La reunión anual de líderes políticos y empresariales se celebra en medio de crecientes tensiones entre Estados Unidos y Europa por una serie de cuestiones, entre ellas la promesa de Trump de adquirir Groenlandia, un territorio danés semiautónomo. (Foto de Chip Somodevilla/Getty Images)

El segundo mandato del presidente Donald Trump ha elevado las tensiones internas de la OTAN a un nivel sin precedentes. Aunque la actitud crítica de Trump hacia la alianza militar no es nueva, sus recientes declaraciones apuntan a un cambio cualitativo: ya no se trata solo de quejarse del desequilibrio en las contribuciones financieras, sino de cuestionar los principios mismos de la alianza.

Según el experto en política internacional Risto E. J. Penttilä, la OTAN se encuentra de nuevo en una grave crisis tras las últimas declaraciones de la Casa Blanca. La novedad es que tanto el presidente Trump como el secretario de Estado Marco Rubio hablan abiertamente de una reorganización de las relaciones de Estados Unidos. No se trata de la diplomacia habitual entre aliados, sino, según la descripción de Penttilä, de una «crisis matrimonial en la relación transatlántica».

En el centro de las últimas críticas de Trump a la OTAN se encuentra la actitud reticente de los países europeos ante la petición de Estados Unidos de participar en la apertura del estrecho de Ormuz durante la guerra con Irán. Trump considera que ha ayudado a Europa en Ucrania, por lo que ahora le habría tocado a Europa apoyar a Estados Unidos. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha calificado la actuación de los europeos como «una prueba en la que han fracasado». En la cruda visión del mundo del caprichoso Trump, este tipo de comportamiento no se olvida ni se perdona.

Los aliados europeos de Estados Unidos no han condenado el ataque estadounidense a Irán, al igual que no condenaron el ataque ruso a Ucrania, aunque en Europa se haya considerado, con toda razón, una guerra de agresión ilegal. Ni siquiera se informó de antemano a los aliados de la OTAN sobre la planificación operativa. Si la OTAN es una alianza defensiva, ¿por qué deberían sus miembros apoyar a Estados Unidos en una operación que pisotea el derecho internacional, en la que, según Trump, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se vio arrastrado? ¿Por qué las normas que se aplican a Rusia no se aplican a todos los países?

En los círculos euroatlánticos se afianza la idea de que Estados Unidos ya no está tan comprometido con la defensa de Europa, y menos aún con la de los países fronterizos con Rusia. El artículo 5 de la OTAN, según el cual un ataque contra un Estado miembro es un ataque contra todos, ha sido la piedra angular de la alianza desde los tiempos de la Guerra Fría.

Si se rompe la fiabilidad de esta automaticidad, la OTAN se convertirá, en esencia, en una plataforma de coordinación en la que se destaque la cooperación europea y el poderío militar de Estados Unidos actúe únicamente como un elemento disuasorio potencial, y ya no como garante seguro de las garantías de seguridad.

En este contexto surge una teoría marginal, pero políticamente interesante: Trump quiere retirar a Estados Unidos de la OTAN porque, tras la guerra con Irán, el siguiente objetivo de un posible ataque de Israel podría ser Turquía, un país miembro de la alianza militar. En ese caso, el artículo 5 de la OTAN se consideraría un obstáculo estratégico para el ataque.

Para la administración Trump, Israel es un socio mucho más importante que Turquía, y en un contexto más amplio también surge el sueño sionista del Gran Israel, al que se incorporarían territorios de Siria, Líbano, Egipto, Jordania, Irak, Arabia Saudí y Turquía.

Las tensiones entre Israel y Turquía se han agudizado considerablemente en los últimos años. El ministro de la Diáspora israelí, Amichai Chikli, ha calificado al presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, de «islamista fundamentalista» y ha descrito a Turquía como «el nuevo Irán».

Esta retórica se ha visto reforzada también en un reciente análisis del Jerusalem Post, en el que se considera a Turquía una amenaza creciente para Occidente e Israel —una especie de sucesor de Irán como alborotador regional que apoya a Hamás y desafía la unidad de la OTAN—.

Por su parte, Erdoğan ha calificado las acciones de Israel en Gaza de genocidio y ha dictado una orden de detención contra el primer ministro Netanyahu. Israel ha intensificado su cooperación en materia de defensa con Grecia y Chipre, rivales tradicionales de Turquía.

Detrás de las amenazas públicas de Israel podría haber también un intento estratégico de reforzar la posición de Erdoğan en la política interna. En el Parlamento turco se ha criticado al presidente por mantener una cooperación práctica con Israel en contra de su retórica pública.

Los últimos datos de la Oficina de Estadística de Israel indican que Turquía exportó a Israel mercancías por valor de más de 924 millones de dólares en 2025. El comercio ha continuado, en parte a través de terceros países y gracias a prácticas estadísticas cuestionables. Esta contradicción entre palabras y hechos hace improbable una ruptura total.

Sin embargo, la teoría especulativa sobre un posible ataque de Israel a Turquía —que Estados Unidos apoyaría desde fuera de la OTAN— ilustra una dinámica más amplia: la Administración Trump no ve a la OTAN como una alianza de defensa sagrada, sino como un instrumento del que se puede prescindir si es necesario, en caso de que ya no sirva a los intereses de seguridad de Estados Unidos o de sus aliados especiales.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a quien Trump ha llamado anteriormente «papá», describió su reunión en la Casa Blanca como «directa y abierta». Como formulación diplomática, esto probablemente suaviza el tono irritado del presidente. Rutte dijo que entendía la decepción de Trump, pero al mismo tiempo destacó que muchos países europeos ayudaron a Estados Unidos contra Irán, por ejemplo, cediendo sus aeropuertos para el uso de bombarderos.

Es poco probable que Estados Unidos se retire por completo de la OTAN —Trump ni siquiera podría tomar esa decisión por sí solo—, pero en las conversaciones ya se ha planteado la reubicación de las tropas: se podrían trasladar soldados de Alemania, por ejemplo, a Rumanía y a otros países que han sido más leales a Trump.

Aunque la OTAN se ha visto envuelta en repetidas tormentas durante el segundo mandato de Trump —el peor ejemplo son las amenazas de anexión de Groenlandia—, los actores euroatlánticos esperan que la alianza sobreviva, aunque ya no en su forma actual. Algunos esperan que la situación se normalice durante el mandato del próximo presidente de Estados Unidos.

Dado que la arquitectura de seguridad entre Rusia y Europa es, en la situación actual, una opción totalmente descartada, la OTAN del futuro podría ser más europea y depender menos de las garantías de seguridad de Estados Unidos. El peso simbólico y operativo del artículo 5 se debilitará y, en su lugar, surgirá una cooperación más puntual y basada en los intereses. Este cambio puede resultar ser el legado transatlántico más significativo del segundo mandato de Trump.

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