La ilusión de la cabeza cortada: por qué Irán no es un videojuego
por Andrea Zhok
Aclaman un asesinato creyendo en la libertad. Ignoran la estructura, el consenso y el martirio. Confunden la geopolítica con un videojuego. ¿El resultado? Odio consolidado, venganza inevitable, caos permanente disfrazado de emancipación democrática.
Acabo de ver un vídeo con las celebraciones en una ciudad italiana de unos veinte jóvenes, hijos de exiliados iraníes, que se regocijan porque, textualmente:
«Khamenei ha muerto, la dictadura ha terminado».
Ahora bien, dado que cuando se es joven decir y creer tonterías es un derecho humano, es difícil imaginar algo más alejado de la realidad.
Pasemos por alto los detalles vulgarmente éticos, como el hecho de que estén celebrando porque una potencia nuclear acaba de asesinar al equivalente chiíta del Papa.
Son trivialidades, me doy cuenta, y haber aceptado el asesinato político como forma de civilización ya no es noticia (pero recuerdo discretamente que el sentido de las normas morales reside en su universalidad, en su reciprocidad implícita: ergo, cuando se legitima un asesinato político allí, se legitima cualquier asesinato político, incluso cuando el escenario sea tu propia casa).
Pero sigamos adelante.
Lo que me llama la atención es la secuencia de disparates, que, puestos en fila, rozan lo alucinatorio.
En primer lugar, el régimen iraní puede no gustar legítimamente, pero NO es una dictadura, sino una estructura institucional compleja, con mecanismos de sustitución por elección o cooptación de sus propias clases dirigentes. Por lo tanto, las interpretaciones que imaginan que la decapitación de la cúpula implica la caída del sistema (como si se aplicara el Führerprinzip) carecen de sentido.
Ergo, lo que esos niños están celebrando es, por orden:
- el asesinato político de un jefe de Estado,
- su sustitución por alguien que se sentirá en la obligación de vengarlo,
- la consolidación en gran parte de la población iraní de un odio duradero hacia los «libertadores».
El mejor resultado posible de esta dinámica, desde una perspectiva antirrégimen, es la destrucción de la República Islámica y su sustitución por un Irak (o Libia) 2.0, un Estado títere con una guerra civil perpetua en curso.
Que este resultado sea perfectamente deseable para estadounidenses e israelíes está claro. Pero que esto pueda ser celebrado por alguien que cree hablar en nombre del pueblo iraní, por el bien del pueblo iraní, por la libertad del pueblo iraní, es realmente desconcertante.
Dado que estos chicos estudian en nuestras universidades, la impresión es que son un síntoma de nuestra catástrofe cultural, de nuestra incapacidad para analizar la realidad, prefiriendo sustituirla por atajos moralizantes, donde incluso la moral, sin embargo, es sustituida por anuncios y jingles publicitarios.
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