Europa en la trampa energética que ella misma se ha construido



Giuseppe Gagliano

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Sanciones, guerra y dependencia: el precio estratégico de un error político. La crisis energética europea no surgió de repente y no puede explicarse solo por la última escalada militar en Oriente Medio. La guerra relacionada con Irán ha tenido, más bien, el mérito brutal de hacer visible una fragilidad que Europa arrastraba desde hace años y que las élites continentales prefirieron durante mucho tiempo ocultar con fórmulas ideológicas, eslóganes morales y decisiones políticas carentes de verdadera profundidad estratégica. Hoy el resultado está a la vista de todos: en el momento en que la energía vuelve a ser el fundamento material del poder, Europa descubre que es el único gran espacio económico sin autonomía suficiente ni verdadera capacidad para proteger sus propios intereses.

No dependencia de Rusia, sino de la energía

Durante años, el debate europeo estuvo distorsionado por una representación simplista: se decía que Europa debía liberarse de la dependencia de Rusia, como si el problema fuera exclusivamente político y no estructural. En realidad, el problema no era Moscú en sí, sino la dependencia europea de energía barata, continua y abundante, independientemente de su origen. Cuando esta arquitectura se rompió, el continente no construyó una verdadera alternativa: simplemente sustituyó una vulnerabilidad por otra, a menudo más costosa, más inestable y más expuesta a las tensiones geopolíticas globales.

La ruptura con Rusia, por tanto, no produjo una liberación estratégica, sino una recolocación subordinada de Europa dentro de un mercado energético más incierto. Moscú, por su parte, asumió que su futuro económico se jugaría cada vez menos en el mercado europeo y cada vez más en el espacio euroasiático. Esto significa que Europa no solo ha perdido una fuente de suministro, sino también el poder de ser el centro natural de gravedad de una relación energética fundamental.

El regreso de la geografía frente a las ilusiones europeas

La crisis ha puesto de relieve un hecho elemental que las élites europeas han tratado de ignorar: la geografía no se borra con sanciones ni con declaraciones políticas. Rusia, Estados Unidos y China disponen, en formas distintas, de palancas energéticas, masa territorial, capacidad industrial o herramientas para garantizar el acceso a los recursos. Europa no. Y cuando la seguridad de las rutas está amenazada, cuando el Golfo entra en convulsión, cuando los precios explotan y el mercado reacciona al riesgo antes incluso que al daño real, el continente descubre que no tiene márgenes de maniobra equivalentes a los de sus competidores estratégicos.

El efecto económico es inmediato. La energía cara se traduce en un aumento de los costes industriales, deprime la competitividad, erosiona los márgenes de las empresas, reduce el consumo y amplía las fracturas sociales. El efecto geoeconómico es aún más grave: una Europa que paga la energía más cara que sus rivales se convierte en una Europa menos capaz de defender su base productiva y más propensa a la desindustrialización. La retórica de la transición verde, si no va acompañada de una estrategia de poder, corre el riesgo de convertirse en un acelerador de la dependencia en vez de una salida.

Sanciones: el arma que ha herido a quien la empuñaba

Aquí emerge el punto político más incómodo. Las sanciones debían golpear al adversario y debilitar su capacidad de resistencia. En parte han tenido efectos, pero también han generado consecuencias contrarias a las deseadas. Han acelerado el distanciamiento ruso de Europa, favorecido nuevas conexiones económicas en Eurasia y obligado al continente europeo a pagar un precio interno mucho más alto de lo previsto.

Esta es la verdadera lección estratégica: la guerra económica nunca es un ejercicio abstracto. Si quien la lleva a cabo no dispone de recursos, resiliencia industrial, control logístico y alternativas creíbles, corre el riesgo de dañarse a sí mismo antes incluso de alcanzar el objetivo. Europa creyó que podía usar el mercado como instrumento de coerción, pero terminó descubriendo que el mercado energético es, ante todo, un campo de fuerza gobernado por quienes poseen materias primas, rutas, capacidades militares y visión de largo plazo.

El escenario que se abre

A corto plazo, Europa seguirá expuesta a la volatilidad de Oriente Medio, a las tensiones en las rutas marítimas y a la competencia global por el gas y el petróleo. A medio plazo deberá elegir entre seguir sufriendo los precios y decisiones ajenas o dotarse de una política energética realmente estratégica, basada no en moralismos selectivos sino en la seguridad del suministro, inversiones en infraestructuras y protección de la capacidad industrial. Finalmente, a largo plazo, la cuestión energética decidirá una parte esencial del destino geopolítico del continente: quien no controla al menos parcialmente su propia energía, no controla su economía, y quien no controla su economía, no tiene soberanía política real.

El error europeo, en definitiva, ha sido este: confundir la postura moral con la estrategia, la declaración con el poder, el deseo con la correlación de fuerzas. Ahora llega la factura. Y no es solo una factura económica. Es el precio geopolítico de la impotencia.


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