Guerra de desgaste en Ormuz: cuando el tiempo juega a favor de Irán
El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo y del GNL mundial, se ha convertido en el escenario de una implacable guerra de desgaste energético. Desde los ataques estadounidense-israelíes del 28 de febrero de 2026, Irán inicialmente cerró el paso en represalia, antes de adoptar una estrategia selectiva: permite el paso de ciertos barcos (sobre todo hacia China, India u otros países “amigos”) mediante acuerdos o peajes.
Por su parte, Estados Unidos ha impuesto desde el 13 de abril un bloqueo naval selectivo en todos los puertos y movimientos marítimos iraníes. Oficialmente, Washington no bloquea toda la vía (por razones de derecho internacional), pero en la práctica, el tráfico comercial se ha ralentizado significativamente: muchos petroleros permanecen en puerto por temor, y varios barcos ya han sido interceptados o obligados a dar media vuelta.
Esta asimetría refuerza el análisis del Financial Times: los iraníes están convencidos de que el tiempo juega a su favor. Cuanto más se prolongue el bloqueo, mayores serán las limitaciones económicas y políticas de Estados Unidos y sus aliados, mejorando la posición de negociación de Teherán en caso de reanudar las conversaciones.
Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), calificó esta crisis como “la mayor amenaza para la seguridad energética mundial en la historia”, por encima de los shocks petroleros de los años 70. La pérdida de aproximadamente el 20 % del suministro mundial amenaza con provocar varios años de alta inflación, recesión y racionamiento de combustibles. Los efectos no son inmediatos (ya que volúmenes importantes estaban en mar en el momento de los ataques), pero ahora se sienten claramente.
Estados Unidos, como productor neto de petróleo, cuenta con una autonomía relativa que los protege en parte. Sin embargo, no pueden ignorar las consecuencias dramáticas para el resto del mundo, en especial Europa y Asia, muy dependientes de los hidrocarburos del Golfo. Europa ya enfrenta riesgos de racionamiento (incluido queroseno para la aviación) y una inflación galopante, mientras que Asia sufre de lleno el aumento de precios y las perturbaciones logísticas.
Paradójicamente, la postura estadounidense, más rígida que el cierre inicial iraní, es vista por muchos aliados como una escalada que agrava la catástrofe económica mundial. Irán aparece casi “pragmático” al permitir un paso selectivo, mientras Washington impone un bloqueo más estricto para asfixiar los ingresos de Teherán.
Esta situación ilustra perfectamente una guerra de desgaste: Irán inflige daños a menor costo (drones, misiles, minas baratas), mientras Estados Unidos agota reservas costosas y su capital político entre sus socios. En Europa, la preocupación crece y proliferan las iniciativas diplomáticas para reabrir el estrecho, a veces sin una coordinación total con Washington.
Al final, cuanto más paralizado permanezca el estrecho, mayores serán los costos humanos, económicos y geopolíticos. El tiempo corre en su contra, pero por ahora, parece que Irán tiene la ventaja en esta prueba de resistencia.
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