Después de Islamabad: La escalada en la que EE. UU. se enfrenta a la doctrina iraní de la “guerra larga”



Washington busca una escalada según sus propios plazos, pero Teherán configura un conflicto que considera soportable y que proyecta externamente

por Peiman Salehi

https://www.barbadillo.it/129996-dopo-islamabad-lescalation-usa-si-scontra-con-la-dottrina-iraniana-della-lunga-guerra/

Cómo cambia el enfoque iraní

Con permiso del autor, el analista iraní Peiman Salehi, escritor para la BBC, Al Jazeera y South China Morning Post, y con agradecimiento a The Cradle.co, traducimos y publicamos una de las perspectivas iraníes más influyentes sobre el estancamiento geopolítico actual.

El fracaso de las negociaciones de Islamabad no solo ha puesto fin a otra ronda diplomática, sino que también ha marcado un cambio en la percepción del conflicto en Teherán. Lo que Washington todavía ve como una campaña de presión, ahora Irán lo considera la fase inicial de un conflicto prolongado en el que el tiempo, los mercados y las herramientas de presión política quizás pesen más en los EE. UU. que en la República Islámica.

Las negociaciones fracasaron porque nunca se basaron en una visión compartida de la realidad. Estados Unidos acudió a la mesa con la creencia de que la presión militar ya había generado suficiente influencia para obtener concesiones importantes. Irán, en cambio, partió de la suposición opuesta: que la guerra aún no había llegado a un punto en que tales concesiones fueran necesarias. La cuestión, en realidad, es más profunda que una simple táctica.

La postura de Washington refleja la continuidad de su enfoque establecido: desmantelar el programa nuclear iraní, reducir la influencia regional y navegar sin restricciones en el estrecho de Ormuz, evitando compromisos vinculantes en el Líbano. Desde la perspectiva de Teherán, esto no es un proceso de negociación basado en compromisos, sino un intento de convertir resultados parciales en una capitulación política.

Sin embargo, la postura iraní se basa en otro cálculo. Teherán insiste en mantener su capacidad nuclear, en su soberanía sobre Ormuz y en ampliar un posible marco de alto el fuego en el Líbano. Estas posiciones reflejan límites estratégicos que se fundamentan en la convicción de que el conflicto es regional y no puede ser compartimentado.

Malinterpretación de Irán

Un factor clave en esta divergencia radica en la falsa percepción que Washington tiene de la dinámica interna en Irán. Estados Unidos parece creer erróneamente que Irán todavía ve en la negociación un medio necesario para escapar de la presión económica. Pero el clima interno ha cambiado: la gran expectativa de que la diplomacia traería alivio inmediato ha desaparecido. Al contrario, amplios sectores de la opinión pública cuestionan la lógica de negociar desde una posición de fuerza.

Este cambio interno tiene consecuencias directas en la postura de negociación. Como señaló el politólogo Foad Izadi el 12 de abril, “hablar demasiado de negociaciones enoja a la población”, lo que refleja una creciente sensibilidad ante cualquier percepción de capitulación. En este contexto, un compromiso ya no es solo una herramienta diplomática, sino un riesgo político.

Ormuz como palanca, no solo como geografía

En el centro de esta reorientación se encuentra el estrecho de Ormuz. Los eventos del 11 y 12 de abril demostraron que Irán ahora trata el paso marítimo como un instrumento activo de presión. Las fuerzas iraníes enviaron advertencias directas a un buque estadounidense y reafirmaron que “cualquier unidad militar que se acerque al estrecho de Ormuz será considerada como una violación del alto el fuego y responderá con firmeza y violencia”. Una retórica que indica la intención de imponer reglas de uso bajo las condiciones de Teherán.

Esta narrativa se refuerza con un mensaje oficial más amplio e intenso: las autoridades iraníes enfatizan que “el estrecho está bajo control de la Marina iraní y los barcos civiles pueden pasar según ciertas regulaciones”, lo que describe un modelo en el que Ormuz no solo es defendido, sino gestionado.

Junto a los mensajes oficiales, algunas voces internas analíticas abogan por una lógica aún más radical. Izadi sugirió que “el estrecho de Ormuz podría convertirse en la principal fuente de ingresos de Irán”, señalando propuestas para limitar el paso y cobrar costos de tránsito significativos. Aunque estas ideas forman parte de un debate en desarrollo, reflejan una dirección estratégica en la que la geografía se convierte en un palanca económica.

Washington reacciona, Teherán recalcúla

La respuesta estadounidense ha reforzado esta misma dinámica en la dirección opuesta. El presidente Donald Trump insinuó que Washington podría restringir las actividades marítimas para impedir que los barcos operen según las condiciones iraníes, después de que el 13 de abril se impusiera un bloqueo marítimo y EE. UU. declarara que sus fuerzas habían reducido algunas capacidades militares iraníes. La amenaza de un bloqueo, aunque ya en gran medida está en marcha, indica una postura reactiva en lugar de una estrategia coherente.

Desde la perspectiva de Teherán, esta incoherencia se interpreta como una señal de debilidad. Los funcionarios iraníes han descrito la retórica de EE. UU. como expresión de “desesperación y rabia”, destacando la brecha entre los objetivos declarados y los resultados alcanzables.

El papel de Israel ha agravado aún más el marco diplomático. Durante las negociaciones, los ataques israelíes en Líbano continuaron, y responsables dejaron claro que no existe un cese al fuego en ese frente. Esto generó una contradicción estructural: Irán abordó las negociaciones desde una perspectiva regional, mientras EE. UU. y Tel Aviv consideraban el conflicto como compartimentado.

Guerra y diferentes conceptos temporales

El fracaso de las negociaciones muestra claramente qué va a suceder ahora. Si la guerra se reanuda, Washington cree que la creciente presión obligará a Irán a ceder. Pero Teherán parece seguir una línea temporal diferente.

La economía iraní sigue bajo presión, y un conflicto adicional intensificará esa presión. Pero la estrategia iraní pone cada vez más énfasis en la asimetría en la distribución de costos. Como Izadi reiteró, las expectativas de que EE. UU. aliviará sanciones o hará concesiones económicas importantes son poco realistas, lo que refuerza la creencia de que un conflicto prolongado puede ofrecer más ventajas que un acuerdo.

La variable clave no solo es la capacidad interna de Irán, sino también las consecuencias externas de una escalada. Cada interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz afectará directamente a los mercados energéticos globales, las rutas marítimas y las primas de seguro. Efectos que no solo impactan en la región, sino que se extienden a las economías y sistemas políticos en Occidente.

Aquí, el tiempo se vuelve un factor decisivo. EE. UU. se acerca a una fase políticamente sensible, marcada por grandes eventos internacionales y ciclos electorales. Los precios de la energía en aumento y la inestabilidad económica tienen consecuencias que van mucho más allá de la política exterior. Una escalada conlleva un riesgo político directo para Occidente.

Teherán parece haber integrado esta variable en su estrategia: cuanto más se prolongue el conflicto sin resolverse, mayor será la probabilidad de que la presión se traslade hacia afuera en lugar de hacia adentro. El cálculo de Irán no es evitar daños, sino gestionarlos de manera más previsible que sus oponentes.

El fracaso de las negociaciones de Islamabad marca el inicio de una nueva fase del conflicto, caracterizada por resistencia, herramientas de presión y estrategia de timing. Cuando la guerra vuelva a estallar, no solo será decidida por los resultados en el campo de batalla, sino por aquel lado que pueda soportar mejor las consecuencias globales por más tiempo. Por primera vez en este conflicto, Teherán parece creer que la respuesta no está en el interés de Washington.


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