El Estrecho de Ormuz, la selectividad iraní y la geoeconomía de la guerra



por Tiberio Graziani

Fuente: Meridiano Italia & https://www.ariannaeditrice.it/articoli/18385

En medio de la crisis de Oriente Medio de 2026, el estrecho de Ormuz vuelve en su forma más auténtica: no solo como una ruta marítima, sino como un instrumento geopolítico primordial que influye profundamente en las estructuras del sistema internacional. Aquí, en este espacio estrecho y estratégicamente decisivo, se manifiesta claramente el cambio de fases del sistema global.

No estamos ante una simple interrupción de los flujos de tránsito, sino ante un desarrollo más complejo: una regulación selectiva del tránsito. La decisión iraní de permitir el paso solo a un grupo limitado de estados — Rusia, China, India, Pakistán e Irak — introduce un principio radicalmente nuevo: el fin de la neutralidad de la infraestructura global.

El fin del universalismo globalista

Durante más de tres décadas, el paradigma dominante postulaba la apertura ilimitada de los ámbitos económicos. Los mares, los estrechos y los corredores logísticos eran considerados espacios neutrales, ajenos a la competencia política directa.

Hoy, este paradigma parece haber sido superado definitivamente.

El estrecho de Ormuz se convierte en el símbolo de un cambio más amplio: la subordinación de la geo-economía a la geopolítica. Ya no existe un mercado mundial único, sino una multiplicidad de espacios conectados pero filtrados políticamente.

El acceso a las rutas ya no es un derecho implícito, sino un privilegio otorgado en función de la alineación estratégica.

Eurasia como un espacio coherente

En este contexto, el grupo de países con acceso permitido no es elegido al azar. Define, con suficiente claridad, los contornos de un espacio eurasiático en proceso de consolidación.

Rusia, China e India representan los polos principales de esta configuración; Pakistán e Irak son proyecciones regionales funcionales.

Se observa una continuidad geopolítica en las rutas terrestres y marítimas, que, aunque no formalizada en una sola alianza, operan en base a lógicas convergentes.

En lo que respecta a Rusia, la situación actual no genera vulnerabilidad, sino que refuerza una tendencia ya en marcha: la orientación progresiva hacia Asia.

Moscú, gracias a su autonomía energética y a la reestructuración de las rutas comerciales, se integra en este espacio — a pesar de la crisis ucraniana — como un actor estable y resistente.

Europa y la crisis de la autonomía estratégica

Por otro lado, Europa muestra limitaciones estructurales que, en el contexto de la crisis de Ormuz, se vuelven particularmente problemáticas.

La Unión Europea actualmente se encuentra en una posición de dependencia sistémica: en materia de energía, logística y, en última instancia, estratégica.

Las decisiones políticas tomadas en los últimos años — desde el atlanticismo hasta las políticas de sanciones — han limitado su margen de maniobra y la han expuesto a choques externos difíciles de controlar.

Sin una visión geopolítica autónoma, Europa se presenta como un espacio pasivo, incapaz de influir en las dinámicas que le afectan directamente.

Estados Unidos y el límite de la hegemonía

Aunque EE. UU., aún mantienen una superioridad militar y una relativa seguridad energética, enfrentan una realidad ineludible: la pérdida del control efectivo sobre algunos nodos cruciales del sistema global y el aumento de la erosión de su credibilidad mundial.

Su hegemonía, basada históricamente en la capacidad de garantizar la libertad de las rutas, encuentra aquí un límite estructural.

El control marítimo ya no es suficiente cuando actores regionales — como Irán — disponen de palancas territoriales para influir en los flujos.

Se perfila una fase en la que el poder estadounidense seguirá siendo significativo, pero ya no podrá crear un orden universal.

Hacia un orden de corredores

Lo que emerge de la crisis del estrecho de Ormuz es la creación de un orden basado en corredores, en el que:

a) la infraestructura se convierte en instrumento de selección política;

b) los flujos económicos siguen lealtades estratégicas;

Los espacios globales se fragmentan en sistemas regionales interconectados pero distintos.

En este escenario, Eurasia aparece como el núcleo más dinámico y coherente, mientras que el llamado mundo occidental muestra signos claros de disarticulación.

Conclusión

El estrecho de Ormuz es mucho más que un paso geográfico; es un laboratorio de esta nueva fase histórica.

La selectividad impuesta por Irán ayuda a poner fin a la ilusión del globalismo y marca el comienzo de una era en la que los flujos de recursos están subordinados a la geometría del poder.

Una vez más, es la geografía — entendida como la estructura profunda de las relaciones internacionales — la que reafirma su centralidad.

Y quien no pueda interpretarla, tendrá que sufrir sus consecuencias.


Commentaires

Posts les plus consultés de ce blog

Rumanía, Portugal y Polonia: tres citas electorales de importancia para la reconfiguración del panorama político europeo.

Winston Churchill y la élite en la sombra

La Argentina más europea.