La gran falla de nuestro tiempo: el esnobismo del diploma en lugar de la conciencia de clase

 




Eric Feremans

Durante mucho tiempo, la política se entendió como una lucha entre el trabajo y el capital. Los trabajadores votaban a la izquierda, los poseedores de capital a la derecha. Ese esquema ha cambiado fundamentalmente hoy. La línea de fractura principal en nuestra sociedad ya no es principalmente económica, sino sociocultural: altamente cualificado contra poco cualificado.

Este cambio explica por qué grandes sectores de la población activa en Estados Unidos han apoyado masivamente a Donald Trump. No porque de repente se hayan convertido en capitalistas, sino porque ya no se sienten representados por la izquierda política que, históricamente, defendía sus intereses.

La primera causa radica en la realidad económica de las últimas décadas. La globalización y el cambio tecnológico han debilitado el trabajo industrial. Las fábricas han desaparecido, la seguridad también. Pero en lugar de responder firmemente a esta disrupción, la izquierda se ha ido asociando cada vez más con otra agenda: clases medias urbanas, temas culturales y política identitaria. Para muchos trabajadores, esto fue percibido como una ruptura.

A esto se suma un profundo sentimiento de alienación cultural. Los entornos altamente calificados dominan las universidades, los medios y la política. Su lenguaje, sus valores y normas se convierten en la norma. Quienes no encajan en ello no lo experimentan como neutralidad, sino como exclusión. Lo que para un grupo representa un avance, para otro se vive como una pérdida de reconocimiento y respeto.

La política lo traduce en un desplazamiento de intereses hacia la identidad. La pregunta “¿qué gano?” ya no es central, sino “¿me siguen viendo?”. Trump entendió perfectamente ese mecanismo. Su discurso no ofrecía soluciones económicas coherentes, sino otra cosa: reconocimiento, imágenes claras de enemigos y la promesa de desafiar a las élites. Para muchos, eso resultaba más convincente que propuestas políticas complejas.

Por otro lado, están los altamente cualificados. En promedio, se benefician más de la economía globalizada, trabajan con mayor frecuencia en sectores de conocimiento y tienen más confianza en las instituciones. Sus valores son cosmopolitas, su marco de referencia es internacional. Por eso, votan con mayor frecuencia por partidos progresistas o de derecha moderada, y se oponen a las disruptivas políticas populistas.

Esta oposición no es un detalle, sino el núcleo de la política contemporánea. El diploma se ha convertido en una forma de identidad. No solo determina las oportunidades económicas, sino también la visión del mundo, los valores y las preferencias políticas.

Bélgica no es una excepción a esta evolución. En Flandes, los grupos menos calificados votan cada vez más por partidos que se posicionan como anti-establishment y que enfatizan la inmigración y la identidad. Al mismo tiempo, los electores altamente calificados se inclinan hacia partidos que priorizan el clima, la cooperación internacional y la estabilidad institucional.

Para la izquierda tradicional, esto representa un problema estructural. Intenta representar dos mundos a la vez: por un lado, la base histórica de trabajadores, y por otro, una nueva base urbana altamente calificada. Estos dos grupos no siempre comparten las mismas prioridades. Lo que para uno es una necesidad moral, para el otro puede ser visto como una amenaza.

El resultado es un estancamiento político. La izquierda pierde coherencia, mientras que la derecha logra reunir diversas frustraciones en una narrativa sencilla. No porque la derecha sea menos dividida, sino porque responde mejor al sentimiento de pérdida y alienación.

El verdadero desafío no consiste en repetir esquemas antiguos, sino en entender esta nueva línea de fractura. Mientras se ignore la distinción entre altamente cualificado y poco cualificado, la izquierda seguirá dividida y perderá terreno. Quien tome en serio esta realidad comprende que el futuro de la política progresista no reside en más discusiones internas, sino en reconstruir un proyecto social compartido donde el reconocimiento, la seguridad y la solidaridad vuelvan a unirse.

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