¿Prefieres vivir en Tecnópolis o en Platonópolis?



por Marcello Veneziani 

Fuente: Marcello Veneziani y https://www.ariannaeditrice.it/articoli/preferisci-vivere-a-tecnopolis-o-a-platonopoli

Hace cuatrocientos años, en 1626, el filósofo y ministro Francis Bacon ideó “La Nueva Atlántida”, una obra utópica que describía una isla ideal, Bensalem, gobernada por una tecnocracia científica. En el centro se encontraba la “Casa de Salomón”, un templo-laboratorio dedicado a la investigación experimental y al progreso tecnológico para mejorar la vida humana, anticipando los modernos centros de investigación y el enfoque científico contemporáneo.

Cuatro siglos después, ese sueño bíblico se tiñe de transhumanismo, inteligencia artificial y nuevas tecnologías para superar el envejecimiento, la muerte, los límites de nuestro conocimiento y de nuestras posibilidades físicas. Quien se propone realizar el sueño de Bacon (aunque no es el único), es un ingenioso empresario y filósofo, también implicado en la aventura política de Trump: Peter Thiel, quien recientemente visitó Italia para una serie de conferencias. Thiel forma parte de esos “titanes” o superhombres como Elon Musk, Alex Karp o Bill Gates, que quieren guiarnos hacia el futuro y el espacio, generando mutaciones posthumanas. 

Thiel, con su empresa orientada al futuro, Palantir Technologies, pretende hacer realidad la Casa de Salomón y la ciudad ideal de Bensalem, adelantada por Sir Francis Bacon en la Inglaterra del siglo XVII. Hay una palabra, en realidad un acrónimo, que resume el proyecto: TESCREAL, en el que confluyen teorías y prácticas tecnológicas, desde el transhumanismo hasta el longtermismo. H+ o Homo plus es el resultado al que aspiran: una revolución antropológica a través de la inversión de la entropía, jugando entre lo físico y lo virtual, la exploración espacial y la genética, para vivir sin fin, más allá de la condición humana. 

Algunos anuncian incluso el nacimiento de un “altruismo efectivo”, pero trabajan para una especie de eugenesia orientada hacia lo sobrehumano y, por tanto, destinada a unos pocos elegidos. Antiguos sueños gnósticos y prometeicos para individuos o pueblos elegidos, proyectos científicos y tecnológicos modernos que buscan diseñar la posthumanidad futura; pero quienes deciden sus rasgos y objetivos son estos audaces cosmonautas del futuro que quieren remodelar el hombre y el mundo, el cuerpo, la mente, la tierra.

¿Te gustaría vivir en la Nueva Atlántida o prefieres la antigua, mítica, sumergida, a la que también aludió Platón? Es más, para ser más precisos, ¿prefieres vivir en la Bensalem de Bacon o en Platonópolis? El proyecto de Platonópolis se remonta a un filósofo y místico del siglo III d.C., Plotino, pensador de la belleza, el retorno y la metafísica. Proveniente de Egipto, vivió mucho tiempo en Roma, donde fundó una escuela platónica, y finalmente se retiró al campo de Minturno. Plotino pensó en fundar una ciudad inspirada en Platón y sus principios, e intentó convencer al emperador de su época, Galieno, de construirla al sur de Roma. Escribí sobre ese sueño en un libro dedicado al pensador, “In vita mia. Memorias de Plotino”, que sale esta semana en Universale Feltrinelli (174 páginas, diez euros). El libro, escrito a principios del nuevo milenio como si fuera una autobiografía de Plotino, es el relato de su vida y su balance, pero también un viaje por su pensamiento y su obra al final de su vida. Un capítulo entero está dedicado al sueño de esta ciudad ideal, guiada por filósofos e inspirada en los principios de la sabiduría, aplicados a la vida práctica y comunitaria.

Dos utopías se enfrentan en nombre de Bacon y Platón: la ciudad perfecta de la técnica y la ciudad ideal del pensamiento, una inspirada por los dioses, la otra impulsada por el sueño de sustituirlos. “Seréis como dioses”, es la promesa que la serpiente bíblica hace a Eva en el Génesis (3,5). Serás como Dios, conocerás el bien y el mal, no conocerás la muerte ni el sufrimiento, serás autosuficiente, ya no necesitarás lo divino. La ciudad de Platón, en cambio, está inspirada por los dioses y guiada por la idea del Bien, pero sigue siendo una ciudad de hombres que viven en sabiduría y medida, sabiendo que el tiempo es “imagen móvil de lo eterno”. La tecnología aspira a sustituir a Dios, al hombre y a la naturaleza; la sabiduría, en cambio, configura una civilización humanística, que vive en el culto y el respeto a lo divino, al sentido del límite y al orden universal, fundada en la justicia, la verdad y la diferencia armoniosa entre sus ciudadanos y sus funciones. Una está bajo el signo del cambio, la otra bajo el signo del ser.

Ambas utopías son indicativas, no pueden realizar la ciudad perfecta en la tierra, pero se inspiran en dos ideas opuestas: el bien como poder, supremacía y eficiencia; el bien como amor a Dios, amor al destino, amor a la patria. Sería difícil encontrar un fontanero en Platonópolis, pero quizás más difícil sería encontrar un pensamiento crítico en Tecnópolis. Por supuesto, el ideal sería una síntesis óptima entre ambas experiencias, con una ciudad técnicamente equipada y organizada como Tecnópolis, pero inspirada en los principios humanistas de la sabiduría, a medida de hombre y no de autómata, como Platonópolis. Mientras tanto, vivimos en este mundo, en estas ciudades, entre guerras, miserias, deficiencias, desequilibrios y peligros. 

Es bello soñar con la perfección e inspirarse en sus ideales, pero luego hay que despertar en la ciudad real, imperfecta y carente, y esforzarse por hacerla al menos más habitable. Lo que a nuestros ojos significa más humana, no menos humana. Como dijo Pascal, “el hombre no es ni ángel ni bestia, y la desgracia es que quien quiere hacer el ángel hace la bestia”. Somos hombres, no algoritmos.

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