Venezuela: Ataques de EE. UU., Ventana de Poderes de Guerra – y el regreso de las esferas de influencia




Elena Fritz

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Estados Unidos han intervenido militarmente ( https://www.welt.de/politik/article6958bd00fb77630dac275fc8/caracas-venezuela-wirft-usa-schweren-militaerischen-angriff-vor-und-ruft-ausnahmezustand-aus.html  ). La Casa Blanca confirmó los ataques aéreos contra Venezuela. Caracas se basa en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas y reclama el derecho a la autodefensa. Una llamada telefónica entre Nicolás Maduro y Donald Trump quedó sin efecto.

La destrucción previamente reportada de barcos venezolanos parece, en retrospectiva, haber sido una prueba, tanto en lo militar como en lo político.

La verdadera esencia de esta escalada no es militar, sino jurídica. Trump opera dentro de una ventana de poder cuidadosamente calculada por la Constitución de EE. UU.

El instrumento jurídico: War Powers

Según la Resolución de Poderes de Guerra (War Powers) de 1973, el presidente debe informar al Congreso de Estados Unidos en un plazo de 48 horas. Sin mandato expreso, una operación puede durar como máximo 60 días (más hasta 30 días de retirada).

Lo importante: el presidente puede comenzar inmediatamente. Esa es exactamente la ventana que aprovecha Trump – durante el receso del Congreso. Cuantos más hechos se establezcan antes de la vuelta del parlamento, mayor será la barrera política para detener la operación.

El relato para la justificación

Trump argumentará que EE. UU. reaccionaron a un ataque. Según esta interpretación, Venezuela lleva a cabo una “guerra terrorista contra las drogas”, introduciendo drogas de manera deliberada en EE. UU.

Este relato es central: la autodefensa permite actuar sin la aprobación previa del Congreso. Aquí comienza la discusión posterior:

¿Cuándo empieza la cuenta de 60 días? ¿Se convierte una operación anti-drogas en una guerra de facto contra un Estado?

Venezuela como nodo geopolítico

Venezuela no es solo un escenario aislado, sino un punto de convergencia de múltiples intereses de grandes potencias.

China:

Pekín ha sido durante años un actor estratégico en Venezuela: créditos, infraestructura, tecnología, energía. Justo antes de los ataques de EE. UU., habría habido acuerdos orales sobre cooperación militar – no un tratado, pero sí una señal clara.

Desde la perspectiva estadounidense, Venezuela no es solo un “país problemático”, sino también una puerta de entrada para la presencia china en el hemisferio occidental – exactamente lo que la Doctrina Monroe busca impedir.

Rusia:

Moscú ha invertido aproximadamente 20 mil millones de dólares en Venezuela, principalmente en energía y defensa. Sin embargo, el factor decisivo es el petróleo: Venezuela cuenta con algunas de las mayores reservas probadas del mundo.

Si EE. UU. obtuvieran acceso o control directo, Washington podría gestionar mejor el mercado mundial del petróleo – con efectos indirectos para Rusia: precios, ingresos, estabilidad presupuestaria.

Por lo tanto, no se trata solo de inversiones perdidas, sino de una redistribución estratégica del mercado y del poder.

La lógica más amplia – reflejada en Monroe

En lo profundo, la escalada sigue una antigua lógica fría.

La “operación especial” de Rusia en Ucrania refleja una aplicación espejo de su propia lógica Monroe: ninguna proyección de poder extranjero en el área inmediata.

La política de EE. UU. en Venezuela es una versión pura de la Doctrina Monroe: sin actores externos en el hemisferio occidental – si es necesario, imponiéndolos militarmente.

Dos grandes potencias, dos esferas de influencia, dos “operaciones especiales”: la misma lógica, diferentes etiquetas.

Conclusión para Alemania

Para Alemania, la lección no reside en juicios morales, sino en entender correctamente la realidad.

Esta escalada muestra que las grandes potencias no actúan según valores, sino guiadas por intereses – a través de esferas de influencia, recursos, seguridad y control del mercado.

Términos como “orden basado en reglas” o “defensa de la libertad” sirven principalmente para legitimar, no para gestionar el poder.

Una política exterior alemana realista comienza donde se acepta que el mundo es más complejo, más duro y más cínico – y que los Estados que no definen sus intereses por sí mismos se convierten en objetos de estrategias extranjeras.

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