Después de la muerte de Khamenei, el Sur global frente a América

Gastel Etzwane
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Detrás de la emoción inmediata y los reflejos occidentales de justificación o indignación, se impone un hecho: el asesinato de Ali Khamenei redibuja de manera brutal la imagen de Estados Unidos en gran parte del mundo no occidental.
Para analizar el evento del 28 de febrero de 2026, es necesario desprenderse de los marcos de interpretación estrictamente occidentales. En Washington y Tel Aviv, la operación se presenta como un acto estratégico destinado a neutralizar a un adversario importante. Pero desde Pekín, Johannesburgo, Yakarta o Brasilia, la percepción es muy distinta. El asesinato de Ali Khamenei, en el marco de una operación conjunta llevada a cabo por Estados Unidos e Israel, aparece, para una porción significativa del Sur global y del mundo musulmán, como un acto unilateral que golpea en la cúspide de la soberanía iraní. Esta disparidad en la percepción es ahora el núcleo de la recomposición diplomática en curso.
En muchas capitales de Asia, África y América Latina, el evento se analiza no como un simple episodio militar, sino como la “decapitación” de un jefe de Estado soberano sin mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Rusia y China, en primera línea, denunciaron una violación de los principios fundamentales del derecho internacional. Varios países del sudeste asiático, África y América Latina expresaron su preocupación por lo que califican como un precedente peligroso. Dentro del mundo musulmán, la dimensión religiosa del cargo ejercido por Khamenei añade una carga simbólica adicional. Figuras chiíes y suníes denunciaron lo que perciben como una humillación colectiva. La comparación con la eliminación de Qassem Soleimani en 2020, o con las intervenciones anteriores en Irak y Libia, aparece frecuentemente en discursos oficiales y mediáticos. Pero la magnitud de los ataques dirigidos a Teherán y a otras regiones iraníes refuerza esta vez la impresión de una demostración de fuerza hegemónica.
Más allá de las declaraciones diplomáticas, la reacción se tradujo en una movilización popular a veces violenta. En Pakistán, manifestaciones dirigidas contra representaciones estadounidenses culminaron en enfrentamientos mortales en Karachi e Islamabad. En Nigeria, Cachemira india, en las zonas hutíes de Yemen, en Irak o enLíbano, las multitudes quemaron banderas estadounidenses e israelíes mientras coreaban consignas denunciando el “imperialismo”. En Irán, el país está dividido: escenas de duelo masivo entre los partidarios del régimen, expresiones más ambiguas en algunos círculos opositores. Pero el poder en el gobierno moviliza claramente la retórica de la “agresión imperialista”, transformando la desaparición del Líder Supremo en un palanca de cohesión nacional.
Sin embargo, sería erróneo imaginar que un Estado iraní se encuentre paralizado por el shock. Las autoridades de Teherán se habían preparado desde hacía tiempo para la eventualidad de una eliminación selectiva de su máxima autoridad. Los mecanismos de sucesión, la compartimentación del mando y la continuidad institucional fueron diseñados precisamente para evitar cualquier vacancia abrupta del poder. En realidad, no se observó ninguna vacilación importante en la cadena de mando política y militar. Es un error frecuente, desde Occidente, proyectar nuestros propios reflejos psicológicos e institucionales sobre Irán. Este Estado milenario, formado por invasiones, revoluciones y guerras, cultiva una cultura política donde el sacrificio está integrado en el imaginario nacional y religioso. Donde las sociedades occidentales temen sobre todo a la muerte y la ruptura, la tradición iraní, compartida o no, se ha construido sobre la aceptación de la prueba y la permanencia más allá de los individuos.
Más profundamente, el evento alimenta una narrativa ya firmemente arraigada en el Sur global: la de un orden internacional dominado por Washington e impuesto por la fuerza. Dentro de los BRICS, la retórica antihegemónica se ha intensificado, con Moscú y Pekín denunciando un “nuevo orden impuesto por el poder militar”. En América Latina, varios movimientos políticos ven en ello la confirmación de una inestabilidad internacional alimentada por las intervenciones occidentales. En algunos círculos religiosos chiíes han surgido llamados a la resistencia. En otros Estados, la condena adopta un tono más institucional, pero igualmente firme, en nombre de la soberanía y la estabilidad mundial. Lo que está en juego trasciende a Israel. Para muchos actores del Sur global, Estados Unidos aparece como el principal arquitecto de la operación y, en ese sentido, como el centro de gravedad de la crítica.
El asesinato de Ali Khamenei, seguido de ataques continuos y de un caos político interno en Irán, intensifica a largo plazo el resentimiento hacia Estados Unidos por tres razones principales. En primer lugar, el acto se percibe ampliamente como un movimiento unilateral que viola la soberanía de un Estado. En segundo lugar, ha provocado protestas concretas dirigidas directamente contra intereses estadounidenses. Y en tercer lugar, cristaliza una contestación más amplia a la hegemonía estadounidense, explotada por potencias rivales y movimientos populares. Lejos de ser un episodio aislado, esta operación forma parte de una memoria larga de intervenciones occidentales. Su alcance simbólico, en el contexto de una guerra abierta, podría marcar de manera duradera la imagen de Estados Unidos en el Sur global, mucho más allá del teatro iraní mismo.
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