Geopolítica del caos controlado: teoría de juegos, imperios en declive y la larga marcha hacia un mundo multipolar
por Mario Pietri
Hay un hilo conductor —sutil pero implacable— que une el lenguaje aparentemente errático de la política exterior estadounidense contemporánea, la postura estratégica de Rusia en la guerra de desgaste ucraniana y la creciente tensión sistémica que atraviesa las rutas energéticas globales: ese hilo es la teoría de juegos aplicada a la geopolítica del colapso.
La lección del profesor chino, experto en estrategias predictivas —o, por usar una definición más acorde con su perfil intelectual, según los análisis de Jiang Xueqin, una especie de «psico-historiador» contemporáneo que mezcla teoría de juegos, ciclos históricos e intuiciones sistémicas— no parte de eslóganes, sino de una premisa estructural: lo que parece caos es a menudo una forma sofisticada de racionalidad no lineal, una secuencia de movimientos que, si se observan a corto plazo, parecen incoherentes, pero que a largo plazo dibujan un intento deliberado de reposicionamiento sistémico. En este sentido, la política de Donald Trump hacia Irán —desde las amenazas explícitas de devolver al país «a la Edad de Piedra» hasta la posibilidad, planteada en repetidas ocasiones, de una invasión terrestre a pesar de las evidentes limitaciones operativas (unos 50 000 hombres en el teatro de operaciones de Oriente Medio, en un contexto geográfico extremadamente favorable a la guerrilla) —no sería producto de la impulsividad, sino de una estrategia disruptiva: romper las cadenas de suministro globales para reconstruirlas en torno al perímetro norteamericano, incluso mediante un uso deliberado de la desestabilización como palanca sistémica.
El punto clave, en este esquema, es el estrecho de Ormuz, por el que transita alrededor del 20 % del petróleo mundial: su desestabilización no solo afecta a Oriente Medio, sino que genera una crisis sistémica que afecta a Japón (dependiente en más de un 75 % de las importaciones energéticas de Oriente Medio), la India, Europa e incluso a la propia China. No es casualidad que instituciones financieras como J.P. Morgan hayan planteado escenarios de agotamiento de las reservas mundiales en cuestión de semanas en caso de una escalada. A esto se suma una crisis menos visible pero igualmente estratégica: la de los fertilizantes (fosfatos, urea, azufre), sin los cuales la producción agrícola mundial sufre contracciones inmediatas, y la del helio y el azufre industrial, elementos clave para los semiconductores y las infraestructuras de IA, cuya demanda crece de forma exponencial justo cuando las condiciones materiales para sostenerla comienzan a deteriorarse.
En este contexto, la lógica se hace evidente: destruir la interdependencia global para reconstruir una dependencia selectiva. Si Oriente Medio deja de ser un centro estable, el mundo se ve obligado a recurrir a quienes poseen recursos alternativos y capacidad logística: Norteamérica y Rusia. Aquí es donde entra en juego la paradoja estratégica estadounidense: un país con una deuda pública que ha superado los 39 billones de dólares solo puede sobrevivir si el resto del mundo sigue financiando esa deuda mediante la compra de bonos del Tesoro. Pero, ¿por qué hacerlo? La respuesta, en la visión del profesor, es brutal: porque no existe alternativa, si el acceso a los recursos fundamentales pasa por Washington, aunque esto implique una creciente subordinación económica para aliados y socios.
Esta es la transición de un orden basado en las finanzas a uno fundado en los recursos, la industria manufacturera y el control de las cadenas logísticas. El «Nuevo Orden Mundial» posterior a 1991 —el de George H. W. Bush, de la globalización financiera, del multiculturalismo y de la seguridad garantizada por Estados Unidos— está siendo sustituido progresivamente por una visión neosoberanista, arraigada en la identidad, la autosuficiencia y la preparación para un conflicto prolongado. El paradigma MAGA, en esta interpretación, no es solo un eslogan electoral, sino un proyecto de reconfiguración imperial.
Paralelamente, Rusia se mueve en un eje convergente pero autónomo. La guerra en Ucrania no se concibe como un conflicto rápido, sino como una guerra de desgaste destinada a durar 10 o 20 años, un tiempo suficiente para transformar la economía rusa en un sistema plenamente militarizado y resiliente. Moscú ya ha demostrado una notable capacidad de adaptación: de importador de drones iraníes a exportador hacia Teherán, en un ciclo productivo que alimenta el propio conflicto.
Esta estrategia hunde sus raíces en el pensamiento geopolítico de Aleksandr Dugin y en la doctrina de la «Tercera Roma»: una idea de civilización alternativa al Occidente liberal, fundada en la cohesión, la religión y la identidad.
Mientras que se percibe que Occidente está sumido en crisis internas —sociales, políticas y culturales—, Rusia se presenta como el núcleo de un bloque autosuficiente, capaz de integrar recursos energéticos, agrícolas (Ucrania representa aproximadamente un tercio de la producción mundial de trigo según algunas estimaciones agregadas) e industriales, construyendo una plataforma de resiliencia que mira más hacia Oriente que hacia Occidente.
Hasta aquí la tesis del profesor: dos imperios que, conscientes del fin del orden global actual, se preparan para sobrevivir mediante la construcción de «fortalezas» autosuficientes, con la posibilidad —y aquí está el punto más controvertido— de una convergencia táctica entre Estados Unidos y Rusia para contener el ascenso de China.
Pero es precisamente en este punto donde se impone la lectura dialéctica.
La idea de un realineamiento ruso-estadounidense choca con una realidad que parece cada vez más evidente: la irreversibilidad del declive sistémico de Estados Unidos. No se trata de una valoración ideológica, sino de una secuencia de datos estructurales. En el plano internacional, Washington ha erosionado progresivamente su propia credibilidad: desde la expansión de la OTAN a pesar de compromisos informales en contra, pasando por guerras basadas en supuestos que resultaron infundados (Irak 2003), hasta el uso selectivo de las sanciones como arma geopolítica. En este contexto, cualquier acuerdo con Estados Unidos es percibido por Moscú como intrínsecamente inestable.
En el plano militar, la narrativa de la invencibilidad se ha visto resquebrajada por una serie de acontecimientos: la vulnerabilidad de las bases estratégicas, las dificultades de los sistemas antimisiles ante ataques selectivos y una creciente exposición logística en escenarios complejos. La hipótesis de una invasión terrestre de Irán, con un territorio vasto y montañoso y una población altamente movilizable, no representaría una demostración de fuerza, sino el riesgo concreto de un desastre estratégico, con efectos internos potencialmente devastadores para una sociedad ya atravesada por tensiones latentes.
Aún más relevantes son las fragilidades internas. La autosuficiencia energética estadounidense, a menudo proclamada, se ve cuestionada por el agotamiento progresivo de los yacimientos de petróleo de esquisto, con horizontes de sostenibilidad estimados en pocos años para muchas cuencas. En el ámbito agrícola, los datos indican niveles de siembra en mínimos históricos desde 1912, una señal inquietante para un país que ha construido su seguridad también sobre la exportación de alimentos. A ello se suma una tensión social creciente, que podría verse exacerbada por un conflicto externo prolongado, y una presión financiera que limita las inversiones en sectores críticos como la inteligencia artificial y las infraestructuras digitales, justo cuando los capitales externos —en particular los procedentes del Golfo— comienzan a reducirse, también como consecuencia de dinámicas internas como la desaceleración del mercado inmobiliario de Dubái y una creciente prudencia en las inversiones de alta intensidad energética, como los centros de datos.
Mientras tanto, China ha consolidado una superioridad industrial difícilmente superable a corto plazo, mientras que el sistema BRICS se prepara para ofrecer una alternativa estructurada al dominio del dólar, basada en recursos reales y en una integración financiera progresiva que podría reducir drásticamente la demanda global de deuda estadounidense, abriendo escenarios de redimensionamiento para Estados Unidos, ya no como hegemón global, sino como potencia regional fuerte pero contenida.
En este escenario, la síntesis emerge con claridad: Rusia no tiene ningún incentivo estratégico para aliarse con un imperio percibido como en declive y estructuralmente inestable. Por el contrario, la convergencia con China —ya evidente en los flujos energéticos, las infraestructuras y la cooperación tecnológica— representa una opción mucho más sólida.
De ahí surge el verdadero horizonte sistémico: un mundo multipolar impulsado por los BRICS, en el que el dominio del dólar se ve progresivamente erosionado por un nuevo sistema financiero, potencialmente anclado a recursos reales (el oro, en primer lugar) y sostenido por la centralidad de la moneda china. Una especie de «nuevo Bretton Woods», ya no construido sobre la confianza en la hegemonía estadounidense, sino sobre la convergencia de intereses entre las economías emergentes.
En este reajuste, Europa emerge como el eslabón débil: carece de autonomía energética, es militarmente dependiente y, sobre todo, está atada a una postura ideológica antirrusa que ha producido efectos contrarios a los intereses económicos del continente. El abandono del gas ruso a bajo coste ha acelerado la pérdida de competitividad industrial, mientras que la convicción —casi fideísta— de una posible derrota rusa y de un acceso a sus recursos parece cada vez más alejada de la realidad.
En un contexto de crisis de las cadenas de suministro, Europa corre el riesgo de ser una de las primeras regiones en sufrir perturbaciones sistémicas, junto con el sudeste asiático —que depende en gran medida de las importaciones energéticas—, el norte de África —expuesto a crisis alimentarias e hídricas— y amplias zonas del África subsahariana que ya se encuentran hoy en condiciones de fragilidad estructural. América Latina también se verá dividida entre los países exportadores de recursos —potencialmente favorecidos— y los países importadores, destinados a sufrir graves repercusiones.
Las consecuencias no se limitarán a los sectores tradicionales: la crisis afectará profundamente también a la economía inmaterial. La inteligencia artificial, que requiere energía abundante, materias primas críticas e infraestructuras sofisticadas, podría ralentizarse drásticamente; la logística global, ya sometida a presión, sufrirá nuevas interrupciones; el turismo —sector vital para muchas economías europeas, incluida la italiana— será uno de los primeros en contraerse ante la inestabilidad generalizada. Sectores industriales europeos enteros, desde la química hasta la fabricación avanzada, se encuentran hoy especialmente expuestos.
En este contexto, atribuir a Trump una genialidad estratégica plena resulta problemático: su comportamiento muestra rasgos evidentes de narcisismo y discontinuidad en la toma de decisiones. Sin embargo, sería simplista interpretar el fenómeno como mera casualidad. Es más plausible que detrás de su actuación exista una dirección sistémica, expresión de intereses profundos que utilizan su imprevisibilidad como instrumento de desestabilización controlada, funcional a una redefinición de los equilibrios globales.
Oriente Medio, en este escenario, sigue siendo el punto más inestable. Israel se enfrenta a un posible cambio de paradigma: una reducción de la proyección estadounidense podría traducirse en una pérdida de superioridad estratégica, lo que haría necesario replantearse su postura, quizá hacia formas de equilibrio regional más pragmáticas. Los países del Golfo, por su parte, están atravesando una fase de transición silenciosa, entre señales de tensión en los mercados inmobiliarios y un reposicionamiento de las inversiones, con posibles repercusiones directas sobre la capacidad estadounidense de financiar su deuda y sostener su infraestructura tecnológica.
Para Italia, todo esto se traduce en una necesidad que ya no puede posponerse: un cambio radical de enfoque. Como país manufacturero, dependiente de las exportaciones, frágil en el plano energético y fuertemente expuesto al turismo, no puede permitirse permanecer anclado a esquemas ideológicos o a estrategias que no estén alineadas con sus propios intereses materiales. Se necesita un baño de realidad, una revisión profunda de las élites y de las prioridades estratégicas y, sobre todo, el abandono de la ilusión de que el futuro pasa por la derrota de Rusia más que por una redefinición pragmática de las relaciones euroasiáticas.
Queda, sin embargo, una variable que se cierne sobre todo análisis racional: el riesgo existencial ligado a decisiones irracionales. Un imperio en retirada, históricamente, puede elegir el camino de la destrucción en lugar del de la adaptación. La hipótesis de una operación terrestre en Irán, ya debatida al más alto nivel, o el recurso a doctrinas extremas como la llamada «Opción Sansón» en Oriente Medio, representan escenarios que escapan a la lógica lineal de la teoría de juegos y abren la puerta a resultados catastróficos.
He aquí, pues, el paradoja final: mientras las grandes potencias se mueven como jugadores racionales en una partida a largo plazo, la posibilidad de un movimiento irracional —un error, un exceso de hybris, una decisión tomada bajo presión— sigue siendo el único factor capaz de anular el juego mismo.
En otras palabras, el mundo no está simplemente cambiando de orden: está entrando en una fase en la que la racionalidad estratégica y el riesgo de colapso conviven en el mismo espacio, como las dos caras de la misma moneda geopolítica, inestable.
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