Estados Unidos, la ruptura: una instantánea de una nación que vuela en pedazos

 



Nicolas Maxime

Ya en 2020, con la muerte de George Floyd y el movimiento Black Lives Matter durante el primer mandato de Donald Trump, se desencadenó una ola de protestas sin precedentes desde los años 1960. Luego, el asesinato reciente de Charlie Kirk actuó como un espejo invertido, en el que otro Estados Unidos participaba en manifestaciones, convencido a su vez de ser víctima. Desde entonces, se ha asistido a una bipolarización entre dos campos enfrentados, incapaces de dialogar y que se ven mutuamente como adversarios existenciales en lugar de conciudadanos que comparten normas comunes.

Desde el inicio de su segundo mandato, la administración Trump implementó, bajo la dirección de Gregory Bovino y la ICE (Inmigración y Control de Aduanas), una política represiva que buscaba reforzar los controles migratorios y castigar cualquier forma de oposición que fuera percibida como hostil. Así, en junio de 2025, estallaron protestas en Los Ángeles en reacción a los operativos masivos de la ICE, que casi convirtieron a la Ciudad de los Ángeles en una zona de guerrilla urbana.

Pero ahora, la atención mediática se centra en Minneapolis, donde seguramente se decide el futuro de Estados Unidos. En efecto, en las últimas semanas se han multiplicado los eventos trágicos, incluyendo la muerte de Renée Good, una madre de familia sin antecedentes, y la de Alex Pretti, un simple manifestante, ambos abatidos sin aviso por la policía de inmigración.

Mientras crece la ira en Minneapolis, con grandes concentraciones contra estas violencias, tanto el campo presidencial como JD Vance justifican lo injustificable, llegando incluso a defender a la ICE tras la detención de un niño de cinco años. Este último simboliza la venganza del profundo Estados Unidos, aquel que busca doblegar a las metrópolis progresistas.

Para comprender esta “fase terminal” en la que se encuentra América, hay que releer a René Girard. Él explica que todos desean lo que posee el otro, que el deseo es mimético y que conduce al conflicto. Cuando este se generaliza, genera una crisis sacrificial que solo puede resolverse señalando a uno o varios chivos expiatorios para calmar las tensiones. Estados Unidos ha entrado en una crisis sacrificial total, ya que los dos campos — el Estados Unidos de las grandes ciudades democráticas y el de los bastiones republicanos — ya no se oponen por diferencia, sino por identidad en el odio, convirtiéndose en doblegantes miméticos.

Ya no existe un pueblo estadounidense unificado, sino comunidades rivales que intentan imponer cada una su propio relato sacrificial como el único válido. Cada uno imita la violencia del otro, pretendiendo defenderse. Trump, aunque rechazado por la mayor parte del país, es legitimado por su electorado porque encarna el perfecto chivo expiatorio. Para sus seguidores, él es quien señala a otros chivos expiatorios: inmigrantes, progresistas, medios de comunicación; para sus opositores, es el mal absoluto que hay que erradicar para recuperar la paz. Pero, en la teoría girardiana, cuando la lógica sacrificial es revelada y ya no logra restaurar el orden, toda la comunidad se expone a la autodestrucción.

Aunque Trump reculó al jugar la carta de la pacificación y retirar agentes federales de la ICE, el daño ya está hecho y no hay marcha atrás posible. La chispa ya saltó en Minneapolis. El proceso de autodestrucción ya está en marcha, vivido como una descomposición interior, donde ya nada une a los individuos sino la difusa expectativa de un enfrentamiento que casi se ha convertido en deseable.

Estados Unidos es una nación en implosión, un cuerpo social en estado de muerte clínica, al borde de la ruptura entre ciudadanos que ya no se reconocen como compatriotas, sino como enemigos irreconciliables, atrapados en una rivalidad mimética, donde la violencia está en camino de convertirse en el último lenguaje común.

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